Carlos Adrianzén
Churchill tenía razón
Decía que no hay triunfo definitivo ni derrota fatal
Este domingo se daría la primera vuelta de las Elecciones Generales 2026. Esta vez, en medio de un huayco de encuestas y simulacros, se elegirá a los dos candidatos presidenciales que irán a una segunda elección; y paralelamente se seleccionará a muchos miles que recibirán puestos asalariados. Desde senadores a regidores de alcaldías casi subterráneas. Todos con tratamientos especiales y privilegios incluidos.
Pocos días después –en una segunda vuelta– se elegirá la plancha presidencial definitiva que, accidentes de por medio, deberá consensuar con un congreso bicameral, multicolor, emotivo y mutante desde el punto de vista ideológico. Ellos tendrán que operar bajo un ambiente económico mucho más deteriorado de lo que les dicen –y en apariencia ellos mismos parecen creer hoy– y también bajo un transfuguismo volátil entre centro izquierdistas y radicales.
Enfocando sus esencias ideológicas, no su retórica, hablamos de que enfrentarán un transfuguismo estrecho. Muy probablemente oscilante entre mercantilismo-socialista o socialismo-mercantilista. Ergo, sin esperanza de un salto económico positivo y significativo. En este ambiente, la numerología improvisada resultará clave para el o la próxima presidente.
Les recuerdo, se elegirá –con suerte y asumiendo un mayor número de personeros y mejor supervisión en mesa de por medio– una plancha presidencial, con presidente y dos vicepresidentes incluidos, ante cualquier accidente usual. Además, ingresará una masa enorme de funcionarios públicos dizque electos. Esta masa va desde sesenta congresistas dizque reflexivos –a ser llamados senadores–; ciento treintaicinco parlamentarios supuestamente menos reflexivos –a ser llamados diputados–; cinco viajeros distantes e itinerantes -llamados parlamentarios andinos-; y nótese bien, a más de 13,000 autoridades (con sus respectivas variantes de mini planchas y mini congresistas), entre gobernadores,vicegobernadores, consejeros regionales, alcaldes y regidores provinciales y distritales.
Me refiero pues a miles de dictadorzuelos regionales y locales (con sus respectivas y no despreciables cuotas de poder), a los que -vacancias expresas de lado- desde la poderosa burocracia limeña se les subestima llamándoles subnacionales.
Solo Dios sabe cuántos de ellos tienen capacidades y trayectorias destacables, o siquiera cercanamente afines con los requisitos del puesto. Roguemos que desde el instante en el que asuman su puesto, no configuren ya un caso flagrante de corrupción ex ante. Simplemente por la causal incapacidad profesional.
Recordemos. La historia reciente de nuestro país no nos sonríe en esta dirección. En los últimos diez años se ha hecho mucho más evidente que hoy nos empobrecemos por un rampante deterioro en nuestra gobernanza estatal. Los elegidos que alcancen el poder enfrentarán esto. Y, lo enfrentan (limpian y ordenan la burocracia peruana), o pagarán las consecuencias.
Fuera de que resulta justificado que usted, estimado lector de El Montonero y posible elector, ya haya perdido la confianza de que su candidato pueda cumplir con una porción decorosa de lo que le ha ofrecido. Y frente esta inmensa masa de burócratas endeudados por la campaña, no le queda más que elegir bien… y soportar lo que venga.
Dejando de lado la anestesia retórica, si es marxista -sea consciente o inconscientemente (la abrumadora mayoría de latinoamericanos)- y sostiene que la pobreza es buena y la corrupción burocrática es siempre privada, no se preocupe. Sus emociones le importan. Aunque pronto tendrá un amargo despertar. Sí, como los cubanos, venezolanos o bolivianos.
Si usted no piensa que los trabajadores peruanos son alienados, ergo seres inhumanos, entonces -abrazado a la quimera de que esta vez elijamos bien- les ofrezco un simplificado criterio de elección. En todos los casos (presidente, regidor, senador, vicepresidente, diputado, alcalde, o parlamentario andino) vote bien.
¿Cómo votar bien?
Aquí la interrogante es sencillísima de resolver. ¿Basta con que se pregunte si su preferida o preferida alguna vez ha sido capaz de atraer inversiones al país, su región o su ciudad? O siquiera, da alguna señal consistente de que podría hacerlo.
Si usted piensa que la pregunta es muy compleja y/o que lo pueden tontear con facilidad, le recuerdo que la pregunta de marras tiene otra forma de ser presentada. El candidato que usted está evaluando ¿es agresivo? ¿le cuenta que no somos pobres y que basta con robarle a los ricos? O ¿comienza a palabrear, se presenta como un meme o cuenta chistes buenísimos en medio de su desconcierto y el de él mismo? En todos estos casos evítelo. Es bacán, pero que deje de sulfurarse, y mándelo para la próxima elección. Y que en esa vez se eduque mejor.
¿Cuándo se vota bien?
Aquí también la pregunta es sencillísima de resolver. En el Perú, existe hoy casi un tercio de peruanos y migrantes bajo la línea de pobreza. Y es que crecemos muy poco. Estamos estancados, aunque repetimos todo lo contrario.
Basta con comprender –no creer a ciegas– lo que nos pasa. Asociaciones sencillas y longevas. (Gráficos I, II y III).
- Aquí, en el lapso post 2011, la tasa de inversión explica nuestro producto por persona; y éste resulta la variable impajaritablemente asociada con nuestra tasa de incidencia de pobreza. Tanto a nivel nacional, regional y departamental. La figura I muestra implacablemente la asociación a nivel agregado. Recuerde, la nueva inversión beneficia a los más pobres. No siempre a los ricos. Que los afiebrados activistas de izquierda le hayan hecho creer todo lo contrario no cambia nada. La data mata al floro.

