Mariana de los Ríos
Conversaciones con el enemigo: culpa y manipulación
Reseña de la película “Nuremberg”, que reconstruye el juicio a los líderes del nazismo
La película Nuremberg (2025), escrita y dirigida por James Vanderbilt (Connecticut, 1975), aborda uno de los episodios más decisivos del siglo XX: el juicio a los principales líderes del régimen nazi tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Basada en el libro de no ficción The Nazi and the Psychiatrist (2013) de Jack El-Hai, la película se sitúa en el momento en que el mundo intenta definir cómo juzgar crímenes que hasta entonces no tenían precedentes jurídicos. Vanderbilt convierte ese proceso en un drama histórico de gran escala que examina el nacimiento del concepto de “crímenes contra la humanidad” y su impacto en la idea moderna de justicia internacional.
La historia se sitúa en 1945, cuando las potencias aliadas deciden juzgar a los jerarcas nazis en la ciudad alemana de Núremberg. El relato sigue dos ejes principales. Por un lado está el juez estadounidense Robert H. Jackson, encargado de construir el caso legal que permitirá juzgar a los responsables del Holocausto y de la maquinaria de guerra nazi. Por otro lado, la película desarrolla la relación entre el psiquiatra militar Douglas M. Kelley –interpretado por el conocido actor Rami Malek (California, 1981) y Hermann Göring –el tambien reconocido actor Russell Crowe (Nueva Zelanda, 1964)–, el dirigente nazi de mayor rango capturado con vida, cuya evaluación psicológica resulta clave para determinar si puede ser sometido a juicio.
Kelley llega a Alemania con la misión de analizar la salud mental de los prisioneros. Su tarea es aparentemente técnica: asegurarse de que los acusados estén en condiciones de enfrentar el proceso judicial. Sin embargo, el contacto directo con Göring lo arrastra hacia un territorio ambiguo. El psiquiatra quiere entender la mente de los responsables de una de las mayores atrocidades de la historia, pero también intuye que esa experiencia puede convertirlo en protagonista de su propio relato histórico. Su relación con el jerarca nazi se vuelve entonces un extraño duelo intelectual.
Göring aparece como un manipulador brillante, consciente de que incluso derrotado conserva una poderosa capacidad de persuasión. En las conversaciones con Kelley alterna confesiones, provocaciones y bromas irónicas, intentando controlar la narrativa de su propia caída. En este terreno, Nuremberg encuentra algunos de sus momentos más interesantes. Russell Crowe compone a Göring con una mezcla inquietante de carisma y brutalidad. Su interpretación evita convertirlo en un villano unidimensional. Rami Malek, por su parte, interpreta a Kelley con fascinación, ambición y desconcierto moral. Gran parte de su actuación se apoya en la observación silenciosa: escucha, duda y reacciona ante el espectáculo del juicio y las palabras del acusado.
La película también destaca cuando describe el clima político de la época. Vanderbilt recuerda que, tras la guerra, muchos consideraban más sencillo ejecutar a los líderes nazis que someterlos a un juicio público. La decisión de llevarlos ante un tribunal implicaba un experimento jurídico sin precedentes. Esa tensión se refleja en los debates entre los fiscales aliados, que discuten cómo demostrar la responsabilidad individual en un sistema de poder que había normalizado la violencia masiva.
Sin embargo, a medida que la narración avanza, el film parece cada vez más atraído por el espectáculo que intenta examinar. Vanderbilt filma los encuentros entre Kelley y Göring como duelos verbales llenos de ingenio y sarcasmo, cercanos al tono de un drama judicial clásico. Aunque esas escenas resultan entretenidas, a veces atenúan la gravedad del contexto histórico. El Holocausto y la devastación de la guerra quedan en segundo plano frente al intercambio de frases brillantes entre los personajes principales.
Algo similar ocurre con el propio juicio. Tras una larga preparación narrativa, el proceso judicial aparece condensado en una serie de momentos clave que reproducen convenciones familiares del cine de tribunales. Las discusiones legales se simplifican y varios personajes históricos quedan apenas esbozados. La complejidad política del acontecimiento —que involucró a decenas de acusados y múltiples debates jurídicos— se reduce para mantener un ritmo narrativo más accesible.
El contraste más evidente surge cuando la película incorpora imágenes documentales reales de los campos de concentración. Esas secuencias poseen una fuerza devastadora que recuerda la magnitud de los crímenes juzgados. Pero también evidencian una cierta distancia entre la realidad histórica y la estilización del resto del film. El material auténtico irrumpe como un recordatorio incómodo de que la tragedia que se narra supera cualquier intento de dramatización.
Nuremberg funciona como una reflexión accesible sobre el origen de la justicia internacional moderna. Vanderbilt apuesta por un cine histórico clásico, apoyado en grandes actuaciones y en diálogos directos que buscan conectar el pasado con preocupaciones actuales. La película sugiere que los juicios no solo intentaron castigar a los culpables, sino también advertir al futuro sobre los peligros de la indiferencia. Su mensaje es claro: los crímenes de Estado no surgen de la nada, sino de sociedades que tardan demasiado en enfrentarlos.
















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