Carlos Hakansson

La democracia es la técnica, la libertad es el fin

Defender la institucionalidad nos exige recordar su real función para la vida política

La democracia es la técnica, la libertad es el fin
Carlos Hakansson
03 de noviembre del 2026

 

En el debate político se comete el error de pensar que la democracia es el fin supremo de la sociedad. No lo es. La democracia es, antes que todo, una técnica al servicio de una causa superior: preservar la libertad humana en la Polis. Si la libertad es el fin de una comunidad democrática, la sustancia y el propósito de la vida en comunidad, la democracia es el instrumento o técnica para protegerla.

A diferencia del autoritarismo o el colectivismo, la democracia es el único sistema que permite la plena realización de los derechos humanos. Pero la democracia exige unos pilares fundamentales: libre participación, comicios transparentes y alternancia en el poder. A partir de ellos surge un límite ético y político: quien gana una elección asume el compromiso de respetar las reglas del juego. Ganar en las urnas otorga legitimidad para gobernar, nunca un poder absoluto para destruir la institucionalidad que hizo posible la victoria.

Cuando un gobierno electo en comicios libres realiza actos para subordinar las instituciones en favor de un proyecto ajeno al contenido de nuestra Norma Fundamental, el artículo 43 de la Constitución de 1993 establece de forma categórica que la República del Perú es democrática, social, independiente y soberana, bajo organización de la separación de poderes. Frente al contenido de esta disposición, resulta necesario desmontar el fraude de todo populismo: la pretensión de convocar a los ciudadanos a un referéndum para consultar la necesidad de una asamblea constituyente y refundar el Estado bajo nuevas reglas de juego; al respecto, podemos decir que ninguna disposición de la Carta Magna faculta al Poder Ejecutivo, a ninguna mayoría parlamentaria circunstancial o colectivo ciudadano, para declarar un momento constituyente.La pretensión de instrumentalizar las urnas para vulnerar la constitucionalidad no es un ejercicio de democracia directa; es un fraude a la Constitución que afecta su naturaleza política y jurídica para establecer un nuevo orden y, por lo general, distante al respeto de las libertades.

Defender la institucionalidad democrática nos exige recordar su real función para la vida política. Se debe tener presente que la democracia es la herramienta más eficaz que la cultura Occidental ha diseñado, implementado y que es perfectible con el paso del tiempo; pero solo conservará su finalidad en la medida que cumpla su función de garantizar la libertad de los ciudadanos frente a los excesos del ejercicio del poder político. Desde este punto de vista, cualquier régimen autoritario o autoritarismo eficiente (seguridad, salud, educación, por ejemplo) levanta una peligrosa bandera antipolítica que pondrá en riesgo a cualquier comunidad humana.

 

Carlos Hakansson
03 de noviembre del 2026

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