Aldo Lorenzzi
Bolivia: crisis sin una luz al final del túnel
El caso boliviano tiene una lección directa para el Perú
Bolivia es un país andino que ha vivido un ciclo de socialismo puro y duro, y hasta ahora sigue pagando las consecuencias. Aún no puede salir de su crisis institucional y política, a pesar de que el régimen socialista de Evo Morales salió del poder hace ya mucho tiempo. Su mandato se caracterizó por la tiranía: intentó convencer a los bolivianos de que sus medidas los llevarían a buen puerto, pero lo que logró fue fracturar aún más un país que ya nació fracturado. Hoy, ese país se acerca peligrosamente a la categoría de estado fallido.
Si bien el MAS (partido de Evo Morales) gobernó hasta el año pasado, este movimiento político implosionó por la discordia entre sus líderes y dirigentes, lo cual agudizó la crisis del país. Por un momento pareció verse la luz al final del túnel con el nuevo gobierno de Rodrigo Paz, pero esa expectativa no tardó en desvanecerse.
Hoy Bolivia es nuevamente incendiada por los radicales seguidores de Morales, quienes han iniciado un proceso de destrucción sistemática del país a través de bloqueos masivos en las principales carreteras y un paro indefinido convocado por la Central Obrera Boliviana (COB). Estas medidas le están generando al gobierno una crisis institucional que lo debilita gravemente.
La situación se agrava con el aislamiento de ciudades como La Paz y El Alto, lo que desencadenará una crisis social, política y económica aún más profunda. Estados Unidos y Argentina han respaldado las decisiones del presidente Paz, pero ese apoyo externo no alcanza para sostener a un país que se encuentra al borde del colapso.
Lo más preocupante es que, durante todo su régimen, Morales logró instalar un núcleo duro del socialismo en la burocracia boliviana, y ese legado sigue pasando factura. El cambio de gobierno, como se ha visto, no es sinónimo de estabilidad.
El caso boliviano tiene una lección directa para el Perú. Nuestro país no ha colapsado económicamente, pero sí está profundamente polarizado, y poco a poco permitimos que el socialismo, aliado con ciertas facciones del progresismo, nos conduzca por el mismo camino.
El Perú cuenta hoy con una fortaleza macroeconómica y una moneda estable. Sin embargo, si llegara a instalarse un gobierno de extrema izquierda carente de toda lógica de buen manejo del Estado, si el Banco Central de Reserva perdiera su independencia, si se llegara a estatizar los recursos energéticos, concretar una asamblea constituyente, controlar las instituciones y espantar capitales mediante medidas populistas, el camino de Bolivia sería nuestro futuro.
Sería un desenlace grave para un país que tiene todas las condiciones para convertirse en una potencia regional: un mercado atractivo para la inversión formal, la que genera empleo y progreso genuino, pero también para el capital ilícito proveniente del narcotráfico, la trata de personas y la minería ilegal. Esa es precisamente la grieta por la que el socialismo avanza: donde el Estado no llega, llega el crimen; y donde el crimen llega, el socialismo encuentra su mejor argumento.
El socialismo del siglo XXI está perdiendo espacios en América Latina. Esperemos que los peruanos no tengamos que internarnos en ese túnel del que es casi imposible salir, como le está ocurriendo hoy a Bolivia. Aún estamos a tiempo.
















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