Berit Knudsen
Guerra de Irán en su tercera semana
Hoy el estrecho de Ormuz es el verdadero campo de batalla
Lo que comenzó como una campaña quirúrgica diseñada por Israel y Estados Unidos para desarmar el programa nuclear iraní, degradar su capacidad misilística y abrir la puerta a un cambio de régimen, al cabo de tres semanas ha derivado en algo distinto. El objetivo que domina las decisiones es impedir que Irán convierta el Estrecho de Ormuz en un espacio de coacción energética global.
Los resultados militares, aunque reales, son insuficientes. La eliminación de Ali Jamenei, Ali Larijani y la cúpula del Basij es el resultado de una penetración de inteligencia sin precedentes. La armada iraní ha sido severamente dañada, su fuerza aérea prácticamente neutralizada. Pero el ejército convencional iraní no es lo mismo que la Guardia Revolucionaria Islámica. La IRGC es un Estado dentro del Estado, un aparato aun operativo con economía propia, redes de inteligencia paralelas y vínculos con las milicias regionales. Con un nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, cuyo paradero es desconocido, lo más probable es que se haya producido una transferencia de facto del poder hacia la Guardia, y no el colapso que Washington necesitaría para declarar una victoria. Ese régimen controlado por una guardia pretoriana sin supervisión civil es más impredecible que el Irán a inicios de la guerra.
Hoy, el Estrecho de Ormuz es el verdadero campo de batalla por el que transita una quinta parte del petróleo y gas natural del mundo. Ese bloqueo funcional tiene efectos que ninguna campaña aérea puede resolver: el Brent superando los US$ 100, el petróleo de Omán negociado a US$ 150, Qatar cerrando el grifo del gas, mercados financieros que borran las ganancias del año. La lógica del bloqueo iraní es brutalmente eficiente: un dron de bajo coste inmoviliza a buques cisterna de cien millones de dólares. Incluso con garantías de la Marina estadounidense sobre el estrecho, las aseguradoras se niegan a cubrir los viajes, paralizando el tráfico sin un solo proyectil.
El aislamiento de Washington y Jerusalén continúa. La OTAN se niega a participar militarmente. Francia, Alemania, Polonia, Italia y el Reino Unido rechazan involucrarse en operaciones ofensivas. China, Japón, Corea del Sur y Australia, directamente afectados por la carencia energética tampoco ofrecen respaldo. China e India están negociando directamente con Teherán el paso de sus buques, diplomacia paralela que debilita la presión de Washington.
Trump se ha quedado solo, aunque declara que Estados Unidos no necesita ni desea la ayuda de la OTAN, Japón, Australia o Corea del Sur, esa afirmación implica un divorcio geopolítico en tiempo real. Rusia y China son los beneficiarios directos de esta ruptura, alcanzando objetivos perseguidos por décadas.
Los países del Golfo observan desde una posición difícil. Arabia Saudita presionó en privado para que Washington lanzase la operación “furia épica” y hoy necesita que “acabe el trabajo” antes de retirarse; mientras intercepta misiles iraníes sobre su territorio. Su infraestructura energética arde, pero se niega a facilitar su espacio aéreo para operaciones ofensivas. Riad no está dispuesta a pagar por sí misma el costo del cierre.
El resultado probable en el corto plazo no es una victoria limpia o una derrota declarada. Es un acuerdo transaccional imperfecto: navegación restablecida parcialmente, reducción de ataques sobre el Golfo, con arreglos provisionales sobre materiales nucleares. Ello permitiría a cada actor hacer declaraciones públicas convenientes para cada una de las partes, sin resolver los problemas estructurales que produjeron la guerra. Un armisticio de conveniencia dejará el tablero más inestable, militarizado y aun más fragmentado que cuando comenzó. El mundo observa cómo el petróleo se convierte en arma, rehén y moneda de negociación en un conflicto que no se sabe cómo terminará.
















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