El Perú ha llegado a una encrucijada en que debe decidir si con...
Los candidatos de la centro derecha están en la obligación de desarrollar un discurso para las provincias del sur en estas dos semanas que restan de campaña electoral, no solo por estrategia electoral, sino también por responsabilidad con un área del país que ha sido duramente golpeada por la burocratización del Estado y el fracaso total del proceso descentralizador. Bastaría mencionar la desorganización en la administración del complejo turístico de Machu Picchu y el retraso inaceptable de Majes Siguas II, que llevaría la prosperidad agroexportadora hacia el sur, para condenar al Estado y la descentralización.
La izquierda, sobre todo luego de la llegada de Pedro Castillo al poder, es la principal responsable de los retrasos y del aumento de la pobreza en las provincias del sur. Luego del golpe fallido de Castillo y del eje bolivariano en el Perú se desató una ola insurreccional que pretendió quemar todos los aeropuertos del sur del Perú, mientras se bloqueaban las principales carreteras. El objetivo: estrangular la economía y desabastecer a las ciudades con el objetivo de quebrar la moral nacional y posibilitar que la sociedad acepte una asamblea constituyente.
Si bien la propuesta de la asamblea constituyente fue derrotada, sí lograron paralizar la economía: el 2023 el PBI cerró con recesión de menos 0.55%. En ese contexto, 17 provincias entraron en recesión, pero la caída en provincias y distritos en Puno y Cusco fue devastadora. El desplome estuvo entre 20% y 30%. Toda la industria turística que genera miles de empleos y desarrolla cadenas entre empresas y poblaciones se derrumbó. El 2023 las familias del sur se quedaron sin posibilidades de comer. ¿Por qué los movimientos de la centro derecha no denuncian esta tragedia que desató la violencia antisistema en el sur?
Hasta hoy las cifras registran que no se recuperan los más de cuatro millones de turistas que había antes de la pandemia y del gobierno de Castillo. Sin embargo, las derechas no pueden organizar una narrativa para establecer las responsabilidades directas de la izquierda antisistema en esta terrible situación. No pueden desarrollar un relato legítimo que indique que con las izquierdas revolucionarias nunca existirá turismo en el sur y, por lo tanto, la pobreza siempre será un actor protagónico en la región.
Por otro lado, identificar a la izquierda antisistema con la recesión del 2023 y la pobreza de las familias, en el acto, permite conectar con la tragedia del modelo chavista de Venezuela, que se ha convertido en una de las mayores fábricas de pobreza del planeta en el siglo XXI. ¿Por qué los movimientos de la centro derecha no desarrollan estas conexiones y verbalizan estas tragedias? Venezuela con Nicolás Maduro fue un verdadero museo de la ignominia, algo parecido a un campo de concentración nazi, en el que el país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, arrojó al 90% de su población a la pobreza y expulsó a la emigración a un tercio de sus ciudadanos como una manera de escapar del hambre, de la muerte y de la persecución política.
Al lado de Venezuela las centroderechas políticas tienen otro factor que respaldará las campañas en contra de las izquierdas antisistema en el sur. El fracaso del modelo de Bolivia se siente en todas las provincias del sur, el fracaso del modelo de Evo Morales y de su mamotreto de república plurinacional. Los sureños del Perú, sobre todo el año pasado, comprobaron cómo los bolivianos cruzaban la frontera buscando cambiar sus bolivianos –moneda nacional del país altiplánico– por dólares y soles. En ese instante, el ciudadano de la provincia del sur entendió la importancia de la autonomía del BCR, del papel de Julio Velarde y de nuestra Constitución. A pesar de todos nuestros problemas teníamos una moneda de altísimo valor.
El BCR y el sol peruano entonces son dos aliados de las campañas de la centroderecha en el sur, pero, una vez más, falta el relato, la narrativa, la historia, que cuente el acontecimiento y lo convierta en movilización política y social. ¡Qué esperan!
















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