Hugo Neira

Fiesta y civilización

En la Lima barroca

Fiesta y civilización
Hugo Neira
10 de agosto del 2026

 

Las interpretaciones del pasado colonial no ignoran la abundancia de festividades religiosas y profanas, pero las reducen a un dato más. La civilización productivista y técnica de nuestros días, a la que pertenecemos aunque de la torcida e incompleta manera que sabemos, nos hace mirar de soslayo ese rosario de regocijos y solemnidades de los días coloniales, cuyos motivos se nos presentan, cuando no son la entrada de un virrey, como pueriles: la salida de la Armada en el Callao, las elecciones de un catedrático sanmarquino entre vítores y trifulcas estudiantiles. Y relato curioso o peregrino nos parecen la obra de diaristas y analistas como Juan Antonio Suardo y Joseph de Mugaburu, que a falta de periódicos, nos han dejado una crónica virreinal, cortesana y piadosa, en donde el minucioso relato de fiestas ocupa un lugar preponderante. Esa información parece vicio de época y cortedad de miras de cronista pueblerino.

¿Qué pasa, sin embargo, si Suardo y Mugaburu atinaron a transmitirnos lo esencial, que era precisamente lo superfluo? ¿Y con ello, la pasión de los peruanos coloniales? Consideremos aunque sólo fuese un instante que la suma sociabilidad y cortesanía de la Lima barroca no era una actividad fugaz en la vida de la Capital del Virreinato sino su razón de ser, la clave de su sentido. La ciudad se consagraba a la tarea de exhibir y lucir. Y si esto es verdad, el rol de Lima como el contenido de lo virreinal, cambia de significado. La fiesta, siendo autocelebración, gloria y vanagloria de la villa, afirmaba la cohesión social.

Quisiera resaltar el carácter público y callejero de las celebraciones. La teatralidad de Lima se anticipa a la aparición del teatro propiamente dicho, que es un injerto tardío. Cabeza de reino, residencia de los enriquecidos criollos, sus calles y numerosas plazas, como el atrio de la Catedral en los sonados Te Deums, fueron el escenario de la más vasta y más prolongada representación del poder que hayamos conocido. Se ostentaba no sólo el regocijo sino la muerte, como los ajusticiamientos por horca que seguían un cruel ritual y que se realizaban delante de todo el mundo, a manera de advertencia. La vida limeña discurría a tajo abierto, como sus acequias. La piedad también se exhibía, como en las numerosas procesiones.

Conviene señalar que la procesión colonial estaba jerarquizada en rangos cerrados y diferenciados, desfilando por cofradías tanto de españoles como de indios y de negros. El mundo católico se unía en la fe y se separaba en el rango. Si la Alameda se hizo famosa en el momento del apogeo de la Lima barroca, es porque permite lucir a las calesas, más de “cuatrocientas” a la vez, dice F. Buenaventura, uno de los forjadores de la leyenda limeña. La extraversión de Lima es la didáctica de la Iglesia y el poder español que no perdieron ocasión de convencer. Se han preguntado, desde Eugenio d'Ors a Lezama Lima, si el barroco fue también una política. La del calendario de fiestas sagradas y paganas de las villas indianas lo es.

Lo que llamamos fiesta no era pues el sarao íntimo, que lo había, y menos la saturnal de los romanos, sino el acto cívico-religioso, el recibimiento de un virrey o el paseo de un condenado, acompañado siempre de público, de repique de campanas, de bandos. Como había orden, había desorden, “seriedad jocosa”, dice Concolorcorvo ante una procesión cusqueña en la que desfila la nobleza y los estamentos seguidos por la danza de tarascas y gigantones del carnaval de las castas. Tras la jerarquía, lo burlesco. Poca cosa añadió la República a esta vocación por la escenificación gratuita de las clases, acaso la retreta militar y la kermesse parroquial. La Lima antigua, en cambio, se autoconstituía en cada uno de esos simulacros.

El barroco siempre fue un arte de engrandecer a los grandes. Por lo demás, hay ciudades que son un mercado, un muelle, como New York o Amsterdam. Desde sus días coloniales, Lima es una plaza pública en donde pasa algo. Y si no pasa nada, pasa la gente, vestida diferencialmente, clérigos animeros y colegiales, aguadores y vendedores, criollos y pueblo, doctos y vulgo, vértigo e ilusión de las diferencias, retablo viviente, tal como lo recoge en sus apuntes el obispo Martínez de Compañón en el XVIII y el acuarelista Fierro en el XIX. La distancia social y lo distinto se exhibe, no se oculta, en esas villas anteriores a la modernidad.

Lima y sus diversiones: juegos ecuestres, comedias teatrales, corridas de toros, recibimientos áulicos y procesiones. El carácter predominantemente disipativo de la vida criolla tuvo una literatura. En efecto, la fiesta que fue calle, representación, autorrepresentación, se continuó en una retórica. Oratoria sagrada, certámenes: apoteosis del retruécano. No nos ayudó a pensar, formó el conceptismo, que es otra cosa. No tuvimos grandes teólogos, pero acaso refinó los espíritus, de ahí la fama de ingeniosos. Si la devoción religiosa y la celebración dinástica van a adquirir un aire de epifanía, de vísperas, es porque el regocijo público se vuelve pretexto literario. Boda real o muerte de un príncipe, “...el súbdito colonial debía manifestar su júbilo o dolor ante esos sucesos”, observa Porras Barrenechea, estableciendo una relación directa entre hábitos festivos y literatura ditirámbica de la época. “Aclamaciones y Pompas Reales o Exequias y Lamentos Fúnebres”, no sólo la figura de los reyes –señala– daba lugar al cortesanismo y la hiperbólica lisonja sino la canonización de un santo local, el homenaje a un magnate. Ni aun las órdenes religiosas estaban exceptuadas de la fiebre retórica, y nos alcanza Porras el ejemplo del célebre El Sol del Nuevo Mundo entre esa floresta de libros hinchados y barrocos.

Por lo demás, son numerosos los cronicones coloniales y descripciones sacro-políticas cuyo pretexto era el arribo de una autoridad religiosa o administrativa. Esta manía del certamen literario se expandía prodigiosamente cuando llegaba un Virrey, por ejemplo, el Conde de Lemos, en cuya ocasión la Universidad de San Marcos recogió 160 contribuciones gratulatorias. La procesión como el concurso, los carnavales y la misa solemne, eran formas de convocar a la muchedumbre. Y no sólo a las élites, participaba la multitud, la plebe (¿un muñón de pueblo y de nación?). Un solo sueño de unanimismo católico y regalicio reunía Monarquía y reinos de Indias en el arte de celebrar del Perú barroco.

Extracto de Hacia la tercera mitad (1996), Cap. "El hombre festivo", pp. 212-214 de la 5° edición (El Lector, Arequipa) de 2018.

Hugo Neira
10 de agosto del 2026

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