LA COLUMNA DEL DIRECTOR >
¡Se busca la leal oposición al gobierno de Keiko!
Una fiscalización que afirme el Estado de derecho y la reducción de pobreza
En el desarrollo de la monarquía constitucional inglesa, durante el siglo XVIII, nació el concepto y la tradición de “La Oposición Leal a su Majestad”; o simplemente, la leal oposición. Una calificación que se otorgaba al partido que alcanzaba la segunda mayoría en las cámaras y que no formaba parte del gobierno. Si bien en el Perú no existe nada parecido a un sistema de partidos o algo que se acerca al bipartidismo –tal como sucede en el régimen constitucional del Reino Unido– el concepto de leal oposición sirve demasiado para intentar cambiar el curso de la política y superar la polarización que ha envenenado a la república.
En las tradiciones de la leal oposición británica, por ejemplo, el partido opositor conforma un gabinete en la sombra; es decir, se designa a miembros de la oposición la tarea de fiscalizar cada uno de los ministerios. ¿Qué significa una disposición política de este tipo? Que la oposición en el Congreso se organiza alrededor de la gobernabilidad y, por ejemplo, en el caso del Perú, en la urgencia de dotar de agua potable a 3.5 millones de peruanos, que carecen de este servicio pese a la enorme riqueza nacional que aporta el sector privado al Estado y se malgasta en los gobiernos subnacionales.
Una oposición que desde el primer día que se instale el Legislativo debería estar exigiendo que el Ejecutivo y el Legislativo se movilicen para enfrentar las consecuencias del fenómeno de El Niño y aplicar medidas de emergencia para contener la ola criminal en el país.
Luego de las elecciones en el Perú no hay nada parecido a un liderazgo opositor con credenciales democráticas ni por el lado de la izquierda, ni por la derecha ni por el autoproclamado centro. Rafael López Aliaga se prepara para candidatear a las municipales ratificando su visión de la política que se resume en que la política es el candidato. Jorge Nieto sorprende a sus electores en las clases medias, pretendiendo robarle votos a la izquierda radical con su propuesta de indultar a Pedro Castillo, como si la campaña electoral continuara. Y Roberto Sánchez, con una ingenuidad que sorprende, pretende incendiar el país denunciando un fraude inexistente, no obstante que ya se distanció de la mitad de los electores que votaron por él.
No hay, pues, nada que asemeje a los grandes gestos de los políticos que escriben la historia que las generaciones recuerdan. Ninguno de ellos pretende echarle una mirada a la Historia, todo es el presente y la ganancia de la semana.
No me cabe la menor duda de que si Alan García estuviese vivo, por sus lecturas, tradiciones y escuela política, ya habría marcado la cancha de la oposición y la política en los próximos cinco años. Más allá del atrevimiento, me imagino que el ausente líder aprista se habría dirigido al país señalando que apoyará al nuevo gobierno en todo lo que favorezca a la ciudadanía y habría exigido sacar adelante todas las inversiones mineras y de agroexportación al lado de un plan de emergencia para dotar de agua potable a 3.5 millones de peruanos en menos de un año. Igualmente habría señalado que el Perú debe crecer sobre el 6% anual por los altos precios de los minerales y debe arrinconar la pobreza en una década. No solo habría rayado la cancha, sino que habría puesto metas y objetivos.
Y la ventaja de los grandes líderes de la oposición de la historia es que cuando los gobiernos son exitosos suelen ganar las siguientes elecciones, ratificando la alternancia en la democracia. Y cuando fracasan, igualmente, alcanzan la victoria electoral por la lealtad que han demostrado con el Estado de derecho y el pueblo.
Estas reflexiones no valen para una sociedad y para políticos envenenados por la polarización.
















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