A una semana de las elecciones las tendencias electorales registradas ...
Desde el inicio de la presente campaña electoral en este portal hemos promovido un voto claro hacia los movimientos de la centro derecha para alejarnos del abismo al que se ha empujado al Estado y a la sociedad en el Perú, un abismo que se puede convertir en un Estado fallido. El hecho de haberse sucedido ocho jefes de Estado en un período en que solo debió haber dos y la existencia de un Gabinete sin la confianza del Legislativo en medio de unas elecciones generales necesita una explicación.
Una primera aproximación para este fenómeno siempre señala a la crisis del sistema de partidos políticos en el Perú; sin embargo, semejante crisis debe tener una partida de nacimiento, un origen. Luego del fin del fujimorismo de los noventa y la hegemonía cultural de las izquierdas en el Perú emergió una confrontación entre sistema y antisistema. Los clásicos marxistas solían señalar a esta colisión de proyectos como una contradicción entre revolución y contrarrevolución.
En las elecciones del 2006, del 2011 y del 2021 el choque de estas propuestas se expresaba en un sector que, en la segunda vuelta electoral, proponía la defensa de la Constitución y el Estado de derecho y otro que cuestionaba la Carta Política y planteaba la instalación de una asamblea constituyente para redactar una constitución anticapitalista.
Si el documento fundacional de una república es cuestionado por un sector del país es evidente que el principio de autoridad del Estado democrático ha sido quebrado. He allí una de las causas centrales de la sucesión de ocho jefes de Estado en vez de dos –tal como lo ordena el texto constitucional– y la tendencia a la anarquía institucional y política que puede desembocar en un Estado fallido.
Una segunda vuelta entre dos centro derechas, en el acto, restablecería el principio de autoridad del Estado de derecho porque las dos fuerzas mayoritarias partirían del respeto y la defensa de la Constitución Política.
Considerar que la colisión entre una propuesta que defiende el texto constitucional y otra que pretende derribarlo llevó a los partidos políticos a creer que esta contradicción es el estado normal de las democracias. Un grave error de principio a fin que destruye la política y fomenta el protagonismo de los partidos pragmáticos y mercantilistas.
Por ejemplo, durante los últimos años partidos como Alianza para el Progreso y Podemos se dedicaron a desarrollar alianzas con el antisistema sobre la base del cuoteo inmediato; es decir, para alcanzar un ministerio o una oficina. Poco a poco este tipo de política destruyó el sistema privado de pensiones y creó una crisis fiscal que deberá enfrentar el próximo gobierno.
La supuesta normalidad entre el sistema y antisistema dentro de la democracia bloqueó cualquier posibilidad de nuevas reformas económicas que relanzaran la inversión privada, el crecimiento y el proceso de reducción de pobreza. Muy por el contrario, el Estado se burocratizó, se sobrerreguló y se convirtió en enemigo de la inversión privada y fomentó la informalidad de las unidades más pequeñas. El Perú se quedó sin una nueva ola de reformas y se entrampó en un crecimiento mediocre que lo puede llevar a la involución política.
Una segunda vuelta entre dos centro derechas organizaría una clara mayoría en la cámara de diputados y el Senado a favor de una nueva ola de reformas en el Perú. Es decir, se materializaría la voluntad de desarrollar una reforma del Estado burocrático, una reforma tributaria, una reforma laboral, el desarrollo de una gran transformación del sistema educativo y de salud, y la concreción de todos los proyectos de inversión en infraestructuras a través de asociaciones público privadas y obras por impuestos.
En otras palabras, dos centro derechas en la segunda vuelta desatarían todas las condiciones para relanzar el Perú.
















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