Piero Gayozzo
Europa: la inmigración de baja calidad es el problema
Personas con sistemas morales deficientes, creencias fundamentalistas o historial delictivo
Imagina que te reúnes con unos amigos y luego deciden ir a tu casa. No conoces a todos, pero aceptas llevarlos porque la han pasado bien. Una vez allí, algunos preguntan si tienes algo de comer. Les dices que no, pues no hiciste compras recientes. Y, aun así, uno de los que no conoces te sigue exigiendo comida, se dirige a tu cocina y comienza a rebuscar. Su actitud te incomoda, le pides que pare y su respuesta es confrontacional; otros desconocidos se suman a su actitud, y cuando reclamas, uno de tus amigos te pide más comprensión y te acusa de ser un mal anfitrión. Comienzan los problemas y la violencia. Este hecho enfadaría a cualquiera. Primero, porque es tu casa y esto presupone un orden interno que no ellos respetaron. Cualquiera podría decir que no sabían que te incomodaría, pero les pediste que pararan y, aun así, insistieron. Segundo, porque mostraste gentileza y ellos recurrieron al abuso y a la violencia como respuestas. Fue en definitiva una reacción injustificada y desproporcionada. Si estás de acuerdo con que esta situación es a toda vista perjudicial, entonces cambiemos “casa” por “país” e “invitados no deseados” por “inmigrantes ilegales” y se entenderá mejor el caos que actualmente atraviesa gran parte de Europa y que se ha reflejado en la invasión de Ceuta (España) y más recientemente en las violentas protestas en Francia e Italia.
Desde hace algunos años en Europa las políticas migratorias acríticas y la imposición de cuotas de refugiados provenientes de países en conflicto han alterado por completo el nivel de bienestar de sociedades que antes eran referentes de paz y seguridad. Un triste ejemplo de esta realidad es la conversión de Suecia de un país pacífico y seguro a ser uno de los países más inseguros de Europa. ¿Las razones? Diferencias culturales y distintas escalas de valores entre los naturales y los inmigrantes. Mientras que las sociedades europeas han logrado niveles educativos y de civismo elevados luego de tantas guerras internas, muchos de los inmigrantes que han recibido provienen de realidades completamente distintas.
Los principales problemas de esta convivencia asimétrica son la diversidad de formas de pensar y la calidad personal de algunos inmigrantes. Cuando la inmigración no es de calidad, es decir, es culturalmente inferior porque incluye personas con sistemas morales deficientes, educación pobre, creencias fundamentalistas, historial delictivo, pertenencia a organizaciones terroristas o algún tipo de mafia, las estructuras de la sociedad que los alberga se perjudican. Respetar la propiedad privada y el espacio personal es fundamental para la convivencia. Sin estos principios las sociedades serían caóticas o fuertemente restrictivas. En el ejemplo de los visitantes de tu casa definitivamente tenían una cultura inferior a la tuya, pues pareciera que en su estilo de vida exceder la confianza en casa de un desconocido no es visto como algo negativo. Lo mismo ocurre cuando olas de inmigrantes con una cultura tan distinta o con un nivel educativo inferior a los estándares de los naturales de un país intentan integrarse y no lo logran. Mientras unos ven en la consideración al otro parte de su forma de vida, los otros ven en abusar y aprovecharse de los demás la mejor estrategia para sobrevivir.
Esta situación genera que surjan campañas radicales, como aquellas que fomentan la “remigración”, es decir, el proceso de deportación masiva de inmigrantes a sus países de origen. Esta es una solución más extrema que la que suelen esgrimir los conservadores en Europa, cuyas políticas como promover el cierre de fronteras son vistas como “moderadas”. Naturalmente, existen quienes respondan afirmando que la migración no es negativa, pero tampoco debemos afirmar que la realidad es un inmenso lienzo blanco o negro. En realidad, existen matices. La inmigración ordenada aporta beneficios a una sociedad y resulta positiva porque enriquece la diversidad genética y cultural de una comunidad; la fuerza laboral y el crecimiento poblacional. Sin embargo, no podemos invisibilizar un problema real: no todas las personas aportan de forma positiva y la migración puede resultar negativa. Quizás el porcentaje de inmigrantes dañinos resulte menor y, hasta en ocasiones, muy por debajo de lo que se suele percibir a primera vista. No obstante, siguen representando un factor clave en la generación de rechazo de los naturales hacia los inmigrantes. Esto se evidencia en los nuevos focos de pobreza, suburbios de mal vivir, el resurgimiento de crímenes (secuestros, robos, acoso sexual, asesinatos) o de la vagancia y de la mendicidad en las ciudades de Europa. Situaciones que requieren urgentemente de soluciones eficaces y no discursos sobre discriminación, la negación del delito de ingreso ilegal a un país o defensas irracionales de “Fronteras abiertas”.
Imagina que en tu casa no solo hubieran actuado de forma violenta, sino que se hubieran metido desde un inicio por la fuerza. Eso es lo que también ha ocurrido en Europa. El Mediterráneo es una puerta de acceso para inmigrantes ilegales que provienen de África y por la fuerza intentan ser acogidos por los países europeos. Existe en la Europa Occidental un virus terrible que los ciega ante posibles peligros, los hace sentir culpables de la historia colonial y los fuerza a adoptar una empatía desmedida con la que romantizan a los que sufren: el virus del wokismo. Este virus es sumamente letal, pues te obliga a renunciar a la razón y, luego, a actuar contra tus propios intereses. Lo que se ha visibilizado en Francia, con los incendios y disturbios, y la tasa de criminalidad de Suecia son el resultado inevitable de haber abandonado el principio elemental de que un país, al igual que una casa, tiene el derecho y el deber de regular quién entra y bajo qué reglas convive.
















COMENTARIOS