Pedro Corzo
Cuba, la hora de los hornos
La crisis del castrismo y sus responsabilidades internas
Comparto la opinión de quienes piensan que el castrismo se encuentra en la coyuntura más difícil de su historia, aunque rechazo la versión de que han sido exclusivamente factores extranjeros los responsables de que la tragedia de Cuba, al parecer, esté llegando a su final.
La vida de los cubanos, por la ineficiencia y maldad de sus gobernantes, es cada día más calamitosa, realidad a la que debemos incorporar el agotamiento masivo del discurso gubernamental. Asimismo, la capacidad del totalitarismo para manipular a la población y las condiciones que concurren están también prácticamente agotadas.
La actualidad de los cubanos es catastrófica. El crónico padecimiento, por décadas, de la escasez de productos de consumo se ha agudizado; el acceso al agua potable es, usualmente, una epopeya. Estos sucesos se producen en un marco de fallas constantes del servicio eléctrico y una desastrosa prestación en el transporte que lo obstaculiza todo, faltas a las que debemos sumar la omnipresencia de una fuerza policial siempre lista para reprimir.
Los cubanos llevan numerosos años padeciendo un bloqueo interno impuesto por el totalitarismo que los ha conducido a la miseria extrema, aunque el discurso oficial propague la visión, compartida por sus aliados, de que el embargo estadounidense es el responsable de las calamidades del pueblo.
Culpar a terceros de las maléficas consecuencias de sus acciones es una tendencia reiterada del totalitarismo. Es un sistema que gusta asumir el rol de víctima porque confunde a los idiotas útiles, sin dejar de ser una excelente herramienta para los compañeros de viaje, particularmente entre aquellos que viven en países democráticos y cuentan con recursos económicos para hacer ofrendas a sus quimeras sin incurrir en sacrificios.
Incomprensiblemente, ha sido Estados Unidos, el país que escogió Fidel Castro como su enemigo, donde más personas han defendido el totalitarismo. Numerosos políticos de este país gustan, en inmensa mayoría ignorantes de la realidad cubana, de viajar a la isla para defender el castrismo sin percatarse de que están protegiendo un régimen completamente opuesto a sus valores y formas de vida.
Aquellos que afirman que Washington debe negociar con La Habana porque sería conveniente para ambos países están rotundamente equivocados. En nada beneficia a Estados Unidos una buena relación con el sistema totalitario y, menos aún, al pueblo cubano. A través de los años se ha evidenciado que la tolerancia y ayuda al castrismo lo fortalecen, en paralelo a su afán de controlar hasta los suspiros de la población.
Durante décadas, organizaciones y nacionales de este país han montado campañas de ayuda a la dictadura y han culpado a su propio gobierno de los fracasos del sistema castrista, lo que ha coadyuvado a que un sector de la opinión pública estadounidense comparta ese veredicto y considere que las gestiones punitivas contra la isla agravarían la situación de sus habitantes.
Craso error, diría el cubano de a pie, que, como afirmaba Oscar Esquerra, lleva 67 años muriendo a plazos para seguir viviendo miserablemente.
Todas las crisis del totalitarismo son consecuencia de la ineficiencia y de su habitual dependencia del apoyo económico extranjero, junto con su negativa a permitir que sus gobernados trabajen y piensen libremente. Razón por la cual es necesario apoyar a la población para que asuma sus prerrogativas ciudadanas con las acciones que sean necesarias, aunque las consecuencias inmediatas sean una agudización de la crisis, porque, como gusta decir el escritor José Antonio Albertini, “las cosas se tienen que poner malas para que mejoren”.
Desgraciadamente, los enemigos del totalitarismo castrista han tenido siempre la inclinación de subestimar la fascinación por el poder que padecen los sujetos que han sometido a Cuba durante más de 67 años, al igual que sus equivalentes en Nicaragua y Venezuela.
Estos gobernantes no ceden ante simples amenazas, y menos aún ante dulces promesas. Frente a ellos hay que ser firmes y coherentes. Es preciso desarrollar una política de careo que permita apreciar la disposición de sus oponentes de llegar a consecuencias extremas.
No lo duden: son enemigos hábiles, con gran competencia en la manipulación de los hechos. Saben al detalle que las democracias responden a la opinión pública y a intereses contrapuestos que tienden a tolerarse para alcanzar la gobernabilidad, así que tratan de influir en ella lo más posible para que presione a sus gobernantes. Son parásitos y, como tales, explotan a su huésped.
















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