Carlos Adrianzén

Peor que El Niño

Más destructiva es la pésima gestión política y económica con la que lo hemos enfrentado

Peor que El Niño
Carlos Adrianzén
12 de agosto del 2026

 

Hoy haremos memoria. Volveremos la mirada hacia algo que nos ocurrió hace más de cuatro décadas, en 1983. Por aquellos años, sobre una inercia de crecimiento y acumulación ya de por sí mediocres, el Perú recibió el impacto de severos fenómenos climáticos e hidrológicos agrupados bajo la denominación de fenómeno de El Niño (en adelante, FEN). Según la escala elaborada por el Imarpe, el episodio de 1982-1983 alcanzó niveles altos y extremos.

Sin embargo, aunque el fenómeno natural fue extraordinariamente dañino, sus efectos resultaron menos destructivos que la gestión política y económica con la que se intentó enfrentarlo. Durante aquellos años se cometieron graves errores de política económica de inspiración socialista y mercantilista bajo las administraciones vinculadas a Acción Popular, el APRA y la Izquierda Unida. Nada de ello fue casual. El historiador económico Neil Ferguson sostiene acertadamente que detrás de los desastres exógenos suelen llegar los desastres políticos endógenos; es decir, los malos gobiernos. Conviene no olvidarlo.

Resulta clave reconocer que durante los años del FEN se registró una gestión macroeconómica e institucional particularmente deficiente. Los gobiernos que operaron bajo el marco de la Constitución de 1979: quebraron la disciplina fiscal mediante el aumento de los déficits y el fortalecimiento de empresas estatales como Petroperú; intentaron elevar la presión tributaria bajo las consignas boutique de combatir la evasión y la informalidad; debilitaron la autonomía del Banco Central de Reserva, utilizando la emisión monetaria para financiar desequilibrios crecientes; intensificaron controles y regulaciones, incluyendo fijaciones de precios, intereses y remuneraciones, desincentivando la inversión privada y extranjera, mientras mantenían una moneda artificialmente apreciada que deterioraba simultáneamente las cuentas fiscales y externas.

Se trató, en suma, de una receta históricamente conocida por conducir al fracaso económico. Lejos de amortiguar los efectos del fenómeno natural, terminó magnificándolos. Al finalizar la década, luego de que estas políticas se incorporaran plenamente al funcionamiento institucional del Estado, el país enfrentaba una combinación devastadora de hiperinflación y recesión. La inflación anual alcanzó aproximadamente 8.000%, más de dos tercios de la población cayó en condiciones de pobreza y el producto por habitante del Perú, medido como proporción del promedio mundial, descendió de 63,5% a apenas 39,8%.

Fue una verdadera hecatombe económica y social. No solo tomó décadas intentar revertir sus efectos, sino que también dejó una ciudadanía profundamente decepcionada que comenzó a buscar alternativas cada vez más radicales. Las consecuencias políticas fueron igualmente profundas. Hoy, sin embargo, la narrativa dominante suele atribuir aquellas desgracias casi exclusivamente a los eventos climáticos. Una revisión desapasionada de los hechos demuestra lo contrario.

Los errores de política económica, tanto por el lado de la demanda como por el de la oferta, resultaron considerablemente más dañinos que el propio FEN. Y más graves aún fueron las consecuencias políticas derivadas de dichos errores. Sus efectos alteraron la trayectoria del Perú durante más de una década, como muestran los gráficos que acompañan este análisis. Por ello vale la pena insistir en una idea central: el verdadero desafío ante un eventual super FEN no radica únicamente en la intensidad del fenómeno natural, sino en la calidad de las respuestas institucionales que el país sea capaz de desplegar.

Parece que no hemos interiorizado suficientemente las lecciones de 1983. Tanto es así que el debate actual suele concentrarse en estimar si un episodio de gran magnitud podría o no materializarse hacia fines de 2026, incluso con impactos potencialmente superiores a los de 1983. Sin embargo, la principal enseñanza del pasado no es meteorológica, sino económica y política.

 

Las cifras que le escondieron

El FEN de 1983 provocó una enorme pérdida de vidas humanas, destruyó infraestructura, afectó la producción nacional y deterioró significativamente la calidad de numerosos portafolios bancarios. Según diversas fuentes, entre ellas la CEPAL, la Agencia Andina e Infobae, aproximadamente 512 personas fallecieron, cerca de 1,3 millones resultaron damnificadas y más de 587,000 perdieron sus viviendas. Las pérdidas económicas habrían alcanzado el 11,6% del PBI peruano de ese año. Solamente las de ese año.

