Fernando Peña

Gobernar desde el Perú profundo

La única manera de superar la fractura nacional

Gobernar desde el Perú profundo
Fernando Peña
05 de agosto del 2026

 

"En la lucha contra el resto del mundo, es mejor ponerse de lado del resto del mundo", señalaba el escritor austrohúngaro Franz Kafka. Ese enunciado, formulado en otro tiempo, en otro espacio histórico y bajo otras circunstancias, parece describir con exactitud los desafíos políticos de nuestro presente. La reflexión de Franz Kafka contiene una lección que el nuevo gobierno haría bien en comprender desde el inicio: cuando una parte importante de la sociedad siente que vive en permanente conflicto con el resto del país no se le derrota, no se le ignora y no se le estigmatiza; se le escucha, se le comprende y se le integra.

El reciente proceso electoral ha vuelto a mostrar una realidad que el Perú arrastra desde hace décadas. Existe una profunda distancia emocional, política y hasta cultural entre buena parte del sur andino y los centros tradicionales del poder nacional. Esa distancia no nació ayer ni es consecuencia exclusiva de una elección. Es el resultado acumulado de años de abandono, de promesas incumplidas, de una presencia estatal insuficiente y de una sensación persistente de que las decisiones se toman lejos de quienes deben soportar sus consecuencias.

Si el gobierno pretende construir estabilidad y reconciliación nacional, debe entender que la victoria electoral no significa haber conquistado políticamente al país entero. Haber obtenido una mayoría no implica haber ganado la confianza de todos los territorios. Mucho menos de aquellos que han expresado reiteradamente su descontento con el modelo de relación que mantienen con el Estado. Por eso, la tarea no consiste en gobernar desde Lima para el sur. La tarea consiste en gobernar también desde el sur para todo el Perú.

Existen regiones al sur del país que padecen de manera persistente a un Estado que llega tarde, llega poco o simplemente no llega. Regiones que muchas veces sienten que aportan más de lo que reciben, que solo son noticia cuando estalla un conflicto. Que observan cómo la riqueza generada en su territorio no siempre se traduce en mejores oportunidades para sus ciudadanos.

Frente a esa realidad, el error más grave sería asumir que el problema se resolverá únicamente con discursos, estadísticas o explicaciones técnicas. Los sentimientos colectivos no se corrigen con cifras. La confianza no se impone desde un decreto. La integración nacional no se construye desde los escritorios.La presencia política importa. La cercanía importa. La escucha importa.

Un gobierno que aspire a cerrar las brechas históricas debería sesionar periódicamente en las regiones del sur, trasladar capacidad de decisión a los territorios, fortalecer la descentralización efectiva y construir mecanismos permanentes de diálogo con autoridades locales, organizaciones sociales, sectores productivos y ciudadanía organizada. No como un gesto simbólico, sino como una política de Estado. Porque la verdadera unidad nacional no consiste en exigir que todos piensen igual. Consiste en lograr que todos se sientan parte de un mismo proyecto colectivo.

Durante años hemos hablado del Perú como si fuera una sola realidad homogénea, cuando en verdad, conforme señalaba Jorge Basadre, convivimos con múltiples Perús que muchas veces apenas se conocen entre sí. El desafío del próximo gobierno será precisamente tender esos puentes. Conseguir que quien vive en Lima comprenda las preocupaciones de quien vive en el altiplano. Que quien habita la costa entienda las demandas de la sierra. Que nadie sienta que debe elegir entre su identidad regional y su identidad nacional.

“Necesitamos integrar el Perú oficial, que representa el poder nacional, tradicional y criollo, con el otro Perú, la mayor población del país, provinciana y pobre, preponderantemente serrana y rural”, advertía Matos Mar. 

Ese Perú, prevalentemente serrano y rural, no necesita paternalismo. Necesita reconocimiento. Necesita respeto. Necesita sentirse parte de las decisiones que definirán el futuro del país. Y allí es donde la frase de Kafka adquiere una dimensión política extraordinaria. Si existe una parte del país que siente que lucha contra el resto del Perú, la solución no es responderle con más distancia. La solución es ponerse de su lado. No para alimentar agravios ni para validar discursos de confrontación, sino para comprender las razones profundas de su malestar y transformarlas en oportunidades de integración.

La gobernabilidad del futuro no se construirá desde la imposición. Se construirá desde la proximidad. Desde la capacidad de escuchar antes de hablar. Desde la voluntad de entender antes de juzgar.

Porque al final, el gran desafío nacional no es que el sur se parezca más al resto del Perú. El verdadero desafío es que todos los peruanos terminemos reconociéndonos en un mismo destino compartido. Solo entonces dejaremos de hablar de regiones enfrentadas y comenzaremos a hablar, nuevamente, de una sola nación llamada Perú.

Fernando Peña
05 de agosto del 2026

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