Berit Knudsen
Muchos candidatos, pocas alternativas
Las elecciones no repararán todo, pero determinarán lo administra
Durante el proceso electoral la inseguridad ha ocupado un espacio central, condicionando incluso las decisiones inmediatas. Pero la inseguridad no es un fenómeno aislado, es el síntoma de un sistema que no logra sostener trayectorias educativas, laborales e institucionales consistentes.
Las autoridades que se elijan este domingo –presidente, senadores y diputados– no solo ocuparán cargos, ellos diseñarán políticas y leyes, asignarán presupuestos y, además, seleccionarán a los equipos que definirán el rumbo del país. Por ello el tema no es únicamente político, es estructural: no se trata de quién lidera, sino de qué capacidades tiene el equipo de un partido político.
El problema se repite en círculos. Un sistema educativo que no asegura aprendizaje básico –comprensión, análisis, criterio–, forma ciudadanos con herramientas limitadas para enfrentar entornos exigentes. Esas limitaciones no se quedan en el aula. Entran en los hogares, debilitando la formación, confundiendo referentes. Al trasladarse al mercado laboral, se transforma en esa informalidad donde la urgencia reemplaza a la planificación. Se trabaja, sobrevive, pero difícilmente se construye capacidades.
Ese entorno alimenta la política. Partidos que no filtran o forman cuadros, presentan candidatos que reflejan lo que el sistema produce, no lo que el país necesita. No porque no existan mejores perfiles, sino por mecanismos de selección sin prioridades. De ahí emergen autoridades que tomarán decisiones complejas sin la formación o experiencia que los puestos exigen.
La baja capacidad de esas autoridades que gestionan el Estado genera un impacto transversal. Políticas educativas erráticas, estudiantes sin capacidad lectora o matemática. Comprensión del entorno limitada. Formación cívica, entendimiento del país, instituciones y reglas, diluida. Noción de valores, responsabilidad pública, pertenencia, debilitada. No por decisiones explícitas, sino por un sistema que no ordena prioridades.
Así, el circuito se cierra. Educación débil, formación limitada, inserción precaria, política de baja calidad. Y nuevamente, decisiones que afectan y debilitan al sistema educativo convertidas en patrón. Aquí interviene el magisterio, con profesores que no aprueban evaluaciones básicas.
En paralelo, la informalidad como rasgo de la capacidad adaptativa del país, sostiene una economía que amortigua la crisis, evitando el colapso. Pero reduce la presión para reformar el sistema, permite que el país funcione, sin mejorarlo.
En ese contexto, la inseguridad no es solo un problema de control. Expresa trayectorias interrumpidas, oportunidades no consolidadas, espacios donde el Estado no logra integrarse. Contenerla exige acciones urgentes e inmediatas. Reducirla exige algo más difícil: corregir el sistema que la produce.
Por eso, frente a esta elección, la pregunta no es quién encabeza una lista. El equipo importa. Las vicepresidencias importan. Los candidatos al Congreso importan. Porque esos perfiles luego definirán a los ministros, funcionarios y decisores. Convertirán el discurso en gestión.
No se trata de buscar candidatos perfectos o exigir soluciones inmediatas a problemas acumulados por décadas. Pero sí de introducir un criterio claro: capacidad. Capacidad para entender el Estado, para gestionarlo, para formar equipos, para sostener decisiones más allá de la coyuntura. Experiencia real. Trayectoria verificable. Criterio.
Tenemos una constitución y un sistema económico que ha servido como mecanismo de contención frente al caos político. Ese sistema ha sido defendido por los partidos democráticos y hoy solo tenemos dos opciones en medio de un mar de candidatos cuyas ideologías y ausencias programáticas solo harán daño al país.
Las elecciones no repararán todo en automático, pero determinarán quién lo administra. Y una mala administración nos llevará por la ruta del deterioro constante. Gobernar es decidir. Y esas decisiones empiezan con el voto.
















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