Alejandro Arestegui

La IA y una advertencia anacrónica

Comentario sobre la primera encíclica de León XIV

La IA y una advertencia anacrónica
Alejandro Arestegui
29 de mayo del 2026

 

Un día como hoy, 29 de mayo de 1453, Mehmed II conquistó Constantinopla. Dicha noticia disparó las alarmas en toda Europa y motivó una auténtica revolución en todos los aspectos. Son muchos y variados los episodios históricos que no solamente trajeron cambio, sino que también causaron miedo en importantes sectores de la sociedad. La llegada de una revolución tecnológica como lo es la inteligencia artificial ha despertado temores y cuestionamientos en diversos sectores de la sociedad, incluyendo la iglesia. En esta columna pretendo hacer un brevísimo recuento y cuestionamiento a los postulados principales contenidos en la primera encíclica del papa León XIV y sobre por qué, el magisterio ha estado cometiendo numerosos errores desde la modernidad.

La encíclica Magnifica Humanitas fue promulgada el pasado 15 de mayo, curiosamente el mismo día en el que el papa León XIII promulgó la tan célebre y cuestionable Rerum Novarum, hace 135 años. A lo largo de la encíclica el sumo pontífice elaboró una reflexión en la que destacan algunos principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia en relación con las nuevas tecnologías, tanto sobre la Inteligencia Artificial como el poder digital. Aparentemente estos principios servirían como criterios para discernir y juzgar este nuevo escenario tecnológico asegurando que el desarrollo sirva a la persona humana y al bien común. Uno de los párrafos más destacados de la encíclica sería el siguiente:

“Frente a esta concentración de poder en el mundo digital, los grandes principios de la doctrina social se convierten en criterios para juzgar y discernir el nuevo escenario: la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social. Estos principios exigen verificar si el poder de las infraestructuras digitales y de los algoritmos favorece realmente la participación y la responsabilidad, protege a los más vulnerables, asegura un acceso equitativo a las oportunidades y se ordena al bien de todos. Con estas premisas podemos entonces considerar más de cerca qué es la inteligencia artificial, qué posibilidades abre y qué riesgos comporta”.

Por razones de extensión, no podemos especificar dónde se encuentran las imprecisiones e inconsistencias en un documento de cinco capítulos. Sin embargo, sí puedo mencionar que de la lectura que he realizado a la presente encíclica contiene errores metodológicos graves y sobre todo, el documento está cayendo en un anacronismo por su afán de emular a la Rerum Novarum. Pero hay que tener bien presente la época y los objetivos con la que se formuló está encíclica que dio origen a la Doctrina Social de la Iglesia: la llamada “cuestión social de nuestra época”. A fines del siglo XIX la sociedad estaba entrando en cambios drásticos, dentro de los cuales había un debate enorme acerca de la función importancia de la maquinaria en el proceso industrial. En medio de esta discusión surgía la cuestión del obrero y su relación con el capital. Es por esto que la Rerum Novarum tenía como fin situar a la iglesia en medio de este debate y dar luces o perspectivas desde el lado de la fe. Sin embargo, dentro del contenido de la Rerum Novarum podemos ver influencias de doctrinas políticas ajenas a la fe, como lo son el socialismo y el corporativismo (que ya tenía sus bases fundadas antes incluso de la DSI). Dentro de los autores intelectuales del texto de la encíclica no solamente se encuentra el papa León XIII, sino también algunos teólogos y sacerdotes jesuitas. Entre ellos podemos destacar al padre Matteo Liberatore, jesuita e intelectual influido por las enseñanzas del también jesuita Luigi Taparelli. Para quienes no lo conozcan fue Luigi Taparelli, quien introdujo y propagó el uso del término “justicia social” hacia 1840. En una deformación tanto del principio de reciprocidad aristotélica y en una flagrante negación del concepto de Ulpiano de justicia, Taparelli fue de los primeros dentro de la iglesia en relacionar “justicia social” con una redistribución equitativa e igualitaria de los bienes, así como también un acercamiento estatista del principio de subsidiariedad o el “destino universal de los bienes”. 

Estas son las razones por las cuales considero que a pesar de que Rerum Novarum de 1891 cuenta con pasajes interesantes y valiosos para cualquier católico, también tiene errores bastante graves. De alguna forma es probable que fueran influidos por el contexto de su tiempo y por la influencia de ideas modernas ajenas a la iglesia. Cuestiones bastante certeras como la creación de sindicatos católicos muestran que, en lugar de un análisis riguroso por parte de la doctrina católica a la situación de aquellos tiempos, de alguna forma se buscó que la iglesia se insertase en la Revolución Industrial dando concesiones y aceptando políticas ajenas al catolicismo.

Parece que 135 años después, el actual pontífice sigue cometiendo los mismos errores. Por increíble que parezca, uno de los invitados a la ceremonia ha sido Christopher Olah, presidente de Anthropic, empresa dedicada exclusivamente a la fabricación de modelos de IA. El objetivo parece ser el de dar una imagen de diálogo de consenso y que el documento es lo más riguroso al ver la realidad. Esto es falso pues se denota que la encíclica abraza la narrativa del “apocalipsis laboral producido por la IA”, el que sería atentado contra la dignidad de miles de trabajadores. Pero eso mismo se decía hace siglo y medio, resulta que las máquinas no reemplazaron a los obreros, sino que les ayudó y les facilitó la vida.

Hoy vemos al papa León XIV que usa la palabra “desarmar la IA”, entendida como “romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar”. Sería increíble que el Pontífice se de cuenta de que el problema de nuestro tiempo es el Estado y su crecimiento, algo que sí habló su predecesor Benedicto XVI. Pedir que el Estado regule políticamente la IA o que las empresas tecnológicas integren un “marco espiritual y ético” es pedirle peras al olmo. Desconocer el nefasto funcionamiento del Estado a través de los incentivos perversos de la política y de los mercados a través de las leyes económicas le quita seriedad y rigor al documento. 

No todo es malo en el documento, hay que hacer la salvedad. Las preocupaciones de la iglesia acerca del transhumanismo (que ya advirtió Ratzinger en 2004), respetar la dignidad humana y el retorno a los principios humanistas me parece algo totalmente loable y compartible. Sin embargo, como católico me preocupa en demasía este idealismo y el manejo de conceptos errados ajenos al evangelio que usa la Doctrina Social de la Iglesia. Si el cristianismo católico quiere seguir teniendo peso y relevancia mundial como actor mediador e inspirador de moral, debe volver a la pureza de principios, ser inflexible en su defensa y quitar ciertos conceptos traídos de la cosmovisión laica moderna. El magisterio papal debe servir a la defensa de la fe y no para complacer a sectores progresistas dentro de la iglesia. De lo contrario, su relevancia incluso entre los feligreses será cada vez menor, pues propone cosas que distan de una realidad cada vez más politizada y mercantilizada. Alejada de una sociedad libre donde las decisiones individuales se tomen con criterios morales responsables y no con cálculo político o corporativo totalmente utilitarista.

Alejandro Arestegui
29 de mayo del 2026

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