Luis Enrique Cam

¿Vale la pena apostar por el Perú?

Más allá del desencanto que producen los malos políticos y la corrupción

¿Vale la pena apostar por el Perú?
Luis Enrique Cam
18 de marzo del 2026

 

“¿Qué te enorgullece de ser peruano?”
“¿Qué te avergüenza de ser peruano?”

Con estas dos preguntas inicié una conferencia sobre la Peruanidad, dirigida a un grupo de veintiún estudiantes universitarios provenientes de diversas carreras y ciudades del país. Todos se han reunido en Lima esta semana para participar en un programa de liderazgo empresarial.

Para responder, los participantes utilizaron la aplicación Mentimeter y los resultados se proyectaron en tiempo real. Ante la pregunta sobre aquello que les generaba orgullo, la respuesta más frecuente fue la gastronomía, seguida por la historia, las costumbres y la biodiversidad. Cuando se planteó la segunda pregunta —qué les avergonzaba del país— el primer lugar lo ocupó “la política”, seguido de “la corrupción”, “la viveza peruana” y “la desigualdad social”.

Se trata, desde luego, de la opinión de un grupo pequeño de jóvenes. Sin embargo, sin pretensiones de rigor científico, esas respuestas parecen reflejar percepciones bastante extendidas entre la juventud y población peruana. Orgullo por una riqueza cultural e histórica extraordinaria, y frustración frente a problemas estructurales que afectan la vida pública.

En la conferencia propuse una mirada a los elementos artísticos, históricos y culturales que forman parte del alma del Perú: aquello que nos une y, al mismo tiempo, nos distingue como nación. La peruanidad no es una abstracción retórica ni una consigna vacía. Es una “síntesis viviente” –como la definió Víctor Andrés Belaunde– de tradiciones, memorias y experiencias compartidas que se han ido formando a lo largo de siglos.

Nuestra identidad se ha construido a partir de múltiples raíces. A la herencia andina y española se sumaron los aportes de inmigrantes africanos, asiáticos y europeos que enriquecieron la cultura nacional en ámbitos tan diversos como la música, la cocina, la pintura, el comercio y las formas de convivencia. En los últimos años, la inmigración venezolana también forma parte de esa historia en movimiento que caracteriza al Perú generoso.

La peruanidad, en ese sentido, no es una pieza de museo. Es una realidad dinámica que se renueva en el tiempo, en cada generación.

Hacia el final de la conferencia planteé una nueva pregunta a los estudiantes: en el balance entre los motivos de orgullo y los motivos de vergüenza, ¿cuáles prevalecen?

La respuesta fue inmediata y unánime: los motivos de orgullo superan a los de vergüenza.

Aquella reacción espontánea reveló algo importante. A pesar de los problemas del país —que son reales y evidentes— estos jóvenes no han perdido la confianza en el Perú. Reconocen sus dificultades, pero también valoran su historia, su cultura y sus posibilidades.

Concluí entonces con una última interrogante: ¿vale la pena apostar por el Perú? No sé si la conferencia influyó en su respuesta. Pero, al unísono, todos respondieron que sí.

Ese “sí” colectivo tiene algo de declaración generacional, me atrevo a decirlo. Es la afirmación de que, más allá del desencanto que producen los malos políticos o la corrupción, existe una reserva de esperanza que sigue viva en muchos jóvenes.

Porque, al final, el destino del Perú no depende de discursos ni de diagnósticos pesimistas. Depende de los propios peruanos. Los de a pie. Los de combi. Los de Metropolitano o tren eléctrico.

Y si los peruanos no sacamos al Perú adelante, nadie más lo hará.

Luis Enrique Cam
18 de marzo del 2026

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