Ramon Tamames
La nueva tournée de Dios
Sobre la visita del Papa León XIV a España
No conozco a los organizadores urbi et orbe de la tournée de Dios, que recientemente hemos visto en España con el Papa León XIV, evocando con ese título el ingenioso cuento que Jardiel Poncela contó en su libro sobre la visita que el Todopoderoso hizo a la Tierra. Para hablar con los humanos, por lo cual naturalmente eligió la España de cuando apenas se habían apagado los cañones de la guerra civil.
En ese sentido, me parece interesante destacar que en los casi infinitos comentarios sobre el movimiento continuo del Papa a lo largo de toda una semana, no se ha recordado una realidad histórica. Que en la cátedra de San Pedro se han sentado 267 sumos pontífices, de los cuales sólo dos españoles: Calixto III (1455/1458), y Alejandro VI (1492/1503), ambos Borja, italianizados como Borgia.
Los dos tuvieron relación familiar, tío y sobrino, valencianos. Calixto, nacido en Játiva, fue elegido prácticamente al final de todo el complejo cisma que llegó a situar tres papas en la discusión, entre ellos un español fraudulento Papa Luna, que pretendió ser el legítimo con su sede en Peñíscola, hoy en la provincia de Castellón.
Calixto III prácticamente tuvo un solo empeño en su corta vida como máximo pontífice, con grandes esfuerzos en el intento de promover una gran cruzada. Debido a que sólo dos años antes de comenzar su reinado, los turcos se apoderaron de Constantinopla (1543), poniendo histórico fin a la Edad Media, y marcando al propio tiempo el inicio de la Edad Moderna.
Ese entusiasmo de recuperar Constantinopla, no se tradujo en ningún éxito, por lo breve del reinado en el que Calixto III, que además no llegó a reunir las fuerzas suficientes para poner en marcha lo que habría sido una cruzada para frenar la incipiente expansión turca en Europa y en el Mediterráneo. Toda una gesta magna de la Cristiandad el haber retornado a ella la ciudad que creó Constantino, de modo que probablemente no habría habido después un Lutero que pusiera en marcha la mayor división de la iglesia católica.
Después de Calixto III, con quien trabajó su sobrino Alejandro VI (nacido en Játiva en 1431), hubo un total de cuatro sumos pontífices sucesivos, cuyos nombres y años se recuerdan: Pío II (1458/1464), Paulo II (1464/1471), Sixto IV (1471/1484), e Inocencio VIII (1484/1492), seguido este último por Alejandro VI, que reinó una década (1492/1503), con una acción especialmente importante en relación con España: la emisión de las dos célebres bulas de 1493, que asignaron todos los nuevos territorios descubiertos por Colón a favor de los Reyes Católicos. Incorporándose luego a ese movimiento Portugal, surgiendo así en definitiva el Tratado de Tordesillas de 1494, el más importante firmado por los Reyes Católicos, y casi de toda nuestra Historia.
El iter de León XIV en su visita a España, tiene que haber sido el trabajo de un comité preparatorio muy imaginativo, para llenar siete días. Tres de capitalidad en Madrid, dos en Barcelona fundamentalmente en torno a la Sagrada Familia, con una tercera fase en Canarias, primero la Gran y después en Tenerife.
A partir de aquí, haremos un comentario de ese recorrido, en el que pudo apreciarse la grandiosidad en una acogida única, que a Su Santidad brindaron 1,2 millones de personas en la misa de la gran plaza de Cibeles. En Barcelona el plato fuerte estuvo en la síntesis gaudiana de la Torre de Jesús en la ya citada Sagrada Familia. Y en Canarias nos quedó la huella del cementerio de miles de náufragos de las pateras y cayucos. El Papa en su continuado discurso se expresó casi siempre en el español que aprendió en Lima, en lo que fueron las labores misionales de alguien nacido en la lejana windy city de Chicago.
Yendo ahora a contenidos, en la expresión oral, es lógico que el Vicario de Cristo defendiera dos principios fundamentales: la vida sagrada desde su misma concepción, lo que es un no definitivo al aborto. Y la eutanasia, ídem de ídem: no hay más posible acortamiento de la vida que su terminación biológica inevitable. Hay que estudiar la demografía de hoy para entender todo eso y mucho más.
La visita, en lo teológico, creo que tal vez fue más tenue de lo esperado, no brilló con fuerza suficiente y me explico. Se invocó y se aludió a Dios permanentemente, pero como si fuera un vecino por aquí al lado, un observador permanente de nuestros quehaceres al que podemos dirigirnos de manera familiar. Cuando la verdad es que esa particular y directa relación sólo se alcanza en verdad en el extraordinario trance del misticismo, que sólo se da excepcionalmente, incluso en España, el país por excelencia de los místicos, con Santa Teresa o San Juan de la Cruz.
José Cobo, el arzobispo y cardenal de Madrid, debió estar en la preparación de la visita, e indudablemente el joven pastor y príncipe de la Iglesia de la capital de España, es hombre práctico, no cabe duda. Estuve con él pocos días antes de la llegada del Papa a Madrid en una presentación que hizo en los desayunos de trabajo de José Luis Rodríguez, y tuve ocasión de sentir algo de lo más raro: no tuve prisa de que se terminasen las palabras que nos ofreció, todo interesante y justificado.
En el Congreso de los Diputados también faltó algo, si bien es verdad que se evitó la pesadez y el cinismo de los oradores habituales. Que más que de la política se ocupan de las páginas amarillas de los tribunales de justicia en España.
Creo que durante los siete días del recorrido hispano de León XIV recibió el aprecio general. Y cabe decir que en contra de lo que dijo Azaña en los años 30 del siglo XX, que España no se halla fuera de la cultura cristiana. La Reina Letizia inclinó media rodilla en uno de sus saludos…
Cabe decir que algo que también se echó de menos algo de misterio. León XIV fue hombre claro, a veces demasiado. Unas gotas de la teología de Ratzinger no habrían venido mal en algún momento, y también algo de las frases más populares de su predecesor Francisco, vinculado a la hinchada religiosa.
Insistimos, y podría citarse para ello algo del espíritu de Pierre Teilhard de Chardin, con la sensación de que somos resultado de la creación evolutiva que empezó con el Big Bang del propio Génesis. En ese sentido, el XIV de los Leones vaticanos debe impregnar a sus seguidores, no sólo adheridos, admiradores, o temerosos de Dios. Muchos le intuimos como una expresión máxima de la sabiduría superior del universo.
Ahora sólo falta que Gaudí, donde quiera que esté —en la despedida en Barcelona se le vio muy bien, en los cielos—, debería plantear como “a los cien años de morir, el ideal que yo puse arriba se ha cumplido”. Levantando la mirada, el lema de la visita papal de siete días a toda una nación, es una experiencia irrepetible. Y que precisamente por ello mismo debemos perpetuar en la memoria, con algunos comentarios ante la gran ocasión…
















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