Darío Enríquez

La estética del carácter y la ética del resultado

¿Empatía y calidez personal contra la excelencia?

La estética del carácter y la ética del resultado
Darío Enríquez
10 de abril del 2026

 

Imagine que debe elegir al cirujano que intervendrá a su hijo de una grave afección cardíaca y le presentan un perfil alarmante: un hombre ególatra, multimillonario con procesos fiscales abiertos, inestable en sus relaciones personales, impulsivo y que ha convertido la medicina en una mercancía fría en su clínica privada. Bajo el lente actual del “ajuste cultural” y las “habilidades de comunicación”, usted rechazaría a este individuo por carecer de la mínima empatía en sus interacciones sociales, sin saber que acaba de descartar a Christiaan Barnard, el genio que realizó el primer trasplante de corazón en la historia.

Como bien documentaron biógrafos y colegas de la talla de David Cooper y Raymond Hoffenberg, Barnard era un "ególatra grosero" y un tirano en el quirófano, pero esa misma personalidad disruptiva convivía con una audacia técnica que no se enseña en los talleres de liderazgo transformacional y un talento que no se compra en botica ni se descubre en un curso de autoayuda. Resulta inquietante pensar que, bajo los estándares de las corporaciones modernas y el mainstream políticamente correcto, Barnard difícilmente habría superado una entrevista inicial o recibido el presupuesto para el hito histórico de haber realizado con éxito el primer trasplante de corazón.

Estamos creando un sistema que prefiere al profesional que "hace sentir bien al equipo" aunque el proyecto no avance, por encima del profesional "difícil" pero brillante que garantiza el éxito del objetivo común. Este escenario revela una distorsión de la evaluación contemporánea: el desplazamiento del resultado técnico por una "estética del carácter" que sustituye a la verdadera ética del oficio. En los procesos de selección actuales, ya no se mide primordialmente el fruto de la competencia, sino el dudoso aroma de una narrativa personal basada en virtudes que no necesariamente sustentan la capacidad real. Se nos vende la idea de que un profesional debe ser, ante todo, una "buena persona" dotada de una empatía mística y complaciente, olvidando que la virtud no diseña planos ni resuelve crisis estructurales; al desplazar el objeto de evaluación hacia lo subjetivo, entramos en el terreno de una psicología de aficionados que descuida el estándar de calidad.

Debemos confrontar el hecho de que la vocación es un estado en gran parte emocional y difuso, mientras que la competencia es un fenómeno comprobable. Exigir ciertas virtudes morales como requisito previo a la ejecución técnica es confundir el propósito del experto, pues un profesional con "poca vocación" pero con un rigor técnico implacable es infinitamente más útil que uno "apasionado" que comete errores de cálculo. No se trata de proponer éticas excluyentes, sino de reconocer que la Ética de la Forma y la Ética del Resultado deben ser complementarias, aunque siempre supeditadas a una jerarquía lógica donde lo técnico actúe como elemento irremplazable.

Colocar lo técnico sobre lo emocional supone ciertamente problemas y desafíos de convivencia que exigen atención, pero colocar lo emocional sobre lo técnico nos llevará, inevitablemente, al error y al desastre sistémico. La mayor falta de ética en un profesional no es la falta de simpatía, sino la incompetencia disfrazada de cortesía, mucho peor si se tiene plena conciencia de ello. Al final del día, cuando la vida o el futuro de una organización penden de un hilo, no buscamos a alguien que nos sostenga la mano con calidez, sino a alguien que posea el conocimiento necesario y suficiente para no dejar que el hilo se rompa.

Darío Enríquez
10 de abril del 2026

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