Javier Agreda
Madame Vargas Llosa: un juego de espejos y máscaras
Reseña crítica de la nueva novela de Gustavo Faverón
Con las novelas Vivir abajo (2018) y Minimosca (2025), el escritor Gustavo Faverón (Lima, 1966) se ha consolidado como una de las voces más importantes de la narrativa peruana actual. En ambas, la ficción se despliega como un laberinto donde se entrecruzan experiencia, delirio y reflexión sobre la creación artística. En esa misma línea se inscribe su más reciente entrega, Madame Vargas Llosa (Peisa, 2026), que por su menor extensión (167 páginas) y una desarrollo más contenido, funciona como una buena puerta de entrada a su personalísimo universo narrativo.
Uno de los elementos más llamativos del libro es su punto de partida: la recreación ficcional de la investigación que Mario Vargas Llosa realizó en Brasil para escribir La guerra del fin del mundo. A partir de esa premisa, Faverón despliega una trama que pronto se desplaza hacia otros centros narrativos, en particular hacia la figura de Manoel Magalhaes, guionista de telenovelas conocido como Fittipaldi, por la velocidad con que escribe. Así, desde sus primeras páginas, la novela se revela como una historia sobre la escritura misma y la verdad de las ficciones.
El primer capítulo resulta especialmente llamativo por la precisión con que Faverón reproduce la “voz” de Vargas Llosa, mediante una reconstrucción minuciosa de su sintaxis, su léxico y su “prosodia”. Más que un simple ejercicio de estilo, este recurso instala desde el inicio una reflexión sobre la autoría, la identidad y el artificio. El lector entra así en un juego de espejos en el que la autenticidad y la impostura se confunden, y en el que el escritor se convierte en un personaje más dentro de la ficción.
La estructura de la novela, dividida en cuatro secciones narradas por distintos personajes, refuerza esa lógica fragmentaria. Tras el supuesto Vargas Llosa, la voz pasa al cineasta Ruy Guerra, luego al propio Fittipaldi y finalmente a Rita Fontana, su esposa. Cada uno de estos narradores es también un creador de historias, lo que permite que sus relatos se inserten en la narración principal y la desestabilicen. Este cruce constante de voces y registros da la impresión de una novela que se va haciendo sobre la marcha, como si respondiera a una improvisación sostenida.
A este entramado se suma una densa red de referencias literarias y culturales. Los guiones de Fittipaldi funcionan como parodias de obras clásicas como El corazón de las tinieblas, El alienista o Crimen y castigo, mientras que el trasfondo amazónico dialoga con varias novelas de Vargas Llosa —El hablador, Pantaleón y las visitadoras, El sueño del celta, entre otras— y con imaginarios cinematográficos asociados a la selva. El resultado es un collage en el que conviven alta literatura, la cultura popular, el humor y la sátira, sin jerarquías claras y con un evidente gusto por el exceso.
Hay distintas versiones de ciertos hechos, como la muerte de Rita Fontana, que muestran claramente el carácter subjetivo y ficcional de todo relato. Y aunque hacia el final las líneas narrativas convergen y ofrecen una resolución relativamente armónica, el camino hasta allí da la impresión de ser más errático de lo necesario. La idea de “improv-literatura” que se ha asociado a Faverón se hace aquí muy visible, tanto en su vitalidad como en sus límites. En ese sentido, la novela deja ver más sus costuras que en trabajos anteriores. Hay pasajes que parecen no integrarse del todo al conjunto y decisiones formales discutibles, como el posible ajuste tardío del narrador en el primer capítulo.
A diferencia de Vivir abajo y Minimosca, novelas en las que la expansión del relato terminaba por sostener su propia lógica interna, aquí la brevedad juega en contra y hace más evidentes las irregularidades del proceso. También se percibe una menor presencia del trasfondo social que en esas otras novelas. Madame Vargas Llosa se inclina más hacia el juego literario, el artificio y el humor, lo que le da un aire de divertimento. Esto no la vuelve una obra menor, pero sí desplaza el centro de interés hacia la experimentación formal y la reescritura irónica. Con todo, estamos ante una novela estimulante, imaginativa y, por momentos, muy lograda.
A diferencia de Vivir abajo y Minimosca, novelas en las que la expansión del relato terminaba por sostener su propia lógica interna, aquí la brevedad juega en contra y deja más expuestas las irregularidades del proceso. También se percibe una menor presencia del trasfondo social que recorría esos libros. Madame Vargas Llosa se inclina más hacia el juego literario, el artificio y el humor, lo que le da un aire de divertimento. Esto no la convierte en una obra menor, pero sí desplaza el centro de interés hacia la experimentación formal y la reescritura irónica. Con todo, estamos ante una novela estimulante e imaginativa que confirma que Faverón sigue explorando, con libertad y riesgo, los límites de la ficción.
















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