La minería ilegal dejó hace tiempo de ser una actividad ...
En el primer debate electoral rumbo a la segunda vuelta presidencial uno de los temas centrales fue la agricultura y la gestión del agua. Durante el intercambio de propuestas, tanto Marco Vinelli, representante de Fuerza Popular, como César Guarniz, de Juntos por el Perú, coincidieron en destacar que sin acceso al agua no existe posibilidad de desarrollo agrario moderno. Vinelli incluso mencionó explícitamente la necesidad de destrabar proyectos emblemáticos como Chonta, Cachi y Majes Siguas II. Más allá de las diferencias políticas, el debate dejó algo claro: las grandes irrigaciones han vuelto al centro de la discusión sobre el futuro económico del Perú.
Y pocas obras reflejan mejor esa posibilidad de transformación que Majes Siguas II. El proyecto no debería entenderse únicamente como una infraestructura hidráulica destinada a llevar agua hacia zonas áridas de Arequipa. En realidad, se trata de una intervención capaz de redefinir el mapa productivo del sur peruano para las próximas décadas. Estamos hablando de más de 40,000 nuevas hectáreas cultivables que se sumarían a las 16,000 ya desarrolladas en la primera etapa, configurando uno de los mayores polos agroindustriales de Sudamérica.
Majes Siguas II permitirá trasladar hasta 34 metros cúbicos por segundo desde la cuenca del Colca hacia las pampas de Majes y Siguas, incorporando tierras que hoy permanecen improductivas a la economía moderna. Pero el alcance del proyecto va mucho más allá del riego. Con una inversión superior a los S/ 7,700 millones, la iniciativa contempla también infraestructura energética y sistemas complementarios que permitirán articular agua, energía y territorio bajo una lógica integrada de desarrollo. Esa visión resulta fundamental porque el éxito de las nuevas irrigaciones ya no depende solamente de abrir canales o construir represas, sino de crear ecosistemas productivos capaces de competir en mercados internacionales altamente exigentes.
El potencial económico es extraordinario. Se proyecta la generación de más de 160,000 empleos entre la fase de construcción y la operación agrícola. Una cifra de semejante magnitud puede transformar completamente la dinámica económica de Arequipa y del sur del país. Nuevas cadenas logísticas, servicios, transporte, procesamiento industrial y exportaciones podrían emerger alrededor del proyecto si existe una adecuada articulación pública y privada.
La experiencia peruana demuestra, además, que la agroexportación es uno de los sectores más exitosos de las últimas décadas. Aunque apenas alrededor del 5% de la superficie agrícola nacional participa del boom agroexportador, ello ha bastado para convertir al Perú en uno de los principales exportadores mundiales de frutas y productos frescos. Arándanos, uvas, paltas y espárragos son prueba concreta de que el país puede competir globalmente cuando existen infraestructura, inversión y reglas claras.
Majes Siguas II puede ampliar enormemente esa base productiva. Sin embargo, el verdadero desafío no está únicamente en concluir las obras. El reto principal consiste en evitar los errores del pasado. La experiencia de Majes Siguas I dejó lecciones importantes: la fragmentación excesiva de la propiedad agrícola limitó el acceso a tecnología, financiamiento y economías de escala, reduciendo parte del potencial productivo originalmente esperado.
Por esa razón, el debate de fondo no es solo técnico, sino político y económico. ¿Qué tipo de estructura agraria quiere promover el país? ¿Se busca consolidar un modelo competitivo orientado a la agroexportación moderna o repetir esquemas de parcelación que terminan debilitando la productividad? La respuesta será determinante para definir si Majes Siguas II se convierte en un verdadero motor de desarrollo o en una oportunidad parcialmente desaprovechada.
A ello se suma un problema recurrente en el Perú: la debilidad del Estado para garantizar mantenimiento eficiente y sostenibilidad de largo plazo en las grandes obras públicas. Construir infraestructura es apenas el primer paso. Operarla correctamente durante décadas exige capacidad técnica, estabilidad institucional y recursos permanentes. Allí las asociaciones público-privadas aparecen como un instrumento especialmente relevante.
La participación privada no solo permite incorporar capital y experiencia de gestión, sino también asegurar estándares técnicos y mantenimiento continuo en infraestructura compleja y costosa. El Estado, por su parte, debe concentrarse en la regulación, supervisión y generación de condiciones adecuadas para atraer inversiones de largo plazo.
Pero incluso ello no será suficiente si no se desarrollan simultáneamente carreteras, cadenas de frío, centros de acopio, plantas de procesamiento y corredores logísticos capaces de conectar la producción con mercados internacionales. La agroexportación moderna depende tanto del agua como de la infraestructura complementaria y de la estabilidad normativa.
















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