Guillermo De Vivanco
La guerra para la paz
Irán, el fanatismo y los dilemas morales de la geopolítica contemporánea
El trece de enero de 2022, Mahsa Amini, de 22 años, fue detenida en Teherán por la Policía de la Moral por no usar debidamente el hiyab (velo islámico). Tres días después devolvieron su cuerpo. Ese mismo año, durante el mes de enero, se produjeron enormes manifestaciones de protesta contra el régimen teocrático de la República Islámica.
El régimen cortó los servicios de internet y el suministro eléctrico para ocultar la inimaginable carnicería con la que fueron reprimidas las manifestaciones. Las muertes no son un simple número estadístico. Imágenes y testimonios desgarradores mostraron calles bañadas en sangre y miles de cuerpos embolsados, muchos de ellos rematados con un disparo en la frente. Nunca sabremos el número real de víctimas; si fueron 3,000 o 30,000, probablemente jamás lo sabremos. Del mismo modo, nunca sabíamos con certeza en qué momento Irán lograría su ansiada bomba atómica.
El régimen teocrático de Irán, gobernado por Ali Khamenei, tenía como objetivo fundacional someter al mundo occidental al islamismo y eliminar de la faz de la tierra a todos los infieles. Se trata de un régimen caracterizado por una concentración extrema de poder religioso y político. Un fundamentalismo que no admite libertad religiosa, sino un sometimiento ciego al fanatismo de los ayatolás, que coerciona las libertades civiles y mantiene un sesgo misógino inaceptable en sociedades evolucionadas. ¿Podíamos ser tan ingenuos como para esperar a que cuenten con armamento nuclear antes de reaccionar frente a su tiranía?
Hay guerras por codicia y otras por fanatismo religioso o ideológico. Distinguir entre el agresor y la víctima determina de qué lado se encuentran la ética y la moral. En la Segunda Guerra Mundial, Europa y Estados Unidos no tuvieron otra opción que defenderse del expansionismo nazi. La misma lógica explica que hoy Ucrania libre una guerra defensiva frente al afán expansionista de la Rusia de Putin, o la lucha que libraron nuestras fuerzas armadas contra el sanguinario terrorismo de Sendero Luminoso.
Las guerras de independencia o contra el colonialismo tienen una naturaleza distinta, del mismo modo que existen homicidios necesarios, como los que ocurren en legítima defensa. El objetivo geopolítico del Irán de los ayatolás es la dominación de Occidente, comenzando por la aniquilación de Israel. Por ello su influencia y financiamiento a grupos terroristas en Medio Oriente, como Hezbolá en Líbano, Hamás, la Yihad Islámica Palestina, las milicias chiitas en Irak o los rebeldes hutíes en Yemen.
Uno de los episodios más crueles fue el ataque del grupo terrorista Hamás el 7 de octubre de 2023. Ingresando desde la Franja de Gaza, atacaron Sderot, Ofakim, Nahal Oz, Nir Yitzhak y Re’im, donde ocurrió la masacre durante un festival. El resultado fue devastador: 1,200 personas asesinadas con extrema crueldad y 240 secuestrados. Ese mismo día, miles de cohetes cayeron sobre Israel.
¿Es posible un entendimiento entre el fanatismo y la racionalidad, entre la tolerancia y el fundamentalismo, cuando el propósito fundacional de un movimiento político es el exterminio del opositor? ¿Existe realmente alguna diferencia entre el nazismo y el fundamentalismo islámico?
Nos encontramos en un mundo profundamente polarizado, donde los términos medios suelen inclinar la balanza hacia el agresor. Los valores con los que enfrentamos el riesgo de un holocausto nuclear son, paradójicamente, los mismos que entran en conflicto con el uso de la fuerza. La violencia se contrapone a nuestros principios de tolerancia y humanismo.
Sin embargo, las instituciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial han sido, en gran medida, un fiasco. Copadas por una burocracia internacional privilegiada, han fracasado en la práctica. Pronunciamientos, resoluciones, condenas o comisiones no resolvieron una sola guerra y, más bien, terminaron condenando a quienes mayoritariamente las financiaban.
Donald Trump no es un presidente carismático ni pretende serlo. Tampoco es un político de buenas maneras. Es un hombre de negocios neoyorquino cuyo primer periodo presidencial terminó frustrado por la burocracia gubernamental y que luego fue perseguido insistentemente por sectores demócratas que intentaron llevarlo a prisión.
La parsimonia demócrata llevó al mundo a un peligro inminente. Nos ganaron la batalla cultural. Los descendientes de Caín o de la Revolución Francesa, alimentados por resentimientos y envidias, empujaron al mundo al borde del precipicio. ¿Acaso las Naciones Unidas pudieron liberar a Venezuela de Maduro, a Cuba de los Castro o a Irán de los ayatolás?
Solo un liderazgo fuerte y decidido podría eliminar el riesgo de que el islam político posea un arsenal nuclear. Donald Trump, en esa lógica, aparece como el mal menor.
















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