Editorial Política

El formato de debate de la antipolítica

Las reformas electorales del progresismo siguen pasando facturas

El formato de debate de la antipolítica
  • 26 de marzo del 2026

 

Cuando el progresismo en el Perú, sobre todo durante el gobierno de Martín Vizcarra, impulsó algunas reformas del sistema electoral tenía los objetivos absolutamente claros: terminar con cualquier posibilidad de una partidocracia en el país y desatar una balcanización de la representación electoral. El propósito: que los partidos presenten programas a las elecciones, incluso ganen los comicios nacionales, pero que gobiernen no solo con los límites constitucionales y políticos, sino también “vigilados por la llamada sociedad civil de las izquierdas”. Es decir, partidos no partidos, débiles, reducidos.

Si todo está fragmentado y todos son una especie de pitufos en la política, es evidente que el poder se traslada a los medios de comunicación, a las oenegés y otras entidades de la llama “sociedad civil”, fomentadas por la izquierda. Semejante modelo en medio de la revolución de las comunicaciones y la sociedad de redes sociales convierte el espacio público en algo líquido, imprevisible. Las grandes democracias occidentales de alguna manera están atravesadas por estos fenómenos, y de allí algunos teóricos se atreven a señalar la superioridad del modelo totalitario y meritocrático de China sobre “el envejecido sistema republicano de Occidente”.

Más allá de estas reflexiones y especulaciones, en el Perú las reformas electorales del progresismo han organizado el sistema perfecto de la antipolítica. Los yerros del actual Congreso y la sucesión de ocho jefes de Estado en un periodo en que debió haber dos, de alguna manera son la expresión de esa balcanización política. Haber reducido las barreras de entrada de los partidos y haber afirmado el criterio de conciencia individual de los parlamentarios sobre la colectividad partidaria ha sido letal, devastador para la política.

El debate oficial del proceso electoral ha sido un verdadero monumento para la antipolítica y para la aventura. “Políticos” que han construido sus trayectorias en base a denuncias gaseosas –por ejemplo, Fernando Olivera– pretenden destacar desarrollando una procacidad y una agresividad sin límites en contra de los adversarios. Una agresividad que no corresponde al arte de la política sino a otras dolencias y problemas del cuerpo. La idea predominante parece ser el ataque ad hominem al candidato que encabeza las preferencias o va en los primeros lugares.

El gran perdedor de este formato de la antipolítica: el sufrido elector, que no solo debe buscar las alternativas en una boleta electoral convertida en una sábana de 35 propuestas, sino que asiste a un debate electoral en que comienza a conocer a cada postulante y todos los intentos de destruir al adversario.

Nadie niega la necesaria confrontación e, incluso, el legítimo intento de destruir y descalificar al adversario (todo triunfo electoral pasa por eliminar al adversario, tal como sucede en la guerra). Sin embargo, en las democracias, en los sistemas republicanos, la destrucción del oponente debe correr en paralelo a la propuesta, a la afirmación de programas e ideas. De lo contrario, estamos en el escenario de la pura antipolítica. 

Por ejemplo, el Perú hoy necesita saber por qué algunos se proclaman de izquierda y otros a favor de la derecha. ¿Cuál es el elemento definitorio de esos posicionamientos? Igualmente se necesita saber qué piensan los partidos y los candidatos sobre cómo crear riqueza y reducir la pobreza. ¿Quién crea la riqueza? ¿El sector privado o el Estado? Si es el sector privado, entonces, todas las reformas que necesita el Perú deben apuntar a destrabar todos los muros y vallas en contra de la actividad empresarial que aporta el 80% de los ingresos fiscales y genera el 80% del empleo en los mercados formales.

Si alguien sostiene que la riqueza proviene del Estado, de las lógicas distributivas, entonces, estaremos ante un socialista, ante un estatista o colectivista y podremos decirle que es “un fanático religioso” luego de que estas fórmulas fracasaran en todos, en absolutamente todos, los países en que se ensayaron, a tal extremo que la China comunista se lanza a uno de los experimentos de capitalismo estatal más audaces de la historia.

En cualquier caso, la antipolítica y la fragmentación de la representación parecen ser las dos caras de una misma medalla.

  • 26 de marzo del 2026

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