Manuel Gago
¿Y si eliminamos la segunda vuelta electoral?
Para reducir al mínimo todo lo que estorba en nuestros comicios
El partido Avanza País ha propuesto una segunda vuelta electoral para la alcaldía de Lima Metropolitana. La propuesta se sustenta en las competencias de la municipalidad limeña, según el entendimiento de su dirigencia, semejante a las de los gobiernos regionales. Aprovechando el desubicado anuncio, Ipsos publicó de manera oportunista una encuesta –a nuestro entendimiento, destinada a deslegitimar la victoria de Rafael López Aliaga, candidato a teniente alcalde en Lima–, en la que Francis Allison, candidato de Avanza País, es el ganador y López Aliaga, de Renovación Popular, el perdedor.
Y así como el Congreso bicameral es el resultado de criterios políticos al margen de la realidad dura y compleja, así también la proliferación de organizaciones políticas responde a una supuesta apertura democrática de la política. Y lo peor de todo, con apoyo económico del Estado. El resultado es la dispersión del voto. Si en verdad se busca consolidar la representatividad y legitimidad de la autoridad mediante el sufragio universal, libre y secreto, recurrir a fórmulas más simples.
Mientras existan normas complejas, antidemocráticas y anti libertarias controlando a los partidos y procesos electorales existirán mayores oportunidades para “meter mano” en los resultados. ¿Y si el voto es facultativo? ¿Por qué obligar a votar a quien no le importa el destino del país y al votar lo hace con rabia y desconocimiento? ¿Y si se reelige a quien demostró capacidad en el cargo confiado?
Podríamos comenzar elevando drásticamente el número de adherentes de partidos nuevos. Hacer que los candidatos sean militantes. Así tal vez la vida partidaria se haga realidad y desaparezcan el transfuguismo y la infiltración de ideologías e intereses económicos contrarios al país. Es decir, volver a la política de antes, liberando a los partidos de toda dependencia económica que no surja de su militancia y de sus simpatizantes. Se deben eliminar aquellas normas destinadas a frenar la independencia y el desenvolvimiento propio de los partidos políticos.
La mal llamada “democratización de la política”, supuestamente para ampliar la participación ciudadana, no resultó. Claramente en las últimas elecciones, un reducido elenco de candidatos se alejó largamente de los otros. Esos “otros” estorbaron y entorpecieron el devenir electoral. Sin los excesivos “otros” los debates serían sustanciosos y no una burla contra la inteligencia ciudadana. A esa burla se suman la melosa e impertinente intervención de los moderadores del debate y la pesadez diseñada por la ONPE. La agilidad no es una virtud de las instituciones públicas.
Llama, entonces, la atención que en lugar de avanzar se propone el estancamiento y retroceso. La ciudadanía es subestimada por una “clase política” y una burocracia que no se airea. La izquierda busca atomizar el voto para “pescar en río revuelto”; busca infiltrarse en organizaciones políticas endebles, busca el desorden y la confusión. Busca presencia aun cuando pierda elecciones.
No se trata, entonces, de crear y oficializar partidos sin sustento popular. La representatividad ciudadana no puede ser burlada por megalómanos, narcisistas, egocéntricos, ignorantes y extremistas. La tarea de los partidos es tamizar con responsabilidad sus dirigencias y sus candidaturas.
La propuesta de más segundas vueltas electorales es contraria al avance esperado por el país. En conclusión: reduciendo el número de partidos, se reduce el número de candidatos, la dispersión de votos y el antivoto, tan dañino en la política. Además, el país dejaría de gastar tanto en cada proceso electoral.
















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