El presidente comunista, José María Balcázar, al ...
Una de las cosas más curiosas es que apenas se conocieron las primeras proyecciones que indicaban que Keiko Fujimori había ganado la primera vuelta los candidatos del centro, los llamados “moderados” de la izquierda progresista, que suelen encandilar a cierta mesocracia limeña –”cojudignos”, en el argot político popular–, salieron a poner los puntos sobre las íes: ellos de ninguna manera iban a votar por Keiko Fujimori en la segunda ronda. Y entonces las preguntas emergieron: ¿Acaso Jorge Nieto, Alfonso López Chau y Marisol Pérez Tello llamarían a votar por un candidato de la izquierda comunista como Roberto Sánchez? Si pasara Rafael López Aliaga nadie imagina al progresismo convocando apoyo a favor del candidato de Renovación.
Lo cierto es que, ya en camino a la segunda vuelta, todo indica que la izquierda progresista, la llamada “izquierda caviar” volverá a cerrar filas detrás del candidato antisistema que pase a la segunda vuelta, tal como lo hizo en la segunda ronda del 2021, cuando apoyó el encumbramiento de Pedro Castillo en el poder. Planteadas las cosas así vale preguntarse, ¿qué puede llevar a la izquierda caviar a apoyar el eje bolivariano y a temer tanto a un gobierno del fujimorismo?
La respuesta parece estar en la historia de las últimas tres décadas. Al margen de cualquier crítica justa en contra del gobierno de Alberto Fujimori, durante las reformas económicas de los noventa las distancias entre el Perú formal y el real, entre el Perú formal e informal, se acortaron como nunca en la historia republicana. En ese entonces el Estado no solo derrotó al comunismo terrorista, no solo desreguló la economía para que el sector privado nacional e internacional pudiese invertir, no solo le cobró impuestos a los ricos recuperando la caja fiscal, sino que llevó el Estado, la obra pública, a la puna abandonada en los Andes por primera vez luego de la independencia. El Estado de los noventa, entonces, fue una alianza entre ricos, pobres, el capital nacional e internacional, las fuerzas armadas y los organismos multilaterales.
Alberto Fujimori, al margen igualmente de cualquier crítica justa, se convirtió en un político imbatible en las elecciones por las alianzas nacionales que desarrolló.
Con el fin del fujimorismo de los noventa y luego de dos décadas de democracia, y sobre todo en los últimos diez años con el predominio de la izquierda, las distancias entre el Perú oficial y el real se volvieron siderales. El Estado se burocratizó, lentificando la inversión privada y fomentando la informalidad; el fisco siguió cobrando impuestos al sector privado, pero se olvidó de la obra pública en los sectores más pobres de la sociedad. La descentralización progresista se convirtió en la muralla en contra de la obra pública para los pobres y en una fuente permanente de saqueo de los recursos fiscales. Por ejemplo, en el Plan de Competitividad del 2019 se estableció que el déficit en agua potable, alcantarillado, escuelas, postas médicas y carreteras entre el 2019 y el 2023 sumaba S/ 117,000 millones. Y entre el 2019 y el 2025 se gastaron alrededor de S/ 312,000 millones en proyectos. Sin embargo, el déficit de agua, alcantarillado se mantuvo igual, e incluso aumentó.
¿Cómo se entiende esta barbarie que ha continuado en las últimas dos décadas? Hoy existen cerca de 80,000 obras paralizadas en las regiones. El sector privado paga sus impuestos financiando el 80% de los ingresos fiscales; sin embargo, en los gobiernos subnacionales virtualmente se produce un saqueo de los recursos fiscales en contra de las regiones más pobres.
Un gobierno de la centro derecha, un gobierno del fujimorismo, inevitablemente, casi como por una ley física, tendría que resolver la gigantesca brecha entre el Perú oficial y el Perú real, hoy separados por el fracaso brutal de una descentralización absurda. No hay otro camino si la derecha pretende sobrevivir en política.
Cuando la izquierda progresista y caviar, acostumbrada a vivir de la sinecura estatal, avizora semejante escenario simplemente se pone a temblar. Le parece inaceptable la posibilidad de que la derecha lidere el cierre de una brecha histórica que viene desde las batallas de Ayacucho y Junín. Y le parece inaceptable que la derecha vuelva sellar una alianza entre pobres y ricos, y se convierta en una fuerza política democrática imbatible.
















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