La admisión a trámite, por parte del Tribunal de Justici...
El arándano se ha convertido en una de las expresiones más exitosas de la transformación productiva que ha experimentado el Perú en las últimas décadas. Su importancia no radica únicamente en el valor de sus exportaciones, sino también en su capacidad para crear empleo formal y, especialmente, para incorporar a miles de mujeres al mercado laboral. En 2025 las agroexportaciones superaron los US$ 15,000 millones, crecieron 18.3% respecto del año anterior y acumularon trece años consecutivos de expansión. Según el CIEN-ADEX, el sector generó más de dos millones de puestos de trabajo directos e indirectos. Dentro de ese resultado, el arándano volvió a destacar: el Perú terminó el año como primer exportador mundial por sexto año consecutivo, con 373,514 toneladas comercializadas y US$ 2,457 millones en exportaciones.
Sin embargo, el verdadero impacto del arándano se encuentra en el empleo que ha generado en las regiones agrícolas. Durante la campaña 2022/2023, Proarándanos registró cerca de 140,000 puestos de trabajo directos, 14.26% más que en la campaña anterior, además de unos 250,000 empleos indirectos vinculados al transporte, el empaque, los insumos y la logística. Pero existe un dato que debería ocupar un lugar central en cualquier discusión sobre desarrollo económico: el 59% de los empleos directos, equivalente a 79,822 puestos de trabajo, fue ocupado por mujeres. En el empleo indirecto, más de la mitad de los trabajadores también fueron mujeres.
Este fenómeno demuestra que la agroexportación no solo genera puestos de trabajo, sino que está modificando la estructura social y económica de numerosas regiones. Las características de la producción de arándanos explican, en parte, esta elevada participación femenina. Las labores de cosecha, selección, clasificación y control de calidad requieren precisión y atención al detalle, actividades en las que las mujeres han adquirido una participación particularmente significativa. Así, un cultivo orientado a los mercados internacionales se ha convertido también en una puerta de entrada al empleo formal para miles de trabajadoras rurales.
Las consecuencias trascienden el ámbito estrictamente laboral. El empleo formal permite acceder a seguro de salud, aportes previsionales, licencias y otros beneficios que difícilmente están disponibles en economías rurales dominadas por la informalidad. En lugares donde durante décadas predominaron la agricultura de subsistencia y los empleos precarios, la agroindustria ha generado ingresos más estables y ha dinamizado el consumo, la educación, la vivienda y los servicios. Ciudades y valles como Virú y Chepén son ejemplos de cómo una actividad exportadora puede irradiar sus beneficios hacia el conjunto de la economía local.
El éxito del arándano también demuestra la importancia de la integración del Perú con los mercados internacionales. El país produce principalmente entre agosto y diciembre, cuando la oferta del hemisferio norte disminuye. Esta ventana comercial concentra alrededor del 85% de los envíos anuales y permite aprovechar una demanda internacional que tiene a Estados Unidos como principal destino. La combinación de inversión, tecnología, conocimiento agrícola y acceso a mercados explica un liderazgo que parecía difícil de imaginar hace apenas algunos años.
Pero el éxito alcanzado no debería llevar a la complacencia. Si el arándano ha conseguido convertirse en una potencia exportadora utilizando apenas una pequeña fracción del potencial agrícola nacional, la pregunta inevitable es cuánto más podría crecer el Perú si resuelve sus principales restricciones de infraestructura. Actualmente, las agroexportaciones ocupan alrededor de 250,000 hectáreas, apenas el 5% de la superficie agrícola nacional, mientras que la costa peruana tiene capacidad potencial para superar el millón de hectáreas cultivables.
En este contexto, la cartera de catorce proyectos de irrigación presentada por ProInversión constituye una oportunidad estratégica. Estas iniciativas permitirían incorporar y mejorar aproximadamente 1.3 millones de hectáreas agrícolas, generar cerca de 2 millones de empleos y añadir alrededor de US$ 25,000 millones en exportaciones agroindustriales durante los próximos años. La lógica es evidente: más agua significa más tierras productivas; más tierras productivas significan más inversión; y más inversión significa más empleo formal. Para miles de mujeres, especialmente en las zonas rurales, ello podría representar nuevas oportunidades de incorporación al mercado laboral.
Naturalmente, ampliar la frontera agrícola no basta. Es indispensable mantener un marco que incentive la inversión privada y facilite la incorporación de pequeños productores a las cadenas modernas de valor. En esa dirección, la Ley N.° 32434 establece incentivos como tasas diferenciadas del Impuesto a la Renta según la escala productiva, el reintegro del IGV para pequeños agricultores, la depreciación acelerada de activos y una deducción adicional del 25% para compras a pequeños productores o cooperativas inscritas.
El desafío del Perú consiste, entonces, en no detener la transformación que ya comenzó. El arándano demuestra que el país puede competir globalmente, generar divisas y crear cientos de miles de empleos formales, con una participación particularmente importante de las mujeres. La tarea del Estado debería ser ampliar las condiciones que hicieron posible ese éxito: agua, infraestructura, seguridad jurídica, inversión y acceso a mercados. Si el Perú consigue hacerlo, la revolución agroexportadora todavía puede estar en sus primeras etapas.
















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