Hugo Neira

India y Perú: el principio jerárquico

A despecho de sus enormes diferencias, se asemejan

India y Perú: el principio jerárquico
Hugo Neira
27 de julio del 2026

 

La representación de las castas en la India contemporánea y la del Perú virreinal no es la misma. La primera es una visión brahmánica, una visión desde la cúspide, desde arriba, con arreglo a la cual cada casta o subcasta posee una ocupación hereditaria, y además, los miembros de los grupos inferiores no se ofenden cuando se les considera fuente de contaminación o impureza. Pese a que circuló entre nosotros una versión cuasi brahmánica o idealizada del mundo colonial, la iconografía de las castas “made in Peru” sufrió de dos defectos. El primero es su artificialidad. Las formidables y enrevesadas tablas de clasificación racial no fueron sino una construcción taxonómica, de gabinete de historia natural. Llegaron a nuestros días palabras como mestizo, mulato, indio, zambo, cholo y español. Pero no cuarterón, requinterón, jíbaro y tente en el aire. Nadie se llamaba a sí mismo jarocho, rayado o no te entiendo. En cuanto a la Iglesia, con sentido pragmático, tenía tres registros sacramentales, para españoles, para indios y uno tercero para “castas de mezcla”.

El segundo defecto es la falsa conciencia. Su difusión, en libros de historia, en la invención del pasado virreinal, hace creer en una aceptación del hecho del mestizo; ocurría todo lo contrario. Lejos de expresar alguna suerte de tolerancia pluriétnica, las tablas de clasificación interracial manifiestan categóricamente el profundo desprecio de españoles y criollos ante el mundo abigarrado del mestizaje. En los hechos, el movimiento intercastas era más complejo, más vivo y fluctuante, y Morner recuerda que los indios del cercado de Lima tenían esclavos negros. Como toda sociedad, la colonial tenía un esquema idealizado de sus diferencias, pero otra era la práctica desarrollada por los grupos y subgrupos.

Todo indica que las castas en Perú no fueron un orden estable sino un terreno baldío entre el mundo indio y el europeo, una franja de desestructuración y anomia, una confusa realidad. “No hay quien se atreva a distinguirlas”, dice un testigo en la Nueva España de 1753. Como lo señala el profesor Barthe, salvo sonados casos de matrimonios con princesas indias, el mestizaje fue el resultado de uniones irregulares y no disminuía la jerarquización étnica. Hubo promiscuidad y concubinato, y a la vez, preocupación entre peninsulares y españoles americanos por la pureza de sangre, por el linaje, concepto de cristianos viejos. Como la cusqueña madre de Garcilaso, muchas amantes y mancebas fueron desplazadas por españolas, verdaderas matriarcas, que señorearon en los hogares, pero que no pudieron restablecer el principio de la fidelidad conyugal, como observa Céspedes del Castillo. La doble casa, la separación entre el lecho donde se establece la progenie y el otro, el del placer, tiene raíces muy viejas.

Es decisiva, pues, la calificación de la matriz colonial como un sistema fundado en la jerarquía y en el rango y a cuyos fines se plegó el dinero: los criollos enriquecidos compraron títulos de nobleza, es decir, gastaron en prestigio, sin acumular capital sino honores (lo contrario también es cierto, el rango revertió en nuevas ventajas materiales). Por lo demás, el mismo Dumont ha recordado los obstáculos epistemológicos del hombre occidental, sus resistencias para aceptar que otras sociedades contemporáneas están organizadas sobre principios que repugnan a la conciencia moderna como puede ser el caso de la desigualdad voluntariamente admitida. Esa ceguera bien puede ser la nuestra. Los hindúes han sostenido a través de milenios que los hombres no son iguales ni por su nacimiento ni por su destino, sin que eso les impida levantar una gran civilización. Es más, la India es la más poblada de las naciones democráticas contemporáneas y una potencia asiática, pese a estar atravesada por todo tipo de tensiones sociales que provienen de conflictos de clase, de rivalidades regionales y de antagonismos comunitarios y religiosos. Diré, de paso, que un esquema de diversidad interna aparece en ciertas sociedades “brahmánicas” de América Latina: Brasil, México, los países del área andina, nosotros mismos, aunque con una conflictividad interna menor, no tenemos musulmanes. Pero nuestra gestión latinoamericana de los antagonismos internos es inferior a la de la élite política de otros países. (Sobre la comparación con la India y otras viejas naciones, Egipto y Japón, volveré en otra ocasión).

Más allá de la herencia colonial, cuyo sistema de castas estalló debido a la promiscuidad y al placer, hay que decir que nos legaron un código de identificaciones que no es sino la forma renovada del antiguo estigma, y en esas condiciones, la discriminación, el ritual de parecerse y despreciarse, en suma, el conflicto de las sensibilidades, puede ser atroz. Abundan los ejemplos de distancia social, de menosprecio y desdén, muchas veces entre iguales que, por cierto, no se consideran como tales. Blancos pobres contra blancos todavía más pobres, como en uno de los mejores relatos urbanos de Julio Ramón Ribeyro, “Tristes querellas en la vieja quinta”. Sin duda, desacomodos de estatus, restos de elaborados sistemas de clasificación social construidos para expulsar del paraíso de la vida criolla a los débiles y vencidos, pero para quienes los viven, episodios de angustia y desgarro personal, disputas cotidianas, acaso el tejido de la vida misma en las grandes urbes, psicodramas. Cuando la fórmula de cortesía ya es impracticable, aflora un tipo de insulto en el cual no hay ni asomo de republicanismo: cholo de mierda, blanquiñoso conchatumadre. ¿Poca cosa? Conflictividad errática y difusa que igual puede aparecer en un movimiento de excluidos o en escenas de una rara violencia en el vecindario, el bar, la calle o el autobús. Potencial explosivo que sobrepasa el manejo de clases y partidos, en Perú como en India, en Palestina, en Irlanda del Norte o en los mismos Estados Unidos con su irresuelto problema de la exclusión de los negros. Convengamos que en un punto, Perú e India, a despecho de sus enormes diferencias, se asemejan. Ambas son sociedades jerárquicas. Se me objetará, ¿no lo son todas? Si nos atenemos a Tocqueville, la sociedad democrática se acomoda a la desigualdad pero no a la jerarquía. Cuenta el individuo.

¿Cómo vivir y convivir en una sociedad en la que quedan supervivencias de las tradicionales castas y a la vez apunta un fenómeno nuevo, la autonomía de los individuos? La imprecisa regla de la jerarquía acosa a peruanos de arriba y de abajo —puesto que en la ausencia de normas claras todos andan inseguros—, y sería ingenuo creer que no afecta a la personalidad básica y a la definición misma de normalidad y anormalidad. En el Perú de los días presentes, se imbrica con la política y con la vida cotidiana, determinando aun lo más íntimo y recóndito, desde los rituales alcohólicos hasta la conformación cultural de los sueños. No son los sueños de Gabriel Aguilar, el insurgente fracasado estudiado por Alberto Flores Galindo, sino los de los peruanos de este fin de siglo, alegorías de la realidad que acaso sólo conocen psicoanalistas y agoreros. Obsesión del ascenso o la pérdida de prestigio, nuestra escala de Jacob, desafío mayor, en cuyo enfrentamiento cada peruano combate de día como de noche ante el Ángel de la desigualdad, para salvarse o perderse. 

Texto extraído de Hacia la tercera mitad (1996), Cap. "El hombre jerárquico", pp. 193-199 de la 5° edición (2018).

Hugo Neira
27 de julio del 2026

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