Silvana Pareja
El Perú que aún no nos atrevemos a construir
¿Puede el país avanzar 50 años en solo cinco?
El Perú enfrenta una paradoja cada vez más difícil de sostener. Mientras el mundo avanza hacia economías integradas, infraestructura inteligente y transformación tecnológica acelerada, nosotros seguimos atrapados entre la informalidad, el colapso urbano y la improvisación política. Durante años, el país sobrevivió gracias a la estabilidad macroeconómica, pero dejó de construir una verdadera visión de desarrollo nacional.
Por eso, hoy la discusión ya no debería centrarse únicamente en cómo crecer, sino en cómo transformar el país antes de que el estancamiento profundice aún más la crisis social y política. ¿Puede el Perú avanzar 50 años en solo cinco? La idea parece ambiciosa, pero no imposible. Brasil ya intentó algo similar durante el gobierno de Juscelino Kubitschek, quien impulsó un “Plan de Metas” basado en infraestructura, energía, carreteras e industrialización bajo una premisa simple: acelerar el desarrollo nacional mediante inversión y conectividad.
El Perú necesita recuperar precisamente esa ambición. Porque el verdadero problema peruano no es únicamente económico; es territorial e institucional. Un país donde el 75% de la fuerza laboral vive en la informalidad es un país donde millones de personas sobreviven fuera del sistema porque el propio Estado nunca logró integrarlas realmente. Y mientras no exista un proyecto serio de modernización, la informalidad seguirá funcionando como la única red de supervivencia para millones de ciudadanos.
Sin embargo, el desarrollo no llegará únicamente con más programas sociales o discursos de redistribución. El Perú necesita infraestructura, competitividad y crecimiento productivo. Necesita carreteras transversales, corredores logísticos, expansión energética, puertos modernos y digitalización estatal. Necesita conectar regiones históricamente abandonadas para integrar mercados, reducir la desigualdad y generar empleo formal.
Frente a este contexto, el país necesita volver a pensar en grande. Pero resulta difícil imaginar un proceso de modernización acelerada bajo propuestas políticas que mantienen una visión confrontacional frente a la inversión privada, el modelo económico o la estabilidad institucional. Y allí aparece una preocupación legítima respecto a proyectos políticos como el encabezado por Roberto Sánchez y Juntos por el Perú.
El problema no es únicamente una cuestión de etiquetas ideológicas. El verdadero riesgo es repetir dinámicas recientes donde predominó la improvisación, el enfrentamiento constante y la incertidumbre económica. El Perú ya vivió las consecuencias de un escenario donde proyectos de inversión quedaron paralizados y la inestabilidad política deterioró la confianza nacional e internacional.
Y eso tiene consecuencias concretas. Ningún país puede construir carreteras, polos industriales o infraestructura estratégica si no existe confianza para invertir. Ningún proceso serio de formalización puede sostenerse si la economía se desacelera o si el sector privado percibe que las reglas pueden cambiar constantemente por razones ideológicas.
Paradójicamente, quienes más terminan sufriendo los efectos de la inestabilidad son precisamente los sectores más vulnerables. Por ello, el Perú necesita una reconstrucción nacional basada en capacidad técnica, estabilidad macroeconómica y visión de largo plazo. Porque el verdadero desafío ya no es elegir entre izquierda o derecha, sino decidir si queremos construir un país competitivo e integrado o continuar atrapados en modelos donde el conflicto termina reemplazando al desarrollo como prioridad nacional.
















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