Herberth Cuba

Foucault en detalle, medicina y falacias

Foucault desconfía de las instituciones y de toda acción colectiva

Foucault en detalle, medicina y falacias
Herberth Cuba
16 de junio del 2026

 

La obra de Michel Foucault es presentada como una de las críticas más agudas a las instituciones modernas, a la medicalización de la vida y a los dispositivos de normalización que fabrican subjetividades dóciles y útiles para el capitalismo. En esa línea, la crítica contra la medicina y contra el  rol que cumple el médico ha sido asumido casi como una obviedad.

Según Foucault, en “Los anormales” y en “El poder psiquiátrico”, el pensamiento médico no es una ciencia pura que describe hechos naturales, sino una tecnología de gobierno de los individuos que se organiza alrededor de la norma. Señala que “el pensamiento médico es una manera de percibir las cosas que se organiza alrededor de la norma, esto es, que procura deslindar lo que es normal de lo que es anormal […] se asigna medios de corrección que no son exactamente medios de castigo, sino medios de transformación del individuo”.

Esta operación, no es neutral, está “profundamente ligada al desarrollo del capitalismo, y me refiero a que para este no fue posible funcionar con un sistema de poder político, en cierta forma indiferente a los individuos”. En ese sentido, la medicina, en lugar de describir, prescribe; en lugar de curar, normaliza; en lugar de atender al enfermo, gestiona el peligro social. Esta idea se expresa con nitidez en la noción o categoría de monomanía, que según Foucault, “va a permitir clasificar dentro de una gran nosografía de tipo perfectamente médico y, por lo tanto, codificar dentro de un discurso morfológicamente médico toda una serie de peligros”. La medicina se convierte así en “ciencia de lo normal y lo patológico”, y “en el poder médico está el corazón de la sociedad de normalización”. Es decir, un acto que el derecho no puede sancionar porque carece de motivo racional, se transforma en síntoma, en una enfermedad, en una entidad nosográfica que justifica el encierro psiquiátrico. Según Foucault, la medicina es la “ciencia de lo normal y lo patológico”, y “en el poder médico está el corazón de la sociedad de normalización”. 

El problema es que Foucault ha invertido la relación causal entre norma y praxis. Es decir, Foucault presenta la normalización como el origen de la conducta humana porque el sujeto se constituye en y por los dispositivos de poder. Sin embargo, la praxis social es entendida como una acción orientada a fines, como iniciativa, como cooperación social para resolver problemas comunes que es anterior a la normalización. Por ejemplo, dos personas que levantan una piedra juntas no lo hacen porque una norma exterior se lo imponga, sino, porque perciben un obstáculo, comparten un propósito, coordinan sus movimientos. La norma, si llega, viene después con la finalidad de darle eficacia y eficiencia, de estandarizar y prevenir conflictos. Como se puede apreciar, Foucault ve la normalización donde debería ver la praxis social originaria, y convierte un momento secundario, que a veces es opresivo, otras veces es útil, en la clave explicativa de todo lo humano. 

En ese contexto, para Foucault, toda coordinación, toda articulación, todo orden compartido es ya normalización, entonces cualquier acción colectiva que pretenda transformar las condiciones de existencia está condenada a reproducir aquello que critica. En ese sentido, la organización, por ejemplo, de una huelga general requiere disciplina, horarios, comités, reglas de mayoría, sanciones para los que abandonan el piquete, entre otros aspectos, necesarios para su éxito, sin embargo, para Foucault, sería  poder, disciplina, normalización, exclusión y sanción. La única salida que ofrece son las resistencias locales, fragmentarias, móviles e individuales. Foucault condena al sujeto político a aceptar el destino de soportar ad infinitum los dispositivos o a conformarse con pequeñas victorias individuales que no alteran el curso de la sociedad. En su razonamiento, desaparece de su vocabulario la noción de liberación y la sustituye por “prácticas de libertad” que no son otra cosa que juegos tácticos individuales dentro del encierro opresor justificado por la norma. Es decir, Foucault no describe la dominación para superarla sino que la describe para naturalizarla como horizonte inescapable. 

