Eduardo Vega

La campaña del miedo

Solo nos queda votar por quien consideremos más “saludable”

La campaña del miedo
Eduardo Vega
29 de mayo del 2026

 

Estamos a poco menos de diez días de la segunda vuelta y, nuevamente, se ha producido la típica polarización entre los medios —principalmente en redes sociales— para explicar por qué se debe o no votar por tal o cual candidato. La más repetida entre “las razones” —que más parecen excusas— es no votar por uno u otro candidato apelando al miedo antes que a las propuestas.

De hecho, la crítica ya no solo se limita a la exhibición de los pecados de los candidatos o a apelar al mandato y la opinión de los “tótems de la dignidad”, como G. Gorriti; sino que se ha llegado al extremo ridículo de colocar en la agenda de una importante cantidad de programas un supuesto “planteamiento estratégico” basado en justificar la orientación de los votos hacia aquel candidato que podría ser más fácil de vacar en los próximos años.

A todos esos “genios de la política” hay que hacerles entender que los únicos que pueden ejercer el juego político son aquellos que ya están en el Congreso por efecto de la primera vuelta. En consecuencia, cualquier juego que intente plantear un personaje en pantalla solo puede obedecer a intereses previamente acordados con ellos para garantizar su permanencia en el poder legislativo durante los próximos cinco años. Siguiendo esa línea de ideas, basta recordar que en ambas cámaras existen más parlamentarios de centro e izquierda que de derecha, y que el Senado es indisoluble, para entender que el juego del voto por el más “vacable” no es más que un sinsentido.

En consecuencia, cualquier orientación basada en el argumento de que existe un candidato “más peligroso” o que podrá ser “más regulado por el Congreso” no va más allá del interés de lograr que determinada propuesta sea aceptada y, así, colocar en el Estado a más amigotes que no obtuvieron curules, como funcionarios o asesores en algún ministerio.

Sabiendo que todos los políticos en campaña mienten para ganar votos; que todas las alianzas, gestos y supuestos desacuerdos con aliados incómodos no van más allá de palabras que se lleva el viento; creo que, más que separar la paja del trigo, nos queda pensar si vamos a seguir jugando el mismo juego cínico y autodestructivo propuesto desde la “izquierda moralista” de los últimos quince años. Y, en vez de dejarnos asustar con el mismo cuento de siempre, quizá valga la pena sacar al “Kuko” al frente para, de una vez, hacerlo responsable de sus actos.

Entonces, la elección de junio no se trata de votar por candidatos con antecedentes poco claros o sin mochilas aparentes, sino de evaluar si los ideales sobre los que plantean su futuro gobierno —socialismo o libre mercado— son los más idóneos para que el Perú no siga en lo mismo. De más está decir que el Perú ya se ha comido varias cucharadas de socialismo y que sus representantes no han evolucionado. Basta ver a Pedro Francke diciendo que su gestión fue “exitosa” usando comparaciones sobre bases mediocres, o recordar que “le pican los ojos y le hinca el hígado” cuando ve autos caros, para entender que su mejor cuadro no es más que un resentido sin ideas. O que, mientras la izquierda gobierna, los ministros no duran ni seis meses —salvo que sean “yuntas” del presidente, como lo fueron J. Silva (prófugo), R. Sánchez o D. Boluarte—, generando así la proliferación del caos.

Visto que el riesgo político es inevitable; que ningún político es confiable por sus palabras; y que, en realidad, ninguno debería ser temido, solo nos queda votar por quien consideremos más “saludable” en términos de ideales, siguiendo además su comportamiento histórico. De Keiko ya todo se ha dicho, y sabemos que Sánchez es tan radical como interesado, y menos leal que sincero, por lo que probablemente traicione o se deshaga de Francke y Pérez antes que de un duro escudero como Antauro; tras lo cual, lo más probable es que nuestra situación solo empeore.

Einstein decía que “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Si queremos que el Perú mejore, no podemos seguir haciendo caso a los tibios y caviares que, como Gorriti, salen cada cinco años a “instruirnos” para evitar el supuesto “mal menor”. Si los electores hacemos algo diferente de aquello que venimos haciendo durante los últimos quince años, lo peor que puede pasar es que Keiko intente seguir los mismos pasos de su padre tan rápido como Pedro Castillo y termine encerrada, con justa razón, entre cuatro paredes. Pero, al menos, dejaremos de consumir la misma receta empobrecedora de los últimos cinco años, si es que acaso no han sido más.

Eduardo Vega
29 de mayo del 2026

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