Con la proclamación de Keiko Fujimori como presidenta de la Rep...
El excandidato Jorge Nieto del Partido del Buen Gobierno, con presencia significativa en las cámaras del Legislativo –en el sentido de que podría resolver la conformación de mayorías– ha decidido utilizar su presencia parlamentaria para intentar bloquear la gobernabilidad y alargar la crisis política que ha desorganizado el país en la última década. Nieto propone que Fuerza Popular –es decir, el oficialismo– no conduzca ni el Senado ni la Cámara de Diputados. En otras palabras, plantea que el gobierno no gobierne y que la nueva administración avance al borde del fracaso y de la crisis política.
En cualquier democracia del planeta, e incluso en la tradición política peruana de los mejores tiempos, en los primeros años de una nueva administración el oficialismo suele dirigir el poder Legislativo porque se busca la gobernabilidad. Nieto argumenta que en la década pasada se abandonó esa tradición, y que desde la administración de PPK hasta la última gestión de Pedro Castillo la oposición asumió la conducción del Legislativo. Es verdad. Sin embargo, esa práctica nos llevó a una década de autodestrucción y desorganización nacional. En otras palabras, el excandidato Nieto pretende seguir prolongando la desorganización nacional, crear una crisis de gobernabilidad y ver la posibilidad de que vuelva el estribillo del adelanto electoral, con el objeto de que los aventureros en política vuelvan a tentar una posibilidad.
En las argumentaciones de Nieto convergen todos los razonamientos de la izquierda radical, de las corrientes marxistas o, simplemente, del antifujimorismo elemental. Por ejemplo, hay un razonamiento de simple venganza: si el fujimorismo se equivocó en el pasado, entonces hagamos lo mismo. También está la voluntad del marxista que pretende exacerbar las contradicciones para empujar una crisis. Igualmente está el cálculo del antifujimorista que se aterra frente a la posibilidad de un gobierno exitoso de Keiko Fujimori. O simplemente está el cálculo mundano acerca de solicitar la liberación de Castillo y, con esa demanda, justificar el bloqueo de la gobernabilidad.
En todos estos razonamientos de las corrientes marxistas y antifujimoristas hay grandes ausentes: el interés del Perú y de la sociedad y, sobre todo, la posibilidad de llevar servicios públicos a los excluidos, aquellos que no cuentan con ellos.
Todas estas falacias y argumentaciones de la izquierda no resisten el menor análisis. La carcelería de Castillo no es la causa de la polarización nacional, sino una de las últimas consecuencias. La causa de la guerra civil sin balas que se vivió en el Perú en la última década fue la polarización entre fujimoristas y antifujimoristas. La pregunta sobre quién disparó primero no tiene relevancia en esta polarización sin balas que padecimos; la verdadera pregunta es cómo se empieza a solucionar, a superar la polaridad. Bloquear la gobernabilidad como pretende Nieto es apostar decididamente a prolongar esa polarización.
La idea de que la sociedad está dividida en dos mitades y que la nueva administración carece de legitimidad, igualmente, carece de fundamento. Hoy en el Perú existe una enorme expectativa ante la posibilidad de que la nueva administración resuelva la situación de desorganización nacional y los problemas acumulados. Por otro lado, no sería nada extraño que en las primeras semanas de la nueva gestión Keiko Fujimori alcance niveles altos de popularidad cuando la ciudadanía observe el nuevo estilo presidencial, en comparación con los gobiernos anteriores. ¿Se seguirá sosteniendo que el país está dividido en dos mitades?
En cualquier caso Nieto, el candidato de los gestos estudiados y la voz modulada, ha dejado en claro que prefiere la guerra entre antifujimoristas y antifujimoristas. El hombre pretende arrebatar el sombrero de la testa de Roberto Sánchez y ponerlo sobre la suya, creyendo que se echa un baño de popularidad.
Terrible error de cálculo. Las izquierdas deberían entender que el gobierno de Keiko Fujimori desarrollará una alianza del Estado con los pobres que puede terminar cancelando la absurda polarización entre sistema y antisistema que ha caracterizado a la política nacional de las últimas dos décadas. En ese contexto, cualquiera que se ponga el sombrero no tendrá la menor relevancia.
El Perú necesita una oposición moderna, leal al Estado de derecho y a la gobernabilidad, una oposición que sea capaz de controlar la ola criminal y llevar agua potable a todos los peruanos sin excepción. Esa oposición moderna estará en condiciones de ganar ante el éxito del gobierno de Fuerza Popular, y también podría conseguir la victoria ante la eventualidad del fracaso de la nueva administración.
















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