Julio Jesús Puescas
El Perú no está fabricando su propio destino
Una nación que no produce está condenada a depender
El Perú se encuentra en una situación comprometedora: somos un país que exporta materia prima y consume lo que otros fabrican. Vendemos cobre, frutas y fibra de alpaca al mundo, pero en nuestros propios hogares predominan productos manufacturados en el extranjero. Y esto es alarmante, porque la industria manufacturera apenas aporta el 12% del PBI nacional, una cifra que debería avergonzar a aquellos que gobiernan nuestro país. Es más, este panorama se agrava cuando los aspirantes a políticos se llenan la boca de promesas sobre empleo y desarrollo, pero omiten profundizar en las palabras que el Perú necesita escuchar: industria nacional.
No se trata de cerrar fronteras ni de satanizar la inversión extranjera. Se trata de entender algo elemental: una nación que no produce está condenada a depender. El Perú posee la materia prima y el talento, pero carece de una política de Estado que convierta esas ventajas en manufactura con valor agregado. Exportamos arándanos, uvas y mangos por más de US$ 13,000 millones al año en productos agropecuarios no tradicionales, y nuestro sector textil —con la fibra de alpaca como bandera— superó los US$ 1,700 millones en exportaciones en 2025. Lideramos el crecimiento de exportaciones no tradicionales en América Latina, por encima de Brasil y México. El potencial está ahí; lo que falta es la voluntad política de industrializar para consumo interno.
Miremos al mundo. Estados Unidos, la mayor economía del planeta, no se avergüenza de proteger lo suyo. Su Buy American Act obliga al Gobierno federal a preferir productos fabricados en suelo estadounidense, exigiendo que más del 65% de los componentes sean de manufactura nacional. Más aún, en 2025 el presidente Trump declaró emergencia nacional para revertir la desindustrialización, afirmando que "Made in America no es solo un eslogan, sino una prioridad de seguridad económica y nacional".
Otro caso ejemplar es Corea del Sur, país que ofrece una lección todavía más reveladora: pasó de una situación industrial paupérrima a una en la que genera el 40,4% del PIB. Lo logró mediante planes de industrialización, inversión masiva en educación técnica y el impulso deliberado a empresas nacionales que hoy son referentes mundiales. No fue magia: fue decisión política.
Viendo estos casos, cabe preguntarnos, ¿por dónde comenzamos? Las respuestas están a la vista. La agroindustria necesita dar el salto de exportar fruta fresca a procesarla aquí: jugos, conservas, alimentos deshidratados con marca peruana. El sector textil de alpaca, que genera entre el 70% y 80% del ingreso familiar en zonas altoandinas, tiene potencial para convertirse en una industria de confecciones de lujo si se invierte en capacitación y tecnología. La minería, nuestro eterno pilar extractivo, tiene que derivar en metalurgia y manufactura de componentes, no limitarse a embarcar concentrados. Y la acuicultura, la farmacéutica y los bienes de capital, que ya mostraron crecimiento en 2024, esperan el impulso que no se les ha dado con seriedad.
Por todo esto, el próximo gobierno tiene una responsabilidad que trasciende la coyuntura electoral: sentar las bases de un Perú que fabrique, que transforme, que agregue valor a lo que la tierra le regala; pues no olvidemos que la industrialización es la condición misma de la soberanía. Un país que solo extrae y exporta materia prima es un país que entrega su destino a la cotización internacional del momento. El Perú merece algo mejor: fabricar su propio futuro.
















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