Silvana Pareja

¿Hablar de brechas digitales cuando aún hay brechas educativas?

Integrar la IA en la educación peruana impulsa la equidad

¿Hablar de brechas digitales cuando aún hay brechas educativas?
Silvana Pareja
14 de noviembre del 2025

 

Hablar de brechas digitales en el Perú exige mirar primero una realidad que incomoda: la educación no parte del mismo punto para todos. Mientras algunos niños aprenden con pantallas interactivas, conexión estable y acompañamiento familiar, otros todavía estudian en aulas sin señal, con materiales desactualizados y caminos de tierra para llegar a la escuela. La brecha digital no nació con la tecnología: es la versión moderna de una desigualdad histórica.

Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), solo el 30,8 % de los peruanos mayores de 25 años cuenta con estudios superiores, y apenas 15,6 % culminó una carrera universitaria. En Lima Metropolitana, tres de cada diez jóvenes acceden a la universidad; en las zonas rurales, solo uno de cada diez. Un estudio del Fondo Editorial de la Universidad Continental (2025) lo confirma: “en las zonas urbanas del Perú, alrededor del 40 % de los jóvenes logra acceder a la universidad, mientras que en las zonas rurales solo 12 de cada 100 jóvenes lo hacen”.

Las cifras confirman lo que se percibe a simple vista: el lugar donde naces determina tus posibilidades de aprender y de avanzar. En las ciudades, los jóvenes crecen rodeados de academias, bibliotecas y redes de conexión. En los pueblos más alejados, la educación sigue dependiendo del esfuerzo heroico de los maestros que enseñan con lo poco que tienen. Mientras en Lima o Arequipa se discute la inclusión de la inteligencia artificial en la currícula, en Apurímac o Loreto aún se lucha por mantener escuelas abiertas todo el año.

Esta desigualdad educativa y digital no solo limita aprendizajes; también condiciona la participación ciudadana y política. En la última década, la juventud peruana ha vivido una metamorfosis: pasó de ser vista como “apática” a protagonizar las calles y las redes. Pero esa energía no se distribuye por igual. El joven urbano conectado puede alzar su voz, crear contenido, fiscalizar; el joven rural desconectado apenas logra ser escuchado. La brecha digital, en ese sentido, es también una brecha de representación.

Por eso, la respuesta no puede ser esperar a cerrar todas las brechas para hablar de inteligencia artificial. Al contrario: la IA debe convertirse en parte de la solución, un instrumento pedagógico para reducir desigualdades y acercar saberes. Bien utilizada, puede traducir contenidos a lenguas originarias, personalizar aprendizajes, o brindar tutorías donde no hay docentes especializados.

No se trata de reemplazar maestros por máquinas, sino de democratizar el conocimiento. Integrar la IA en la educación peruana no contradice la equidad: la impulsa. Pero para lograrlo, el Estado debe priorizar políticas de alfabetización digital y formación docente que unan la pizarra con la pantalla, la escuela rural con la ciudad hiperconectada.

El futuro no empieza cuando tengamos todas las brechas resueltas; empieza cuando decidamos enfrentarlas con inteligencia. Porque solo una educación verdaderamente inclusiva permitirá que la tecnología deje de ser un privilegio y se convierta en un derecho.

Silvana Pareja
14 de noviembre del 2025

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