Carlos Adrianzén
Las raíces políticas de la pobreza
¿Por qué la tasa de inversión privada es menor en las naciones pobres?
Nunca lo olvide: las discusiones políticas suelen ser engañosas. En el Perú actual, por ejemplo, se difunde la idea de que somos ricos cuando en realidad somos muy pobres; o la idea de que existe una disyuntiva inevitable entre la reducción de la pobreza (crecimiento del producto por persona) y la desigualdad (participación de los más pobres en la renta). Ambas creencias son falsas.
Hoy, comparativamente, fluctuamos en torno a la mitad del producto por persona chileno posterior a los gobiernos socialistas, mientras apenas alcanzamos el 8% del producto por persona de un estadounidense. A pesar de esto se machaca que somos tan ricos que nuestro problema económico central es la redistribución de la riqueza. Además, cada vez que el crecimiento es significativo, disminuyen tanto la pobreza como la desigualdad. Es decir, ambas se reducen cuando logramos captar más inversión privada y extranjera. Sin embargo, los discursos políticos locales insisten en todo lo contrario, y esa narrativa termina impregnando el ideario popular y electoral.
Pero la mentira en estos lisos no es solo local, también es global. Usando la Base de Indicadores de Desarrollo del Banco Mundial, se observa que el planeta ya no crece económicamente como en décadas pasadas. Si se eliminan los efectos de la pandemia y se emplean tasas promedio quinquenales, se constata que, desde inicios del milenio hasta hoy, el crecimiento anual es casi un punto porcentual menor.
Por un lado, la muestra de países de altos ingresos apenas crece al 0.4% anual, mientras que, por otro, los de bajos ingresos lo hacen al 2.8%. Este patrón revela un escenario de divergencia y estancamiento relativo, con espacios nacionales claramente diferenciados (ver Figura 1).

Asimismo, debemos destacar que el grado de corrupción y debilidad institucional es alto en los países pobres, promedio y ricos, y se relaciona directamente con los índices de libertad económica y política. Aquí la retórica y las etiquetas ideológicas resultan irrelevantes: se es de izquierda o derecha según lo indiquen las cifras, los índices de opresión o libertad. La evidencia desarma discursos, porque —como suele decirse— la data mata el relato.
Aquí vale enfocar un detalle no marginal. Las naciones pobres (esas cuyo producto por persona es tan bajo que casi no se percibe en la figura) siempre optan por o toleran dictaduras socialistas. Lo de menos resulta si su retórica es de derecha o de izquierda. Las naciones promedio no terminan de escapar de la opresión; y entre las naciones de ingresos altos, siempre existen debacles individuales (como las que hoy vemos en unas pocas naciones europeas). Pero toman su tiempo… y aquí solamente estamos graficando promedios (algunas plazas emergen, otras se caen. Eso sí, los tres espacios siempre resultan políticamente forjados.
Otro mito globalmente aceptado es el de las naciones que se autodenominan abiertas y de mercado sin serlo. El caso peruano es emblemático dentro de esta muestra (ver Figura 2). Niveles de apertura superiores al 100% o 200% no reflejan solo coyunturas externas favorables, sino décadas de instituciones con alta libertad económica y política, como en los países nórdicos.

Surge entonces la pregunta: ¿por qué la tasa de inversión privada es consistentemente menor en las naciones pobres y rezagadas? La respuesta está en la recurrencia de estrategias extractivas en América Latina (ver Figura 3).

Por ejemplo y por largos periodos, Brasil, México, Argentina y Perú han sido incapaces de interiorizar instituciones capitalistas que permitan una sustitución de exportaciones al estilo de los tigres asiáticos. En fases de auge exportador, la inversión privada se disocia, mientras que en episodios inclusivos de otras regiones se expande.
De allí que caigamos recurrentemente en políticas sectoriales —industrialización, desarrollo agrario, programas públicos— que nunca funcionan. La evidencia global muestra que la clave está en una tasa de inversión alta y estable (ver Figura 4). Esta no se alcanza con estímulos estatales, ayudas externas ni favores políticos, sino con instituciones que posibiliten mercados competitivos y libres.

Cuanto menor sea el peso de la corrupción burocrática y la demagogia política, más sólido y estable será el crecimiento económico. En consecuencia, mayor será el desarrollo de un país. Sin embargo, conviene recordar que en las naciones subdesarrolladas gran parte de las discusiones políticas cotidianas son engañosas. Basta revisar la interminable lista de programas de desarrollo anunciados para los primeros 100 días de cada gobierno: consensuados, incluso aclamados, pero siempre fracasados. Todos ellos se sustentan en promesas políticas falsas, económicamente erradas, aunque profundamente arraigadas.
El primer gráfico ilustra con claridad la dirección y el espacio político hacia dónde se orientan las sociedades. No existen caminos paralelos: hacia arriba se encuentra el mundo del esfuerzo continuo y difícil, propio de las naciones de altos ingresos; hacia abajo, un espacio estrecho y empobrecido, característico de las naciones de bajos ingresos. Estrecho y propio. Ni ancho, ni ajeno.















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