Hugo Neira

Thomas Jefferson (1743–1826) y la Independencia

Uno de los documentos más importantes de la modernidad política

Thomas Jefferson (1743–1826) y la Independencia
Hugo Neira
09 de marzo del 2026

 

Cuando se examina la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776), famosa por obvias razones, se suele resaltar la invocación al derecho natural. Pero esa no era una disertación académica ni el fruto de un pensador solitario. Es preferible la sensata lectura de Arendt: esas verdades evidentes no eran presentadas dentro de una metafísica sino como un asunto político. Deberíamos también tomar en cuenta desde el ángulo de la filosofía política, aquello que señala Dick Howard en su comentario (Dictionaire Politique). El texto equilibra dos principios jeffersonianos. De una parte, el self-evident, esas “verdades tenidas por evidentes” lo eran no solo en los círculos ilustrados de Londres y París, sino entre sólidos terratenientes virginianos, granjeros y hombres de negocios de esas colonias norteamericanas. De otra parte flota en la Declaración las muy asimiladas lecturas de Jefferson del pensamiento de Locke. El segundo párrafo de la Declaración, advierte Howard, es una teoría política inspirada por el derecho natural lockeano. Y con la epistemología de Locke, se garantizaba al menos tres puntos. Primero, la separación entre gobernados y gobernantes. En segundo lugar, la tolerancia religiosa. Y en tercer lugar, un ir y venir entre teorías políticas y el sentido práctico y la experiencia de los mismos hechos. Y eso es lo que va a ocurrir cuando discuten y aprueban la Constitución. 

Pero para el examen de la Declaración cuenta tanto lo que se dice como lo que no se menciona. Sobre el porvenir nada está dicho (observación de Howard). Tampoco sobre el acceso a la ciudadanía americana (observación de Arendt). Y otro punto que ha intrigado a más de un comentarista el curso de los tiempos, el siguiente: “el acceso al derecho a la vida, la libertad y la felicidad”. La introducción al derecho del happiness, ha hecho correr tinta en los siglos siguientes. Es un concepto fuerte, no es el progreso, la prosperidad o el bienestar. Es ser feliz. ¿La salud, el cuerpo, la realización entera del self? Concepto que como dicen los científicos de la materia inerte, inconmensurable. Pero reconozcamos que puebla nuestro imaginario. El happiness en una constitución como la americana, impresiona desde los primeros románticos del XIX a bucólicos y hippies de los años sesenta, a bandas juveniles del pop, el rock y a los entusiastas del porro de marihuana, a seguidores de la contracultura y partidarios actuales del desnudo en público y otras alternativas sexuales. A lo largo del siglo XX, los temas sociales se comenzaron a cruzar con los de la libertad del individuo. Numerosas veces se le ha vuelto a preguntar al texto fundador de Jefferson si el happiness de los anglosajones y el bonheur de los franceses — la felicidad — era asunto público o privado, económico-social o personal. Obviamente el texto es interpretado en uno y otro sentido. La idea de bienestar social y el gozo individual no apuntan a lo mismo. En fin, hay autores que trazan señalando que en Jefferson, siendo el happiness lo que fuera, dependía de un hecho político, que los norteamericanos fueran independientes. No es un reclamo aislado, de un microcircuito en la esfera privada, como de gente que se vincula por internet o por twitter como en nuestros días. Primero tenían que ser cívicamente hablando, libres, independientes e iguales. Pero si esto es así, entonces, la razón política, vale decir las obligaciones a las que constriñe, desde pagar impuestos hasta el impuesto de sangre de ir eventualmente a una guerra, enmarcan y condicionan la libertad individual. A los norteamericanos les pasaría algo no muy lejano de lo que ocurría con los griegos. Amaban disfrutar de su libertad pero sin la Polis no podían ser felices. Pero ocurre que no lo viven de ese modo, las preocupaciones políticas y cívicas, es de todos sabido, desde entonces, se han debilitado.

Hay lecturas más críticas y pesimistas sobre la filosofía política del autor de la Declaración de la Independencia. Es el caso de Daniel Boorstin. Habiendo estudiado pacientemente sus premisas filosóficas, su visión de la naturaleza, del concepto de igualdad, tolerancia, de educación, en lo que concierne a su aplicación como gobierno, su conclusión es muy crítica. Para Boorstin, pensaba Jefferson con claridad el tema de la independencia, pero, no tan nítidamente en cuanto a qué es lo que se hacía con ella. Boorstin lo encuentra “profundamente antifilosófico”. Una idea de un mundo virgen, señala, “en la que predomina la acción por encima de lo teórico, los hechos reales pero sin buscarles su sentido, y si se trata de los fines últimos, estos se definen por su salud y poco por un modelo de virtud”. Un mundo en que los derechos existen casi sin deberes. Un tanto la teoría de los Whigs, en la que el mejor gobierno es aquel que casi no existe. El debate sobre Jefferson continúa en nuestros días. Algunos sostienen que el problema fundamental de la Declaración se encuentra en los lazos entre individuo y comunidad. El principio comunitario lo afirman en nuestros días especialistas que prefieren recordar cuánto pesó en Jefferson la tradición escocesa y pensadores como Reid, Hutcheson, Shaftesbury. Para otros, como Richard Matthews, habría en Jefferson una suerte de “anarquismo comunitario” inspirado en las sociedades aborígenes “capaces de vivir una democracia participativa sin el Leviatán”. Por lo demás, entusiasma a un economista anarquista como Murray Rothbard, quien le halla un “ímpetu libertario”, pero lamentando que “el avance jeffersoniano hacia la virtual inexistencia del Gobierno se malogró porque Jefferson asumió la presidencia”. Sin duda hay que examinar las diferencias que hay entre ser el gobernador de Virginia entre 1779 y 1781 y ser presidente de los Estados Unidos en 1800, reelecto en 1804. Acaso la real politik le impidió ser el republicano demócrata y profundamente convencido que el porvenir de los americanos estaba en la agricultura. 

Hay varios Jefferson, y lo tendremos con nosotros para rato. Las tendencias al desarrollo de las sociedades civiles, formados por comunidades cada vez más integradas por individuos narcisistas, está en el horizonte de este siglo y probablemente, del que siga. Sea como fuere, nada arrancará a la Declaración un mérito visible. Su función práctica, constatar los estragos de Inglaterra al orden legal y político de las colonias, argumento que daba legitimidad a la ruptura, y suficientemente elocuente como para que los Estados rubricaran su aprobación. Jefferson separó, convenció y fundó. La Declaración es un tajo en la historia y uno de los documentos más importantes de la modernidad política.

 

Fuente: ¿Qué es República?, Fondo Editorial USMP, Lima, 2012, pp. 217-220.

Hugo Neira
09 de marzo del 2026

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