Abelardo de la Espriella —abogado costeño, empresario, ou...
El Perú, por su historia y por su ubicación geográfica en el Pacífico sur, está llamado a ser un gigante del mundo, un actor decisivo de la globalización del siglo XXI. Negarse a ello es una traición con nuestros muertos y con los que deben nacer y poblar estas tierras.
El inicio de la nueva administración de Keiko Fujimori convoca el optimismo y permite soñar con todas las posibilidades. Un contraste hiriente, brutal, con el 2021, año del Bicentenario de la independencia, fecha en que asumió el poder Pedro Castillo con sus anuncios de convocar una constituyente y refundar el Perú sobre la base de “una república plurinacional con equidad de género”.
Para establecer los contrastes vale recordar que con Castillo en el poder hubo una fuga de capitales de alrededor de US$ 20,000 millones y la pobreza subió (también por la pandemia) de 20% de la población a 30%. Hoy la pobreza se mantiene en 25.7%. Luego de conocerse de la victoria de Keiko Fujimori y después de la elección de las cámaras se conoce que existen capitales que superan los US$ 100,000 millones haciendo cola para invertir en el Perú, y no es exagerado sostener que si recuperamos una expansión alta de la economía, en el próximo quinquenio la pobreza se ubicará debajo del 15%.
Tenemos todas las posibilidades de imaginar la grandeza de nuestro país. Por su ubicación geográfica y por la morfología de su territorio las costas peruanas del Pacífico están llamadas a albergar los puertos que conecten el Pacífico con el Atlántico. Es una posibilidad de que el área del Asia Pacífico se convierta en el espacio de la nueva revolución industrial del siglo XXI, especialmente cuando Estados Unidos y China desarrollan una intensa tensión geopolítica.
Más allá de la identificación natural del Perú con el eje occidental y los Estados Unidos, los peruanos no debemos ignorar este momento privilegiado en la historia, que protagoniza el país.
Y si observamos las posibilidades del Perú en agroexportaciones, por tener un desierto que se convierte en un gigante invernadero natural, si consideramos que el país tiene una de las mayores reservas probadas de cobre del mundo, si analizamos nuestra condición de potencia pesquera y, sobre todo, si reflexionamos en la voluntad de sobrevivencia del pueblo peruano, no hay nada que impida la conversión del Perú en una potencia planetaria.
Únicamente necesitamos preservar el Estado constitucional de derecho a cualquier costo, desarrollar el respeto irrestricto al marco constitucional y al sistema de derechos de propiedad y los contratos, para desatar el enorme potencial de la sociedad en la creación de riqueza. Siempre vale recordar que los recursos naturales por sí solos no generan riqueza. De lo contrario, Venezuela, el país con las mayores reservas probadas en petróleo, y Bolivia, una potencia gasífera, no estarían en la bancarrota que padecen.
El desarrollo y la creación de riqueza dejan en claro que el Estado de derecho y el respeto a los derechos de propiedad y contratos son las fuentes de todas las riquezas.
Por otro lado, los peruanos deben recordar la grandeza mundial del Perú durante los tres siglos de virreinato español. Y para recordar con sentido justo se deben desterrar las leyendas negras que nos han robado el orgullo nacional. Durante el virreinato el Perú tuvo un ingreso per cápita igual o superior al de España y muy cercano al de Inglaterra, que se embarcaba en una revolución industrial. Desde las minas de Potosí emergió el real de a ocho, la primera moneda de intercambio mundial con la que se comerciaba en China y en Manila.
Y mientras esta grandeza económica del Reino del Perú avanzaba en los Andes del sur de América se producía uno de los mestizajes –entre los pueblos prehispánicos y la herencia española– más audaces e intensos de la historia de la humanidad. Los ayllus se convertían en comunidades campesinas, copiando el sistema de las comunidades de Castilla, y los sacerdotes españoles redactaban la gramática del quechua para enseñar esta lengua en todas las poblaciones, fragmentadas en más de 700 dialectos, con el objeto de evangelizar a los indígenas.
Hoy, cinco años después del Bicentenario y ante la nueva administración que empieza, el Perú debe soñar con la grandeza, con la posibilidad de ser un actor en el nuevo mundo que se configura en el siglo XXI.
¡Felices Fiestas Patrias!
















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