Cecilia Bákula
Joaquín López Antay y el Premio Nacional de Cultura
Su obra es un ejemplo de tenacidad, amor y coherencia
Este mes de enero recordamos que hace 50 años el ambiente del arte y la plástica peruana sufrieron un movimiento telúrico en sus bases, sin alcanzar siquiera a comprender lo que se había gestado en los meses anteriores. Se debía asimilar que en los días de Navidad, tan solo unas semanas antes, se había otorgado el Premio Nacional de Cultura no a un artista capitalino sino a un gran artista ayacuchano, maestro en entender, representar y plasmar las vivencias y tradiciones de su tierra natal.
Eran los años de la segunda fase del gobierno militar cuando el sector cultura, el entonces Instituto Nacional de Cultura (INC), estaba en manos de la doctora Martha Hildebrandt; se había convocado al Premio Nacional de Cultura en diversas ramas, como Arte, Literatura, Comunicación Social, Ciencias Humanas y otras del quehacer intelectual y plástico. En el caso de las artes, la comisión calificadora era de muy alto nivel; la integraron Carlos Bernasconi, escultor y grabador con compromiso con el arte popular; el arquitecto Juan Gunther, amante e historiador de Lima; Cristina Gálvez, una escultora de gran prestigio; Leslie Lee, que como pintor empezaba a ser conocido; Enrique Pinilla, músico; Vera Statsny quien destacaba como coreógrafa y bailarina clásica y Alfonso Castrillón, importante crítico de arte y museógrafo.
Una vez conocidos los resultados, las opiniones y los manifiestos, conjeturas y declaraciones no se hicieron esperar; la oposición y el escándalo mediático estuvieron a la orden del día pero, la decisión de la Comisión fue por unanimidad y creo, por lo que señalan las crónicas, que fue el convencimiento final de Castrillón el que inclinó la balanza hacia don Joaquín y como él lo ha dejado escrito, “los argumentos resultaban contundentes: el largo ejercicio de una vida dedicada al arte de su pueblo, el enriquecimiento del lenguaje plástico de un objeto adoptado como el retablo.”
Entiendo que en ese momento había aún una gran incomprensión respecto a lo que era el arte popular con relación a la artesanía; sin ir en desmedro de ninguna de esas formas de expresión, esa oportunidad fue la que permitió catapultar al arte popular como una manifestación fundamental de nuestra esencia y tradición y en ese sentido, López Antay era un maestro experimentado y no un simple “hacedor” manual; era un intérprete de su realidad, como hoy en día lo hace cualquier artista plástico que se inspira en su propio universo, lo interpreta y trasciende. Él hizo del retablo o “Cajón de San Marcos” una realidad material, hermosamente elaborada, que le permitió transmitir las creencias, la fe, las tradiciones y las esperanzas de todo un pueblo.Difundió el uso de la cruz de camino y añadió una serena interpretación de su universo, de su cosmovisión andina, integrándola como síntesis del propio Perú.
Don Joaquín, no era un “repetidor” en serie; era un creador nato, delicado observador e intérprete de un mundo que, por entonces, era aún lejano a Lima.Quizá me atrevo a pensar que él fue como una consecuencia del descubrimiento del mundo andino que iniciaron otros artistas e intelectuales y que José Sabogal implantó como motivo de inspiración y temática entre los indigenistas.Ellos sintieron especial cariño y aprecio hacia don Joaquín y así ha quedado plasmado en los lienzos que, por ejemplo, Camino Brent hizo de nuestro galardonado: admiración, respeto y reconocimiento se aprecian en los detalles con que se elaboró su retrato.
Y así como en la década de 1920, el indigenismo implicó una ruptura y hasta una severa controversia, el premio otorgado a López Antay generó similares reacciones, pero motivó, felizmente, que los ojos de muchos y el interés de otros tantos se orientaran hacia el Ande para comprender y aceptar que no hay una sola manera de expresión plástica, ni una sola directriz de expresión, ni un único universo de inspiración plástica y menos en un país como el nuestro, milenario, rico y creador.Hoy no podemos comprendernos como Nación, si no reconocemos el valor del arte tradicional, las visiones de los artistas de la Amazonía, el interés de los que piensan y expresan su cosmovisión no necesariamente erudita en distintas formas y técnicas y es por ello que, al recordar ya medio siglo de controversias, no siempre superadas, debemos pensar en la cultura y el arte como un camino de comprensión, conocimiento y entendimiento.
Lo importante es entender que la creatividad del artista peruano se nutre de nuestra abundante y extraordinaria realidad; de nuestras tradiciones, costumbres, creencias y que es en esa variedad casi infinita en la que podemos encontrar y entender el valor de la multiculturalidad y de nuestra esencia mestiza y es ese el sentido del reconocimiento a López Antay. En su caso, la Comisión Técnica elaboró un dictamen por mayoría simple y eso fue suficiente no solo para hacer del premio un acto jurídico a firme, sino que encendió las más diversas expresiones pues el premio se otorgó, también a otros destacados peruanos en sus respectivas especialidades: el Premio de Literatura fue para el poeta Rafael de la Fuente más conocido por el pseudónimo de “Martín Adán;el Premio de Comunicación Social se asignó a José Bracamonte; en el rubro de Ciencias Humanas se distinguió a Jorge Basadre y en el campo de Ciencias Naturales y Matemáticas el honor fue para el ingeniero José Tola Pasquel. Es decir, que el arte popular y su gran gestor se medían, relacionaban y se entendían con aquellos de las grandes ligas.
Hoy puede sorprendernos el tono de algunos comunicados de entonces, pero los hechos de la historia hay que verlos en su contexto y muchos de los que en ese momento levantaron su voz con sorpresa, descontento y no poca envidia, hoy señalarían que el reconocimiento a Joaquín López Antay, lejos de ser un antojadizo y político acto, significó el abrir la puerta tanto al conocimiento como a la difusión respetuosa y necesaria de nuestras raíces andinas, ricas, milenarias que son la esencia de nuestro ser nacional.
Cabe destacar que medio siglo después, el legado del gran retablista ayacuchano vive y pervive en su gente y en el esfuerzo denodado y amoroso que su familia realiza para que su memoria, sus conocimientos y su visión del Perú cale y perdure en las nuevas generaciones. En ese sentido, la labor de Alfredo López, su nieto y Patricia Mendoza, su bisnieta, son ejemplo de tenacidad, amor y coherencia; ellos mismos son artistas plenos, gestores culturales y herederos de una riqueza cultural que comparten con todo el Perú.
















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