Guillermo Vidalón
Un Gobierno promercado
El estatismo genera un daño enorme a la economía y autoestima de los ciudadanos
El Perú siempre ha tenido condiciones inmejorables para retomar el liderazgo político, económico, social y militar que tuvo durante el incanato, el virreinato y en algunos momentos de la república. Sin embargo, perdió el rumbo por la inestabilidad política, por la presencia de líderes con una limitada visión de futuro.
Esa circunstancia puede cambiar si el próximo 12 de abril elegimos a un líder que tenga objetivos claros hacia dónde conducir el país. La semana pasada, participé en la Conferencia Internacional sobre el Entorno Minero en América Latina, un evento organizado por diversas entidades del estado, entre las que destacan el Minem, Minam; y por la república de Corea la embajada, la agencia de Cooperación (Koica) y la Corporación Coreana de Recursos Minerales y Rehabilitación Minera (Komir).
Durante mi intervención, señalé que, durante los años sesenta del siglo XX el Perú tenía un Producto Bruto Interno superior al de Corea del Sur (US$ 253 versus US$158, respectivamente); empero, el país asiático destacó y creció. ¿Qué hizo que su PBI se expandiese rápidamente? El liderazgo positivo de sus mandatarios, la disciplina social, la seguridad y el fortalecimiento de la educación que proveyó a su recurso humano para que sea capaz de crear e innovar. En la actualidad, ofrecen al mundo productos y servicios tecnológicos cada vez más sofisticados, y, el bienestar de su población se incrementa.
El Perú tomó una ruta diferente. La visión intervencionista de la economía, propuesta por los sectores estatistas, generó el quiebre del Estado y el descontento producido fue aprovechado por los grupos subversivos. En 1968, el gobierno presidido por el general Juan Velasco estatizó empresas, subdividió las tierras agrícolas mediante la confiscación de haciendas, etc. El resultado, la caída de la producción, el recurso humano más calificado decidió emigrar, las empresas públicas perdían competitividad y sobrevivían gracias a los subsidios del Estado, lo que ocasionó hiperinflación y el incremento de la pobreza que alcanzó a más del 60% de la población.
La estabilización económica de los años noventa y la seguridad lograda tras la derrota de la subversión atrajo inversiones que contribuyeron a un rápido proceso de modernización gracias a la dinámica de la libre iniciativa privada. No obstante, en paralelo, la corrupción supo agazaparse y expandirse. El estado fue visto como un botín.
La pretensión de lograr una sociedad mejor mediante la imposición de un Estado elefantiásico fracasó. El recurso del ciudadano fue la informalidad, subsistir y establecer un “estado paralelo”. Lamentablemente, la estrategia de supervivencia está siendo acechada por la criminalidad que recurre a la extorsión y el asesinato para apropiarse indebidamente del excedente de amplios sectores de la población de menores ingresos.
El Perú requiere restablecer el estado de derecho, brindar seguridad a la ciudadanía, hacer eficiente al Estado eliminando las trabas innecesarias que dificultan la dinámica económica, reformar la administración de justicia y promover y sostener una visión de largo plazo.
¿Por qué debemos elegir un gobernante favorable al mercado? Porque el número de personas que conduce y controla el aparato del Estado nunca podrá tener el conocimiento ni la experiencia de los ciudadanos que se desenvuelven en las actividades que más les satisface. Por consiguiente, las posibilidades de que logren éxito son mayores.
En cambio, el estatismo genera un daño enorme a la moral y autoestima de los ciudadanos a quienes dice proteger. Les hace sentir que por sí mismos no podrán superar su actual situación y que la “mejor opción” que tienen es someterse a la dependencia de quienes detentan el poder.
Que el próximo quinquenio sea de crecimiento acelerado, de generación de empleo productivo y de calidad. En suma, de esperanza y no del marasmo de quienes anhelan la captura del poder.
















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