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La batalla por el control del Perú

¿Puede el sistema electoral comprometer la soberanía nacional?

La batalla por el control del Perú
Luis Saavedra
14 de mayo del 2026

 

En el contexto reciente del proceso electoral peruano han surgido cuestionamientos públicos, denuncias de presuntas irregularidades y debates sobre la transparencia del sistema, lo que ha reactivado una preocupación de fondo: la fragilidad institucional del sistema electoral y la necesidad de fortalecer sus mecanismos de integridad, control y verificación. Estas circunstancias generan un escenario de alta sensibilidad democrática, especialmente en un país que se aproxima a una segunda vuelta electoral para la elección de su próximo presidente. En este punto crítico, la preocupación no se limita únicamente a quién será elegido en las urnas, sino a la necesidad de garantizar que el resultado refleje de manera plena, transparente y verificable la voluntad soberana de la ciudadanía.

Precisamente sobre esta problemática advertí a inicios de 2025 en la investigación “La Contrainteligencia y la Seguridad Nacional en el marco del Plan Estratégico de Desarrollo Nacional al 2050”, en la que expuse diversas amenazas y riesgos estratégicos aún no plenamente dimensionados por el Estado, entre ellos la vulnerabilidad del sistema electoral y su impacto directo sobre la soberanía, la gobernabilidad democrática y la seguridad nacional. El Perú atraviesa una etapa de inestabilidad política, crisis institucional y debilitamiento de la confianza ciudadana.

En este contexto, diversos Activos Críticos Nacionales han sido afectados en los últimos años por protestas violentas, bloqueos y actos de sabotaje, evidenciando la fragilidad del Estado para proteger infraestructuras esenciales. A ello se suma un entorno de amenazas híbridas donde la seguridad ya no es solo física, sino también digital, informacional e institucional. Sin embargo, existe una omisión estructural grave: el sistema electoral no está formalmente reconocido como un Activo Crítico Nacional. Esta debilidad constituye un error estratégico de alto riesgo. Países como Estados Unidos consideran sus sistemas electorales como infraestructura crítica, debido a que cualquier interferencia puede comprometer la legitimidad del Estado y alterar la voluntad soberana del pueblo.

Las amenazas actuales no son teóricas. Son reales, activas y multifactoriales. Incluyen ciberataques contra bases de datos, manipulación de sistemas de resultados, campañas masivas de desinformación, infiltración institucional y operaciones de influencia extranjera. Sin embargo, el riesgo más grave no es tecnológico, sino humano: la captura del sistema desde dentro. Funcionarios y operadores electorales pueden ser objeto de presión directa mediante amenazas contra su vida, la de sus familias, su estabilidad económica o su vida privada. También pueden ser cooptados mediante corrupción, extorsión o chantaje, o incluso influenciados por lealtades ideológicas contrarias al orden democrático. Esta combinación convierte al sistema electoral en un objetivo altamente vulnerable.

El peligro es estructural. No se trata solo de alterar un resultado electoral, sino de distorsionar la voluntad popular a gran escala. Un sistema vulnerable permite que actores criminales, redes transnacionales o intereses estatales adversarios influyan en procesos electorales y logren posicionar autoridades funcionales a objetivos ajenos al interés nacional. En el peor de los escenarios, el Perú podría enfrentar una forma de captura política gubernamental, donde decisiones estratégicas de Estado sean condicionadas o dictadas por intereses externos. Esto no solo debilitaría la democracia: comprometería la soberanía nacional, la independencia del Estado y su capacidad de decisión autónoma.

En este contexto, la seguridad electoral no puede seguir siendo concebida como un ámbito meramente administrativo ni como un conjunto de procedimientos técnicos orientados únicamente a la ejecución de los comicios. En realidad, constituye una de las infraestructuras críticas fundamentales del Estado, donde se define la continuidad del orden político, la legitimidad del poder y la estabilidad estratégica de la nación. Su naturaleza es, por definición, un asunto de seguridad nacional. Ningún Estado con capacidades estratégicas reales deja expuesto el sistema que produce la legitimidad de su autoridad.

Así como se protegen las fronteras, los recursos críticos, las infraestructuras energéticas y los sistemas de mando y control, el sistema electoral debe ser tratado como un objetivo de interés prioritario en materia de contrainteligencia y seguridad nacional. En escenarios contemporáneos de competencia geopolítica, guerra híbrida y operaciones de influencia, los sistemas electorales no son solo mecanismos administrativos, sino superficies de ataque estratégico. Por ello, deben ser protegidos mediante arquitecturas integradas de seguridad que incluyan contrainteligencia preventiva, ciberdefensa avanzada, auditoría continua, trazabilidad digital de procesos, análisis de anomalías operativas y monitoreo permanente de riesgos internos y externos.

Desde una perspectiva de realpolitik institucional, la estabilidad del sistema no depende de declaraciones formales de integridad, sino de mecanismos verificables de reducción de riesgo. Esto implica fortalecer rigurosamente los procesos de selección, verificación de antecedentes legales, financieros y administrativos, evaluación de conflictos de interés, y controles de idoneidad ética y funcional para todo personal con acceso a funciones críticas así mismo tener mucho cuidado con funcionarios ideologizados con doctrinas contrarias a la democracia. La confianza pública no se decreta: se construye mediante sistemas robustos de verificación, redundancia institucional y capacidad de detección temprana de amenazas internas.

En consecuencia, el sistema electoral debe ser entendido como un Activo Crítico Nacional de primer orden, cuya protección exige estándares equivalentes a los aplicados en sectores estratégicos de defensa y seguridad nacional. Su integridad no puede descansar en controles aislados o meramente procedimentales, sino en una arquitectura permanente de seguridad, inteligencia preventiva y gobernanza de riesgos. Cuando un Estado pierde control o credibilidad sobre sus procesos de generación de legitimidad política, el impacto no se limita al ámbito gubernamental: se erosiona la cohesión institucional, se debilita la soberanía efectiva y se abre la puerta a dinámicas de inestabilidad estructural. En términos estratégicos, la seguridad electoral no protege solo elecciones; protege la continuidad misma del Estado.

La democracia no siempre es destruida mediante la violencia abierta o los golpes visibles. Con frecuencia, es erosionada silenciosamente desde dentro, cuando las instituciones son infiltradas, manipuladas o subordinadas a intereses ajenos a la nación. Permitir que el sistema electoral permanezca vulnerable significa poner en riesgo la soberanía del Perú, quebrantar la legitimidad del Estado y amenazar el derecho irrenunciable de los peruanos a decidir libremente su destino. Defender y fortalecer el sistema electoral no constituye únicamente una tarea técnica o administrativa: es un deber nacional y una condición indispensable para preservar la soberanía, la estabilidad institucional y la continuidad histórica del Estado peruano, así como el derecho de las futuras generaciones a construir, por sí mismas, su propio futuro.

Luis Saavedra
14 de mayo del 2026

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