Hugo Neira
El radicalismo de Raúl Porras
Sobre su labor como guía de un grupo de jóvenes intelectuales
Las asignaturas que tuvimos con Porras, sin embargo, no condujeron a la constitución de una escuela, a un conjunto estructurado, a una unidad dogmática en el pensamiento, y eso hay que explicarlo. La recordación de Porras, a la que estas líneas se asocian, no puede ser ajena a una reflexión acerca de tan singular y emancipada filiación. Lo mejor de su herencia, acaso fue la libertad de cada uno. A pocos años después de su muerte, recuerdo una conversación sobre la materia con Mario Vargas Llosa en París. Me preguntaba Mario cuál era mi plan de estudios y de trabajo en Francia. Después de escucharme, y viendo mi interés por la antropología de Lévi- Strauss, la escuela de historia económica y social de “Annales” o mi asistencia a la cátedra de Lucien Goldmann, me dijo: “de modo que tú tampoco vas a seguir con la historia que hacía Porras”. Reflexionando, Mario había atisbado parte de la verdad, el curioso destino de una lección magistral al que ninguno de sus discípulos continúa a través de la misma manera de concebir la historia, acaso porque ese mismo saber ha sufrido formidables transformaciones en el curso de este medio siglo. Sería fácil poner la suma de mutaciones posteriores en la cuenta de la natural evolución de las disciplinas y el espíritu de contradicción que separa maestros y discípulos y generaciones entre sí. ¿Pero, cómo explicar la lealtad que se le guarda, el secreto sentido de la invocación de su nombre con congoja? Paradojal diáspora de discípulos que, con sendas distintas, y hasta divergentes, enarbolan por igual una feroz voluntad de autonomía. Salidos de ese aprendizaje sin gravamen ni reproche.
No se habla impunemente de un grande de la cultura del Perú, con mayor razón cuando se le ha conocido personalmente, sin a la vez ganar en status y en prestigio. Sobre aquella corona no es difícil auparse. Bajo ese esplendor, valorizarse. Sé perfectamente los riesgos que implican las presentes páginas. Uno de ellos es el de hagiografía. Otro, el de la postura díscola porque sí, para marcar débitos y distancias. Entre esos dos escollos, la presente reflexión toma otro camino. En efecto, después de recibir la invitación a este homenaje, me he preguntado menos sobre la apreciación parcial o total de su obra, en la seguridad que la crítica interna o heurística la asumirán otros, y quizá yo mismo en otra oportunidad. Creo en cambio, que es tiempo de dilucidar el sentido de esa maestría, flor rara en nuestra vida peruana. Porras, como todo gran profesor, dirigió tesis, enmendó carreras, orientó vocaciones. Pero hizo más que eso. Escuchó a los jóvenes, dice Loayza, “lo cual ya es raro”, añade. Hay que decir que se interesó en investigaciones ajenas, en destinos que exploraban formas de creatividad que no frecuentó, como la novela o la poesía; no falta por ahí algún arquitecto, hasta un psicólogo. No hay que pensar que esta maestría se limitó al puñado de jóvenes intelectuales que por un período indeterminado trabajaron a su lado, los discípulos. Diré, de una manera general, que esa paciente tutela se extendió a muchos más, a algunos que sólo habían asistido a sus cursos, o que se aproximaban por períodos cortos, orientándose más tarde a quehaceres que no eran ni la literatura, ni la historia, ni la diplomacia, ni la política. Seamos claros, Porras apoyó a lo que se llamaba por aquel entonces jóvenes “aprovechados”, a los cuales conoce en su calidad de profesor de las dos mejores universidades del Perú de ese momento, la Católica y San Marcos. Esa labor implicaba una carga adicional de preocupaciones en torno a cómo conseguir modos de vida y trabajo a algunos de ellos, o becas o puestos. Resueltos los problemas acuciantes y materiales, aquellos eran derivados ora hacia la enseñanza superior, ora hacia el servicio público. En otros países, con Estado provisor y sociedades abiertas, semejante y titánica tarea se encomienda a instituciones, a sistemas racionales y públicos de concursos. Como en el Perú resultaba pedirle peras al olmo el racionalizar la selección y abrir las puertas a la meritocracia, a jóvenes con talento pero sin recursos, el maestro Porras venía a suplir la carencia y la indiferencia del medio, y ello sin grandes recursos financieros, sin otros medios que su autoridad moral e intelectual. A menudo su paciencia era premiada con resultados, y así es como el país no perdió en la desesperación de la adolescencia frustrada o del resentimiento de los mejores, a algunos de sus hijos. Medio Torre Tagle y parte de la investigación peruana supo de ese rescate voluntarioso de vocaciones y talentos. La lista es larga, y contrariamente a los que se puede sospechar, no implicó clientelismo alguno. Entre los porristas había de todo, desde acrisolados conservadores a comunistas, como era mi caso. Pese a tan atrabiliarios ayudantes, Porras no perdió nunca la serenidad de un estoico antiguo, curado de fanatismos. Su constitutiva insumisión desesperaba aun a sus aliados políticos, desde el aprismo al gobierno de Manuel Prado. Se manejó con poco sentido de la rutina y los convencionalismos, dejando siempre playas para la tertulia, el ocio y la conversación incluso cuando era Ministro (en el Club Nacional a donde solía ir, o en las improvisadas tertulias del Café Haití), y por todo eso, por su imprevisibilidad en la que siempre guardó algo de juvenil, acaso acabó en temeraria soledad, rodeado de un puñado de indignados amigos que lo acompañaron a su última morada –se ha dicho– un final de filósofo antiguo.
