Carlos Adrianzén
Belaúnde versus Velasco
Errores económicos justificados ideológicamente y mantenidos durante demasiado tiempo
Este artículo parte con una advertencia. Probablemente será una lectura incómoda para muchos. No es la intención provocar incomodidad, pero tampoco existe razón para lamentarla.
Nos ocuparemos de un periodo de largo declive de la economía peruana, entre 1965 y 1990. En esta historia aparecen dos protagonistas: Belaúnde Terry y Velasco Alvarado. Ambos fueron responsables políticos de una época que terminó empobreciendo a millones de peruanos. Sin embargo, conviene adelantar una conclusión que algunos encontrarán incómoda: cuando el criterio de evaluación es la defensa del bienestar de las mayorías, uno de ellos fue mejor gobernante que el otro.
El análisis gira alrededor de cuatro interrogantes. La primera pregunta es: ¿cuándo se desinfló el Perú? La segunda: ¿cómo se desestabilizó de manera tan profunda? La tercera: ¿cuándo se empobreció masivamente la población? Y la cuarta, como consecuencia lógica de las anteriores: ¿cuándo se fregó el país?
Responder estas preguntas permite comprender cómo llegamos a fines de los años noventa con un retraso económico cuyas consecuencias se extenderían durante décadas.
La economía de nuestra historia
Cuando observamos la trayectoria de la República emergen algunos patrones recurrentes. Dictadores y seudodemócratas, caudillos de distintos estilos y discursos, aparecen una y otra vez defendiendo variantes de las mismas ideas socialistas y mercantilistas. Como habría dicho Tomasi di Lampedusa, parecía que todo cambiaba para que nada cambiara.
Tras la retirada de la burocracia española, el deterioro institucional interno, el episodio del guano, un breve periodo de expansión económica (mal llamado “auge falaz”) y posteriormente una guerra cuyos ganadores terminaron siendo los británicos, el Perú llegó a mediados del siglo XX sin avances en términos de desarrollo relativo. Entre 1821 y 1960, nuestro producto por habitante en relación con el de Estados Unidos se mantuvo prácticamente estancado. Durante esos 140 años perdió apenas alrededor de 5% de su valor relativo, aunque en términos absolutos el producto por persona en dólares constantes logró multiplicarse aproximadamente por cuatro. Sin embargo, la verdadera complejidad aparece a partir de la década de 1960.
Los gobernantes durante las tres décadas siguientes –Belaúnde Terry, Velasco Alvarado, Morales Bermúdez y García Pérez– conformaron un periodo particularmente opaco. Más allá de sus virtudes, trayectorias o prontuarios individuales, ninguno fue capaz de inducir un crecimiento elevado y sostenido. Peor aún, ni siquiera preservaron los modestos niveles de desarrollo relativo acumulados hasta entonces. En apenas treinta años el producto por habitante del Perú, respecto al estadounidense, se derrumbó aproximadamente en 8.5%. Detrás de esa cifra se olvidan a millones de peruanos dañados.
El mérito de la CEPAL y el expansionismo cubano
Aquí conviene abandonar las narrativas para concentrarnos en los hechos. Las ideas que condujeron al Perú por esta senda no fueron originales, ni autóctonas. Fueron ideas importadas, difundidas, financiadas e impuestas desde diversos centros de influencia ideológica. Un ejemplo simbólico ayuda a ilustrarlo. José Gabriel de Condorcanqui, el gran burgués español en el virreinato del Perú, fue presentado como una suerte de revolucionario comunista, acompañado de una iconografía construida.
Como ocurrió en numerosos países iberoamericanos –Chile, Venezuela o México, por ejemplo–, los operadores cubanos encontraron servidores silentes e incondicionales. En la escena del poder peruano en cambio, los dos protagonistas fueron un arquitecto elegante y sensible, poco preparado para los asuntos de la gestión económica, y el poco leal jefe militar de su casa de gobierno, menos preparado aún, aunque considerablemente más ambicioso.
En medio de esta bipolaridad, la narrativa premió o castigó a cada uno según su grado de alineamiento con la receta cepalina-cubanoide promovida desde universidades, organismos multilaterales y cuarteles. Más burocracia y menos mercado. En ese contexto, la lógica totalitaria que terminó imponiéndose cuadraba con una frase atribuida al colombiano Pablo Escobar: plata o bala.
Las cuatro preguntas
Pero como sucede usualmente, con el paso del tiempo, el humo ideológico termina disipándose. Los datos hablan ya con claridad. El Perú como plaza se desinfló.

