Jorge Varela
La incompetencia se va
¡Gracias al voto de los chilenos!
¡Se acabó! ¡No va más! Ha llegado a su término el peor gobierno desde el retorno democrático. Los calificativos para dar nombre al período 2022-2026, en el que un grupo de novatos ingresó a habitar la sede del Poder Ejecutivo en La Moneda, y ha debido abandonarlo por término de mandato constitucional, sin que sus integrantes hayan aprendido a gobernar, son diversos. Pero los epítetos para evaluar la mínima capacidad y escasa idoneidad de quienes se sentían predestinados a dirigir con arrogancia moral el destino del país, son mucho más fuertes y por respeto a los lectores se evitará reproducirlos.
Un tránsito para el olvido
El gobierno de izquierda radicalizada se inició cuando aún humeaban las cenizas de la revuelta social que sirvió de plataforma callejera a perezosos neomarxistas de escritorio y celular en mano.
Estos extraños personajes asumieron mofándose de lo que llamaron ‘vieja élite’, ocultando que en su condición de hijos, sobrinos o nietos de los componentes de dicha elite despreciada, eran su descendencia carnal y política devenida en una nueva élite que renegaba de sus progenitores.
Nos propusieron fórmulas marxistas tardías, endulzadas cómo si fueran neomarxistas. A poco andar esta bandada de jóvenes tuvo que pedir auxilio a quienes habían repudiado con saña. Imagine cómo se hallaría el país sin la incursión asesora de algunos personeros del socialismo democrático en ministerios claves del aparato político-administrativo. Basta constatar el desastre en determinadas áreas sujetas al manejo maquiavélico de personajes pertenecientes al Partido Comunista y al Frente Amplio.
Por eso, la reciente hecatombe en la conducción errática de nuestra política exterior es de tal gravedad que será muy difícil que un equipo de gobierno distinto pudiera hacerlo peor. Esta demostración de incapacidad ha puesto en riesgo la seguridad nacional y destruido el prestigio logrado durante décadas de profesionalismo diplomático.
Los malos augurios se cumplieron
Estos falsos profetas del progresismo de izquierda dijeron hace 4 años que iban a fundar un nuevo Estado y enterrar al neoliberalismo; asimismo se comprometieron a poner fin a la corrupción y a someterse -entre otras medidas- a una rebaja importante de sus remuneraciones. En definitiva, ninguna de esas promesas seductoras fue cumplida. En su lugar se produjo una serie nebulosa de escándalos no aclarados cuyos respectivos procesos judiciales se encuentran pendientes de tramitación ante los tribunales, esperando su resolución conforme a derecho. El financiamiento ilegal de varias corporaciones irregulares es el caso más conocido y grave.
Para desgracia de la ciudadanía esperanzada -hoy desilusionada- todos los vaticinios pesimistas se tornaron realidad al superar las proyecciones negativas.
No pudieron imponer su proyecto constitucional
Durante el transcurso de su pesadilla optaron por abrir paso a la construcción de un proyecto político radical de naturaleza posmarxista según la visión ideológica de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe y no se la pudieron. Su proyecto constitucional, símbolo de chapucería demencial, se convirtió en representación fidedigna de la inepcia que exudan día a día los improvisadores nocivos.
Así se entiende además, la actitud ambiciosa de cualquiera de ellos por arrogarse el título de articulador del progresismo e intentar un liderazgo imaginario que conduzca a una reunificación de la izquierda junto a los despojos diseminados de la centroizquierda exhausta.
Preguntas que continúan abiertas
Muchas preguntas formuladas hace más de un sexenio se pueden reiterar a los partícipes intelectuales del estallido de octubre de 2019, pues siguen siendo válidas:
¿Qué pretendían? ¿Querían quebrar la democracia? ¿Querían terminar con el modelo económico? ¿Querían realmente un cambio constitucional? ¿Querían eliminar al Estado? o solo ¿querían succionar el poder para disfrutarlo?
Una inocencia inexistente
Tanto descalabro en el manejo político y administrativo del país ha sido materia de estudio y análisis por parte de cientistas políticos y articulistas. Daniel Mansuy ha calificado de “inocentes” a los miembros de este lote de intrépidos oportunistas obsesivos que lograron arribar al poder sin antecedentes meritocráticos. ¿Qué entiende usted por “inocente”? ¿Está de acuerdo en que el inocente es aquel ser que está limpio y libre de sospechas?, ¿ese que carece de oscuridad?, ¿ese ser que es impoluto? Mansuy señala que “la inocencia no acepta transacciones con la oscuridad del mundo”.
¿Cuántas veces usted ha sido testigo de explicaciones insensatas, de mentiras burdas, de acciones perversas? Entonces no debiéramos sostener que se trata de inocentes, sino de personajes que aún no se han percatado que algunas de sus conductas y experiencias de goce son de índole narcisista. No estamos ante un movimiento constituido por inocentes adorables o en presencia de una bandada excelsa de ángeles. Por eso, si el objetivo como generación autoiluminada era ‘llegar para quedarse’, según planteara el ministro frenteamplista Francisco Figueroa Cerda en su memoria para titularse de periodista (año 2013), hoy después del desastre sus integrantes deberían pensar en escabullirse -desaparecer de la historia- y reparar las heridas y cicatrices de tanta incompetencia.
















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