El segundo problema de orden epistemológico es que Foucault sostiene que las representaciones humanas son relativas a una episteme, a una configuración histórica del saber que cambia radicalmente de una época a otra. Es decir, no hay verdad universal, solo discursos. Sin embargo, en sentido opuesto, postula que las estructuras de exclusión permanecen idénticas a sí mismas a través de los siglos. Por ejemplo, cuando analiza los dispositivos de exclusión, por ejemplo en la lepra en la Edad Media, la locura en la época clásica o el delincuente en la modernidad,  postula que las estructuras de exclusión permanecen idénticas a sí mismas a través de los siglos. En ese sentido “En Historia de la locura en la época clásica” escribe: “desaparecida la lepra, olvidado el leproso, o casi, estas estructuras permanecerán. A menudo en los mismos lugares, la exclusión se repetirá, similar dos o tres siglos más tarde”. Es decir, abandona el relativismo de la representación epistémica para afirmar una permanencia estructural. Como se puede apreciar, el resultado es un fatalismo terrible porque la normalidad en las sociedades humanas se define siempre frente a un “otro excluido”, indiferente a los cambios históricos. Da lo mismo que se trate de enfermos con lepra, delincuentes o enfermos mentales porque la exclusión se repite. Y lo más grave es que Foucault clausura toda posibilidad de transformación social porque la exclusión es constitutiva de la existencia social, y por principio, vano cualquier intento de eliminarla. 

Como he señalado en el artículo “Día Mundial de la Lepra”, el concepto de padecimiento es una herramienta crítica que cuestiona a Foucault. Por ejemplo, “La lepra, como cualquier otra enfermedad, aunque unas con mayor énfasis que otras, tiene dos aspectos: uno ligado a la enfermedad y el otro ligado al padecimiento de ésta por parte del paciente y de la sociedad. En cuanto al padecimiento, la lepra tiene un largo recorrido, incluso, milenario, de exclusión, estigma y exilio”. En ese sentido, “el padecimiento es la forma como evalúa la sociedad el impacto de la enfermedad. Esta evaluación es aprendida y reproducida socialmente. El estigma, la exclusión y la deshumanización es, en casos extremos, su consecuencia”. Es decir, lo que duele no es solo la enfermedad, sino el juicio social que la acompaña. Y ese juicio es aprendido, no es natural y con la praxis social puede ser desaprendido y erradicado. 

El giro epistemológico y ontológico de lo inmediato a lo mediato que asume Foucault, al señalar en “El poder, una bestia magnífica” su formación fenomenológica y existencialista, donde la filosofía era “la dilucidación de esa experiencia vivida”. Luego describe su cambio hacia “una importancia cada vez más reducida asociada a la experiencia inmediata, vivida, íntima de los individuos. En contraste, se atribuye una importancia creciente a la relación de las cosas entre sí, a las culturas diferentes de las nuestras, a los fenómenos históricos, a los fenómenos económicos”. Cita al psicoanálisis lacaniano, donde “no se recurría, no había que vérselas con la experiencia vivida de los individuos, no era eso lo que se pretendía dilucidar, sino las estructuras del inconsciente”. Foucault asume este giro y sitúa al hombre en la mediatez, en la arqueología. Sin embargo, la “experiencia vivida” no es lo opuesto a la estructura, al contrario, es la estructura en acto, encarnada, situada en la existencia social. Al abandonar la experiencia vivida y la praxis social, Foucault se queda sin un sujeto y actor firme para la crítica y la transformación. 

Foucault desconfía de las instituciones, mira el poder en los pliegues del saber y en consecuencia, sospecha de la neutralidad médica. Pero también desconfía de toda acción colectiva, de toda coordinación y de la propia capacidad transformadora. Es un fatalista. Sin embargo la praxis social, con conocimientos científicos y organización social, colectiva o comunitaria demuestra, entre otros, que el estigma se disuelve, que la  exclusión y la deshumanización se revierten. ¡Alto al fatalismo!

Herberth Cuba
16 de junio del 2026

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