La Figura 1 resulta particularmente ilustrativa. En ella puede apreciarse cómo el período inicialmente marcado por los efectos exógenos y endógenos asociados al FEN de 1982-1983 fue seguido por un deterioro mucho más prolongado y profundo, asociado a las decisiones de política económica conectadas. El gráfico muestra que la caída atribuible al fenómeno natural no fue acotada en el tiempo. La crisis derivada de las políticas implementadas y reproducidas se prolongó durante varios años y terminó amplificando los daños iniciales.

La Figura 2 complementa esta evidencia. En ella se observa con claridad cómo la expansión monetaria impulsada desde el Banco Central se convirtió en el punto de partida de la espiral hiperinflacionaria. Es decir, la mayor catástrofe económica de la década no nació del fenómeno climático, sino de la respuesta monetaria que se adoptó para enfrentarlo. El resultado fue la destrucción acelerada del valor de la moneda y activos individuales, así como del ahorro y jubilaciones de millones de peruanos.

Si buscamos el correlato ideológico de esta política monetaria, lo encontraremos en la orientación fiscal seguida por los gobiernos de la época. La Figura 3 muestra cómo la búsqueda simultánea de mayores ingresos tributarios y mayores niveles de gasto terminó deteriorando la actividad económica sin generar una recaudación sostenible. En lugar de promover la recuperación luego del desastre natural, la política fiscal terminó castigando a los sectores que producían, invertían y generaban empleo.

Esclavos de la heterodoxia económica entonces de moda, se intentó ampliar la recaudación presionando a una clase media emergente bajo la premisa de combatir la evasión y la informalidad. Cualquier parecido con ciertos debates contemporáneos podría parecer exagerado, pero las similitudes resultan difíciles de ignorar.

Naturalmente, estas políticas fracasaron. El objetivo de construir un supuesto "futuro diferente" terminó recurriendo a los mismos instrumentos intervencionistas de siempre: más controles, más estatismo, más corrupción burocrática y más distorsiones.

Y así, con estas recetas, llegaron las consecuencias.

 

Así se re-fregó el Perú

El tema que hoy nos ocupa no es una discusión coyuntural. Nos remite a acontecimientos ocurridos cuando muchos de nuestros compatriotas aún no habían nacido y cuyo entendimiento ha sido frecuentemente distorsionado.

El desplome económico peruano posterior al FEN de 1983 no puede entenderse únicamente como la consecuencia de un desastre natural. Su explicación exige reconocer que un evento climático severo impactó sobre una economía caracterizada por un crecimiento mediocre, instituciones debilitadas y una dirigencia política profundamente influenciada por ideas intervencionistas, socialistas y mercantilistas.

En otras palabras, el daño natural interactuó con condiciones internas que multiplicaron sus efectos. La Figura 4 resume con crudeza el resultado final. Entre 1982 y 1990, el Perú perdió aproximadamente 25 puntos porcentuales de su posición relativa frente al producto por habitante promedio del mundo. 

Esta evidencia permite concluir que otra más de nuestras décadas perdidas no fue simplemente el resultado de lluvias extraordinarias o inundaciones devastadoras, sino de decisiones políticas que terminaron alejando al país de la trayectoria de desarrollo observada en otras economías. Se trata, sin duda, de uno de los episodios más elocuentes para responder aquella célebre pregunta de Zavalita acerca de cuándo se había complicado la suerte del Perú.

 

Hoy

Hoy solemos pensar que somos distintos. Muy distintos. Sin embargo, nuestra histórica inclinación hacia recetas intervencionistas, keynesianismo mal entendido y esquemas de corte mercantilista parece seguir presente. La diferencia es que el Estado peruano actual posee un margen fiscal considerablemente mayor que el de comienzos de los años ochenta. Incluso frente a un FEN de gran magnitud, el país dispone de espacio para reasignar recursos sin necesidad de recurrir al endeudamiento excesivo ni a programas de emisión monetaria como los que precipitaron la crisis de entonces.

Para atender adecuadamente una emergencia de gran escala bastaría ordenar el gasto público, eliminar duplicidades burocráticas, reducir espacios de corrupción y dejar de destinar recursos a entidades cuya viabilidad económica resulta cuestionable, como Petroperú.

No se deje engañar. Que nadie le diga que hacerlo es imposible. Tampoco que hacerlo carecería de costos políticos, que sería popular o que su implementación resultaría sencilla. No lo sería. Pero la historia demuestra que ignorar estas lecciones puede resultar muchísimo más costoso.

Eso sí. Se requiere visión, liderazgo y agallas. Y de esos recursos, como diría una vieja canción de rock, parecemos andar bastante escasos.

Carlos Adrianzén
12 de agosto del 2026

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