Pliego al cielo que Porras no fuera un ideólogo ni tuviera vanidades filosofantes. Pero una vez más cabe preguntarse, ¿cómo fue que trabajando sobre la historia no cayera en la veneración de la misma? Advierto que la fe en la historia ha sido el punto de partida de las ideologías totalitarias contemporáneas. Hay que preguntarse por el origen de esa inmunidad que lo puso a salvo de las grandes alienaciones, que han sido frecuentes en los medios intelectuales hasta la caída del Muro de Berlín. ¿Primado de la realidad? ¿Conciencia de la imprevisibilidad del curso de los acontecimientos?
¿Importancia de lo singular en los hechos históricos, de lo distinto? ¿Una visión del mundo que lo inmunizaba ante la tentación totalitaria y los modelos universales para pensar el curso de las civilizaciones, y en general, ante toda pretensión teórica y generalizante sobre las sociedades humanas? Lo cierto es que había desarrollado un santo horror a los dogmas, raro en nuestro país y medio. Algo de su rechazo a la teorización era rechazo a la pedantería. Pero también escepticismo a la manera de Anatole France, más fuertes dosis de ironía limeña y un aire iconoclasta y anticlerical heredado del lejano ancestro, Manuel González Prada. Prevención contra los trascendentalismos. No creyó demasiado en la moda de las filosofías de la historia tan en boga en los años posteriores a la segunda guerra mundial. Provenía de una generación marcada por la filosofía positivista y la consiguiente reacción idealista de sus mayores, de los grandes debates metafísicos, y cuyo efecto perverso fue una natural tendencia a huir de misas negras o rojas. Se había aburrido con Alejandro Deustua y los filósofos criollos de comienzos del siglo. Esa fobia por lo teórico nos salvó. Los dogmáticos, más bien, éramos nosotros. Ya soplaban los vientos de interpretaciones muy rígidas sobre el enfrentamiento entre el mundo industrial y el tercer mundo, simplificaciones en las que casi todos caímos.
Esta saludable ausencia de doctrinarismo preparó, tal vez sin desearlo, un discipulado sin duda singular, que no se articulaba tras un dogma o una creencia. Nos unían, hay que decirlo, ciertas comunes inquinas. Entre otras, la dictadura de Odría de la que el país salía. En Porras la oposición a la dictadura era profunda, asistía otra vez el malogro del país en manos de la improvisación y el poder personal. Otra vez lo que Pedro Planas llama hoy la “República Autocrática”. Otra vez las ocasiones perdidas.
Porras no enseñó solamente la construcción de la historia como un saber positivo o la elegancia del estilo, sino cierta manera de vivir, diría en moral pública republicana. Una postura de tribuno antiguo que no dejaba fisura entre el comportamiento en el ágora y la situación material. En otras palabras, se parecía impresionantemente a esos liberales de los inicios de la República, sobre los que conviene regresar –pese a mi vieja diatriba– cuando se piensa en modelos y paradigmas de moral cívica. Como ellos, consideraba que la primera virtud es la de la honestidad en los denarios públicos; como ellos se consideraba un igualitario y un republicano, y hasta en lo de vestirse de negro, con sencillez, se les semejaba. Como ellos, jacobino pese a su resistencia a los excesos, creía en una radicalidad de la ley y de las instituciones. Todavía es una utopía esa República moral que quiso anticipar.
Escrito en 1997 para la revista Socialismo y Participación n°78. Reeditado en Del pensar mestizo (2006) y editado.