- Asimismo, parece que ese mito de los asesores de izquierda en los tiempos de Humala o Castillo, eso de que algunos desde el gobierno nacional, regional o local roban, pero hacen obra (como Castro, Chávez o Maduro), no es muy cierto. A mayor corrupción burocrática, mayor pobreza. Ellos roban nomás.

- El analíticamente vergonzoso panfleto del uruguayo Galeano -“La Venas Abiertas de América Latina (1971)- ha calado en la idiosincrasia de masas de compatriotas. Se han tragado crudo eso de que somos un país rico (una falsedad de escala planetaria) y que la Inversión extranjera llega para saquearnos. La metáfora del charrúa fue en su momento pura moda, bien pagada, superficial y frívola. Pero luego -como en muchas ondas ideológicas- se convirtió en una maldición. Y es que la inversión extranjera directa resulta emblemática. Incluso las inversiones propias se ubican donde y cuando ella llega. Y esto es así, tanto porque trae recursos y tecnologías, cuanto porque -para alcanzar niveles significativos- requiere una institucionalidad limpia. De allí la ojeriza con inversiones foráneas de mercado. La izquierda necesita pobres. Para ellos, flujos altos de inversión extranjera directa implican un veneno que no pueden soportar.

La clave es la tasa de inversión de privados. Extranjera, mejor. Punto.
Y eso es todo, queridos electores
En sencillo. Vote por quien pueda captar enormes flujos de inversión extranjera. Esto produce una enorme reducción de la pobreza y requiere limpieza y orden. Y minimiza la corrupción de los burócratas. En este plano, la data peruana reciente muerde.
Si eso a usted no le interesa –como les pasó a los cubanos, venezolanos o bolivianos hace poco–, ni le interese la desgracia que implica para nuestra población más pobre… no se queje. A limpiar baños en Madrid o Barcelona. Con suerte.
Pero tampoco olvide que estas elecciones pasan. La brega ciudadana por un Perú mejor no acabará pronto. Churchill tenía razón.
















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