Carlos Adrianzén
Otro Gobierno peruano más
¿Cambiará algo para bien o para mal?
No nos engañemos. El Perú no se juega su destino en otra elección turbia como la del domingo pasado. Nos parecerá que, desde los abusos de un nuevo aventurero, se buscará cambiarlo todo. Y descubriremos otra vez que, desde los oscuros días de la corrupta dictadura velasquista, aquí se dice cambiar todo… para que nada cambie.
Que se limpie la cosa a través de un nuevo proceso es virtualmente inverosímil. Nótese que, a pesar de la extrema turbiedad de la primera vuelta y los accidentes estadísticos por venir en su conteo, ya se reasignaron más de 13,000 puestos en todo el aparato estatal.Pero recuperemos la perspectiva. Ese dibujo de la suerte económica nacional del que virtualmente no se habló a lo largo de la campaña a la fecha.
¿Cambiará algo para bien o para mal?
Para responder esta interrogante resulta útil interiorizar una herramienta de análisis –mejor si es simple y discutible– y usar datos, en lugar de repetir narrativas sobre el Perú actual (usualmente tan aceptadas como ilusas).
Nuestra herramienta es sencilla. Compara tres institucionalidades iberoamericanas (Bolivia, Chile y Perú). En ella queda claro que, por generaciones, políticamente todo ha cambiado en estas tres naciones (ver Figura Única y sus comentarios)
Figura Única
Elaboración propia.
Todo ha cambiado, pero nada cambió significativamente. A lo largo de todo el periodo analizado (1960-2025) Bolivia es apenas el 0.1% de la economía global, mientras que Perú y Chile rozan el 0.2% y el 0.4%. Tres fracasos pretenciosos y errores estadísticos globales. Sin embargo, nada mejor que nuestras autocomplacencias (ver Gráficos I y II)…

Desde los tiempos del gobierno de Allende y del hediondo velascato, nunca hemos tenido escalas económicas mayores. Es cierto, superados los nefastos setentas y ochentas, tanto Chile como Perú crecen mucho más que la atrasada Bolivia. Y lo hacen porque aplican consensos de Washington incompletos (aunque luego los revierten penosamente).
De ello tanto la pintoresca autocomplacencia de la derecha política local (mercantilismo) cuanto la astuta prédica de izquierda totalitaria (socialismos y keynesianismos bastardos incluidos ) se aprovechan para contarnos que ya la hicimos.Que ahora hay que robar desde la burocracia. Perdón, que hay que distribuir. La enorme reducción de la pobreza observada en Chile y en el Perú; registrada en el Gráfico II, los ayuda a reforzar esta infundada creencia.

Es cierto. Bolivia, Chile y Perú nunca han sido más grandes y más ricos. O menos pobres. Esta precisión va en aras a contentar a algún amargado lector progresista de estas líneas.
¿Autocomplacencia o vergüenza?
El tercer gráfico de esta secuencia es –como nos refiere su título– un cable a tierra.

Bolivia (la mitad del Perú), Perú y Chile (el doble del Perú), se atrasan comparándonos con una nación que registraba productos por persona grosso modo similares en 1960 y que desde entonces se desarrolló (Singapur), debe quedarnos claro la magnitud y recurrencia de nuestro fracaso.
No tenemos motivos reales de complacencia. Aunque esto le pueda producir urticaria, tenemos fundadas razones para avergonzarnos. El declive tiene fundamentos internos. Nos hemos gobernado basados en recetas económicas lógicamente erradas. Socialismos y mercantilismos diversos y algunas veces maquillados de un efímero capitalismo.
Agreguemos a este dibujo un detalle demográfico sostenido y crucial (ver Gráfico IV). Somos menos fértiles, nuestra población envejece y seguimos –sin siquiera notarlo– las directivas compresoras de algunas multilaterales que nunca leyeron con cuidado sobre el fracaso de Thomas Malthus.
No solo parecería que no sabemos dónde estamos parados, ni a dónde vamos, sino que además no discutimos lo que estamos haciendo.

La data contrasta fríamente que vamos lentamente desapareciendo demográficamente (un futuro con menos criollas y mestizos bolivianos, chilenos y peruanos). Posiblemente en un futuro lejano, y como planteaba Henry Kissinger, la región será un espacio a ser reocupado por otras etnias.
Nótese que en estos cuatro gráficos todos estamos saliendo de complejos, accidentados y polarizados procesos electorales.
El verdadero fondo de la actual elección peruana
El cierre de este artículo es claro. Primero, es probable que ninguno de los treinta y tantos candidatos presidenciales –planchas incluidas– tenga una idea sólida de nuestro pasado y tendencias. Y no solo eso. No tendrían la comprensión o intención para alcanzar y superar a Singapur. Ofrecen más de lo mismo. Cambios para que nada cambie.
Segundo: sí existe una terrible contraposición. Algunos –la aberrante mayoría–, con el discurso y recetario socialista usual,apuestan a que seamos tan pobres y frustrados como los bolivianos. Estancados y corruptos. Y otros, con el discurso de mercado y un recetario mercantilista, aspiran como máximo a la mediocridad chilena con Boric. Todos en los tiempos de Donald J. Trump y sin artrosis.
El Perú no se juega su destino en otra elección muy, pero muy turbia. Su destino –al menos para el próximo quinquenio– resulta opaco y sellado. Claro, con las extremas sombras que nos deja la burocracia progresista de la ONPE y las buenas elecciones boliviana (Paz) y chilena (Kast), para lo que realmente debería importarnos –la reducción de la pobreza de nuestro pueblo–, nuestra línea en el gráfico II parece estar repleta de incertidumbre.
















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