Javier Agreda

Las niñas del naranjel

Reseña crítica de la premiada novela de Gabriela Cabezón Cámara

Las niñas del naranjel
Javier Agreda
22 de mayo del 2026

 

En los últimos meses diversos reconocimientos internacionales han recaído sobre una notable generación de escritoras argentinas. Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) obtuvo en abril la primera edición del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana gracias a su libro El buen mal (2025); Leila Guerriero (Junín, 1967) recibió el Premio Strega Europeo por La llamada. Un retrato (2024); y Gabriela Cabezón Cámara (Buenos Aires, 1968) ha obtenido con su novela Las niñas del naranjel (2023) galardones como el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2024 y el National Book Award 2024 (en la categoría literatura traducida), y figuró entre las finalistas del International Booker Prize 2026. A esta última novela, basada en la vida de la legendaria Monja Alférez, dedicamos las siguientes líneas.

La protagonista de la novela es la española Catalina de Erauso (1585-1650), personaje histórico cuya vida parece extraída de una novela de aventuras. Internada desde niña en un convento en el País Vasco, Catalina escapó a los quince años y comenzó a vivir bajo la identidad masculina de Antonio de Erauso. Convertida en soldado y mercenario, recorrió buena parte de América participando en campañas militares, duelos, fugas y negocios turbios que le dieron la fama de hombre violento y temerario. La tradición literaria hispanoamericana ya había retomado su figura en distintas ocasiones —basta recordar el relato "¡A iglesia me llamo!" de Ricardo Palma—, pero Cabezón Cámara evita la reconstrucción biográfica convencional y se concentra en un episodio específico: la huida de Antonio por territorios del Paraguay, acompañado de dos niñas indígenas famélicas, Michi y Mitãkuña, a quienes rescata casi por azar y que terminarán alterando radicalmente su mirada sobre el mundo.

En esas circunstancias Antonio empieza a escribir una extensa carta dirigida a su tía, priora de un convento español. Esa carta constituye el núcleo de la novela, aunque sería un error entenderla como una simple ficción histórica. Lo que propone Cabezón Cámara está mucho más cerca de una reescritura de la Conquista, en la que la naturaleza americana aparece como una fuerza viva y misteriosa, atravesada por mitos indígenas y una espiritualidad ajena al racionalismo europeo. Las niñas interrumpen constantemente la redacción de esa carta con preguntas formuladas en una mezcla de español y guaraní, cuestionando desde una lógica elemental las certezas religiosas y morales que Antonio intenta transmitirles. Gracias a ese contrapunto la novela evita cualquier solemnidad: el relato avanza entre escenas de violencia extrema, momentos de humor inesperado y diálogos en los que la inocencia infantil desmonta las jerarquías culturales.

No es, sin embargo, esa relectura de la historia, en clave de realismo mágico, lo más logrado del libro, sino el trabajo con el lenguaje. Cabezón Cámara construye una prosa de evidente aliento poético, en la que conviven el castellano del Siglo de Oro, palabras en euskera, expresiones guaraníes y términos religiosos o militares. A todo ello se suman numerosas referencias literarias que, según explica la autora en el epílogo, van desde Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo hasta Alejandra Pizarnik y el peruano José Watanabe. Pero el virtuosismo estilístico nunca aparece como simple adorno erudito; el collage lingüístico sirve para replantear la crónica colonial desde una perspectiva mucho más plural y humana, en la que las voces indígenas dejan de ocupar un lugar marginal y la crueldad de la empresa conquistadora aparece con mayor claridad. 

La novela, sin embargo, no está exenta de irregularidades. Hacia la mitad del libro la reiteración de episodios violentos —ejecuciones, abusos, mutilaciones, castigos— produce cierta sensación de estancamiento narrativo. Algunos pasajes prolongan innecesariamente situaciones ya comprendidas por el lector; en otros la exuberancia verbal y el despliegue estilístico se imponen sobre la progresión emocional de los personajes. Aun así, la narración mantiene siempre su capacidad de fascinación gracias a la originalidad de su imaginario y a la energía de su prosa.

Finalmente el recorrido de Antonio adquiere la necesaria dimensión moral. El contacto con Michi y Mitãkuña, así como la convivencia con la naturaleza americana, transforma a este antiguo mercenario en alguien capaz de reconocer sus crímenes y de experimentar culpa. La carta que escribe deja entonces de ser una simple narración de aventuras para convertirse en una tentativa de confesión y redención. Allí radica otro de los logros de la novela: nos muestra que la identidad puede entenderse no como una esencia fija, sino como un territorio en permanente disputa, atravesado por el lenguaje, el deseo, la violencia y la memoria. Las niñas del naranjel no solo revisa críticamente el pasado colonial latinoamericano, también plantea una reflexión sobre el poder, el género y la posibilidad de una transformación personal.

Javier Agreda
22 de mayo del 2026

NOTICIAS RELACIONADAS >

Siete personajes al borde del descarrilamiento

Columnas

Siete personajes al borde del descarrilamiento

  El escritor y profesor universitario Selenco Vega (Lima, 1971)...

15 de mayo
Geología de lo fantástico

Columnas

Geología de lo fantástico

  Con su primer libro, Un único desierto (1996), Enrique ...

07 de mayo
Tinta y sangre

Columnas

Tinta y sangre

  Cuando en 2024 se otorgó el Premio Nobel de Literatura ...

30 de abril

COMENTARIOS