El primer gráfico muestra el momento en que la economía peruana pierde dinamismo de manera persistente. Bajo una sucesión de dictaduras y seudo democracias fueron consolidándose desequilibrios fiscales y monetarios cada vez mayores. Las expropiaciones, el populismo, el avasallamiento de las instituciones económicas y el progresivo sometimiento de la gobernanza estatal generaron un entorno incompatible con el crecimiento sostenido. La principal lección del primer gráfico es sencilla: cuando se debilitan simultáneamente los derechos de propiedad, la disciplina fiscal y la estabilidad monetaria, el crecimiento económico deja de ser posible.
La desaceleración pues no fue un accidente. Fue un objetivo. La consecuencia lógica de un esquema político sistemáticamente hostil a la inversión y a la productividad.

La segunda figura muestra que el estancamiento no vino solo. Fue acompañado de una creciente inestabilidad macro. La obsesión compartida por varios gobiernos con el control artificial del tipo de cambio, los controles generalizados de precios y la visión extractivista de la economía terminaron produciendo distorsiones acumulativas y enormes. Ya a comienzos del primer gobierno de Fujimori Fujimori, el Perú enfrentaba una de las peores estanflaciones registradas en la historia contemporánea, mientras una organización terrorista maoísta amenazaba incluso con la toma de Lima.
La gran lección del segundo gráfico es que la manipulación política de los precios termina inevitablemente destruyendo la estabilidad que pretende preservar. Lo que comenzó como intervencionismo terminó transformándose en caos económico. Y esto tuvo consecuencias.

La tercera figura muestra el resultado social inevitable. La pobreza se expandió a niveles extraordinarios. Muchos peruanos prefieren no recordar aquel periodo. Sin embargo, la evidencia resulta contundente. Desde el año 2001, pocas variables muestran una asociación estadística tan fuerte con la reducción de la pobreza como el crecimiento sostenido del producto real por habitante. Cuando los errores de política se consolidaron institucionalmente y fueron reforzados por cambios de reglas de juego y por los efectos derivados de la espuria Constitución de 1979, el país retrocedió hacia niveles de precariedad comparables a los observados tras la Guerra del Pacífico.
Esta observación es probablemente la más importante: no existe política social capaz de reemplazar al crecimiento económico alto y persistente como mecanismo de reducción de la pobreza. Por ello, este gráfico resulta particularmente incómodo para quienes idealizan la experiencia militar de los años setenta. Fue un experimento socialista-mercantilista generador de mayor desigualdad. Los datos dejan poco espacio para interpretaciones complacientes. El nuevo patrón burócrata comió de su pobreza.

Tras décadas de deterioro institucional, pérdida de estabilidad y empobrecimiento creciente, el resultado final aparece casi como una consecuencia inevitable. El Perú terminó profundamente debilitado económica y socialmente. Zavalita, el personaje de Vargas Llosa que se preguntaba cuándo se había jodido el Perú, encuentra aquí una respuesta empírica.
La lección central del cuarto gráfico es que el declive nacional dibuja el resultado acumulado de errores persistentes, justificados ideológicamente y mantenidos durante demasiado tiempo. Salvo que algún afiebrado sostenga que semejante deterioro constituye una forma de bienestar, la conclusión parece evidente.
La comparación ofrecida
Reconociendo las limitaciones de liderazgo, la confusión conceptual y las debilidades de todos los gobiernos del periodo, también corresponde distinguir responsabilidades. Las ideas políticas que produjeron el desastre no nacieron en el Perú. Fueron importadas. Sin embargo, quienes las ejecutaron sí fueron peruanos. Como a lo largo de buena parte de nuestra historia republicana, no faltaron funcionarios, intelectuales, propagandistas y mercaderes dispuestos a justificar los abusos del poder a cambio de cuotas de influencia.
Pero entre Belaúnde Terry y Velasco Alvarado existe una diferencia sustancial. Belaúnde lideró e inició el proceso. Velasco lo continuó obedientemente, quizás inconscientemente. Como Leoni en Venezuela, Belaúnde reaccionó ante determinadas exigencias ideológicas; Velasco fue incapaz. Por las razones que fueran, el régimen militar adoptó la receta promovida por los operadores cepalinos y cubanos.
Precisamente por haber mostrado resistencia frente a algunas de esas presiones, aun en estos días, ciertos sectores historiográficos y políticos procuran desdibujar la figura de Belaúnde. Sin embargo, la diferencia central entre ambos radica allí. Cuando la moda dominante exigía profundizar los abusos, Belaúnde todavía conservó espacios de contención. Velasco, en cambio, avanzó hacia el estropicio. Y esa diferencia, a la luz de los enormes daños sociales registrados, es enorme.
Esa diferencia no es marginal. Es la diferencia entre contener parcialmente un error y convertirlo en una catástrofe nacional.
Hoy la comparación entre regímenes –que compartieron la receta– resulta más relevante que nunca. Aunque ambos desinflaron, desestabilizaron, empobrecieron y subdesarrollaron significativamente a la nación, Belaúnde hizo gala de una dignidad que resulta escasa en nuestra historia reciente.
















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