Fernando Peña

La fragilidad de un liderazgo condicionado

La peligrosa cesión del poder

La fragilidad de un liderazgo condicionado
Fernando Peña
19 de mayo del 2026

 

En política, los errores más peligrosos no siempre vienen del adversario. A veces nacen de las propias decisiones, de los compromisos asumidos sin calcular sus consecuencias y de las concesiones hechas para sobrevivir en el corto plazo. Eso es precisamente lo que hoy parece ocurrir con Roberto Sánchez, quien ha terminado atrapado en una red de condicionamientos políticos que amenazan con convertir una eventual gestión suya en un gobierno sin autonomía real.

La primera y más pesada de esas ataduras tiene nombre propio: Pedro Castillo. La oferta política de impulsar su liberación no es un gesto menor ni simbólico. Es, en los hechos, una cesión anticipada de poder. Porque si Pedro Castillo recuperara la libertad y volviera a ocupar el centro de la escena política, la pregunta sería inevitable: ¿quién gobernaría realmente? ¿Roberto Sánchez o el propio Castillo?

El problema para Sánchez es que ese compromiso lo coloca en una posición de dependencia política. Queda subordinado a una figura con capacidad de movilización popular, narrativa antisistema y liderazgo todavía vigente en determinados sectores del país. En otras palabras, terminaría construyendo un eventual gobierno bajo la sombra permanente de alguien con más peso simbólico que él mismo. Y en política, gobernar bajo la sombra de otro casi siempre significa renunciar al control efectivo del poder.

Pero el problema no termina allí. Otro de los candados que Roberto Sánchez parece haberse colocado es la posibilidad de entregar el Ministerio del Interior a Antauro Humala o a un entorno alineado con él. Y eso representa un riesgo político enorme. Antauro no es un actor convencional: tiene estructura, discurso radical y capacidad de activar bases sociales en el interior del país. Darle influencia sobre el aparato de seguridad interna sería abrirle una plataforma de acumulación política propia.

El escenario resulta todavía más delicado porque, si eventualmente Antauro siente que el gobierno no satisface sus expectativas o decide tensionar la relación para fortalecerse políticamente, tendría capacidad para mover las calles, agitar regiones y erosionar desde dentro la estabilidad del propio Ejecutivo. Es decir, Roberto Sánchez no solo estaría gobernando condicionado, sino potencialmente amenazado por sus propios aliados.

A ello se suma otro cálculo político que revela una preocupante falta de visión estratégica: la presión alrededor de José Domingo Pérez y el Ministerio de Justicia. Si Sánchez decide no otorgar espacios o garantías a ese sector, sabe perfectamente que enfrentará una oposición permanente desde la tribuna mediática y judicial. José Domingo Pérez se convertiría entonces en un foco constante de cuestionamientos, observaciones y críticas públicas contra el gobierno.

Lo grave es que cualquiera sea la decisión que tome Roberto Sánchez, pierde margen de maniobra. Si concede, fortalece actores que luego pueden disputarle el control político. Si no concede, abre frentes de confrontación que desgastarán rápidamente cualquier intento de gobernabilidad.

Eso explica la sensación de improvisación que empieza a rodear su figura. No se trata solamente de alianzas incómodas; se trata de haber ingresado al tablero político aceptando condiciones que limitan severamente su capacidad futura de decisión. Y en política, un líder que no puede decidir termina siendo apenas un administrador temporal de intereses ajenos.

La situación revela, además, una torpeza difícil de justificar en alguien que aspira a conducir el país. Porque el juego político exige algo elemental: construir poder propio antes de repartir cuotas de poder a terceros. Roberto Sánchez parece haber hecho exactamente lo contrario. Ha negociado antes de consolidarse, ha prometido antes de fortalecerse y ha cedido antes incluso de llegar al poder. Y ese puede ser su mayor error. Porque los candados que uno mismo se impone suelen ser los más difíciles de romper.

Fernando Peña
19 de mayo del 2026

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