Julio Jesús Puescas
Uno es católico hasta en el voto
El Papa Pío XI calificó al comunismo marxista como "intrínsecamente perverso"
Existe un hábito cómodo, muy extendido en la cultura católica latinoamericana, que consiste en compartimentar la fe: la misa el domingo, la política el lunes, y nunca los dos en la misma conversación. Es un arreglo conveniente, pero teológicamente insostenible. La fe no es un traje de gala que se viste en ocasiones litúrgicas; es una cosmovisión que atraviesa toda la vida del creyente, incluida su participación en la vida pública. Y eso, en el Perú de 2026, con una segunda vuelta que coloca frente a frente dos visiones radicalmente distintas de sociedad, no puede ignorarse sin consecuencias.
Antes de hablar de elecciones, es necesario aclarar desde dónde habla la Iglesia cuando condena ciertas ideologías. El catolicismo no funda su doctrina en opiniones pastorales ni en preferencias políticas de turno. Su enseñanza se apoya en tres pilares inseparables: la Sagrada Escritura, la Sagrada Tradición y el Magisterio de la Iglesia, que son, en conjunto, el único depósito sagrado de la Palabra de Dios. Por ello, cuando un Papa o un Concilio condena una ideología, no emite una opinión: ejerce una función que la Iglesia entiende asistida por el Espíritu Santo. Ignorar esa enseñanza no es "ser más moderno", es desobedecer deliberadamente a la autoridad que el propio creyente reconoce como legítima cuando se llama católico.
Una de estas es el marxismo y sus derivados. En 1937 el Papa Pío XI publicó la encíclica Divini Redemptoris, en la que calificó al comunismo marxista como "intrínsecamente perverso" —término que en el lenguaje teológico significa que el problema no está sólo en sus resultados, sino en su propia raíz— y declaró que "no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, los que quieren salvar de la ruina a la civilización cristiana". Años después, en 1991, Juan Pablo II retomó y profundizó esa crítica en Centesimus Annus, explicando que el marxismo falla desde el inicio porque reduce al ser humano a lo material, niega su dimensión espiritual y ataca la propiedad privada, que la propia Iglesia reconoce como importante para la libertad y la dignidad de la persona. Como vemos, no se trata de críticas circunstanciales ni meramente políticas: tocan la antropología, es decir, la concepción misma del ser humano.
En América Latina, el tema tomó aún más fuerza con la llamada teología de la liberación. En 1984, la Congregación para la Doctrina de la Fe —presidida entonces por el cardenal Ratzinger con aprobación expresa de Juan Pablo II— publicó la Instrucción Libertatis Nuntius. El documento es preciso en su diagnóstico: ciertas corrientes de la teología de la liberación adoptan sin suficiente crítica el análisis marxista de la realidad, desfiguran el Evangelio, convierten a Cristo en símbolo de revolución política y subordinan la salvación eterna a la liberación temporal. Producto de tales incongruencias, la Iglesia declaró que la teología de la liberación vendría a ser un rechazo a las verdades definidas por la Iglesia, es decir, una negación práctica de la fe que constituye una herejía.
¿Por qué importa esto en las elecciones del 7 de junio? Porque Roberto Sánchez no es simplemente un candidato de izquierda moderada como él intenta revestirse. Es el candidato de Juntos por el Perú, partido cuyo ideario recoge postulados de izquierda que incluyen la revisión del régimen constitucional económico, la estatización de recursos naturales y una concepción del Estado que concentra poder en detrimento de la iniciativa privada y la subsidiariedad. Son, en sustancia, las mismas premisas marxistas que la Iglesia lleva casi un siglo calificando como incompatibles con la fe. Y es que por más que Sánchez pueda presentarse en misa, persignarse en cámara y declararse "católico", la coherencia entre fe y voto no se mide por el gesto, sino por la arquitectura ideológica del proyecto que se apoya.
Nada de esto equivale a decir que el catolicismo impone votar por un candidato en concreto ni que Keiko Fujimori sea un modelo de virtud cristiana. La Iglesia no es un partido y el voto es un acto de conciencia personal. Pero una conciencia católica formada no puede desentenderse de lo que el Magisterio ha enseñado con autoridad, repetidamente y desde las más altas instancias de la Iglesia. El fiel que elige ignorar esa enseñanza no ejerce su autonomía intelectual; asume una responsabilidad moral que tiene nombre en la teología moral: cooperación formal con el error. El llamado es sencillo: antes de votar, infórmese. Lea Divini Redemptoris, lea Centesimus Annus, lea Libertatis Nuntius. Son documentos de acceso libre, escritos con claridad y con una coherencia intelectual que pocas fuentes políticas pueden igualar. La Iglesia ya dejó clara su postura. Ahora le toca a usted, estimado lector, decidir si la escucha.
















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