Mariana de los Ríos
Un poeta: la derrota convertida en comedia
Reseña crítica de la película premiada en Cannes y el Festival de Cine de Lima
Simón Mesa Soto (Medellín, 1986) regresa al largometraje con Un poeta (2025) una película que mezcla sátira cultural, comedia incómoda y estudio de personaje para retratar a un hombre atrapado entre la frustración artística y la necesidad desesperada de sentirse relevante. Tras haber llamado la atención internacional con Amparo (2021)y con el cortometraje Leidi, ganador de la Palma de Oro en Cannes en 2014, el director colombiano construye aquí una obra más ligera en apariencia, pero también más amarga y autocrítica. Lo que comienza como el retrato tragicómico de un escritor fracasado termina convirtiéndose en una reflexión sobre el prestigio cultural, el oportunismo y las contradicciones del arte contemporáneo.
El protagonista es Óscar Restrepo, interpretado por Ubeimar Ríos, un poeta venido a menos que vive en Medellín junto a su madre anciana mientras intenta sostener la ilusión de una carrera literaria prácticamente inexistente. Alguna vez recibió premios y reconocimiento local, pero el presente lo encuentra bloqueado, endeudado y alcoholizado. Óscar pasa los días hablando de poesía con fervor casi religioso y las noches vagando borracho por las calles, gritando versos o discutiendo con desconocidos. Tiene una hija adolescente con la que apenas logra relacionarse y sobrevive gracias a pequeños favores familiares y trabajos ocasionales.
Mesa Soto evita convertir a este poeta en un personaje noble o romántico. Óscar puede resultar patético, egocéntrico y manipulador. Sin embargo, la película tampoco se burla completamente de él. Hay una tristeza persistente en su incapacidad para adaptarse al mundo contemporáneo, especialmente en una sociedad en la que el capital cultural parece valer únicamente cuando puede traducirse en visibilidad o dinero. El director encuentra el tono preciso para que el espectador oscile constantemente entre la compasión y el rechazo.
La historia adquiere un nuevo impulso cuando Óscar acepta trabajar como profesor en un colegio público y conoce a Yurlady, una estudiante joven que demuestra un talento natural para la escritura. Convencido de haber descubierto una auténtica voz poética, el profesor comienza a impulsar la carrera de la muchacha con un entusiasmo desmedido. Lo que inicialmente parece encaminado hacia un relato inspirador sobre mentoría y redención pronto toma otro rumbo. La relación entre ambos revela tensiones de clase, ambiciones ocultas y una necesidad de reconocimiento que termina contaminándolo todo.
Uno de los mayores aciertos de Un poeta es su capacidad para desmontar ciertos lugares comunes del cine sobre artistas y maestros idealistas. Mesa Soto juega deliberadamente con esas convenciones para luego sabotearlas. Óscar quiere creer que está ayudando a Yurlady, pero en realidad también intenta salvarse a sí mismo a través del talento ajeno. La joven, por su parte, nunca parece compartir del todo la obsesión romántica de su profesor por la poesía. Mientras él concibe el arte como una misión trascendental, ella observa el entorno con una mezcla de pragmatismo y distancia.
En ese desplazamiento aparece la dimensión más interesante de la película: su crítica al ecosistema cultural contemporáneo. Un poeta retrata festivales, talleres literarios, becas y círculos intelectuales como espacios donde la autenticidad artística convive incómodamente con el oportunismo y la explotación simbólica de ciertas identidades sociales. Mesa Soto muestra, con ironía evidente, que determinados sectores culturales esperan de jóvenes artistas latinoamericanos relatos específicos sobre pobreza, marginalidad o violencia para validar su autenticidad. La película nunca convierte esa crítica en discurso explícito, pero la deja filtrarse en conversaciones, miradas y situaciones absurdas.
Formalmente, la película apuesta por una estética áspera y desprolija que encaja bien con el estado emocional de su protagonista. Rodada en 16 mm, la imagen posee una textura granulada que refuerza la sensación de desgaste permanente. La cámara en mano sigue de cerca a Óscar por bares, calles y salones escolares, generando una incomodidad constante. Hay escenas que se prolongan hasta el límite de lo vergonzoso, especialmente cuando el personaje intenta reafirmar una dignidad que hace tiempo perdió. Esa inclinación hacia la cringe comedy recuerda por momentos al cine independiente estadounidense o a ciertas sátiras europeas recientes, aunque Mesa Soto encuentra finalmente un tono muy propio.
Gran parte del éxito de la película depende de Ubeimar Ríos, un actor no profesional cuya presencia resulta extraordinaria. Su Óscar tiene algo de caricatura y algo de figura trágica. Con su cuerpo desgarbado, su entusiasmo ridículo y su vulnerabilidad evidente, compone un personaje incómodo de observar pero difícil de olvidar. La interpretación evita tanto el sentimentalismo como la burla fácil. Incluso en sus peores momentos, Óscar conserva una humanidad desordenada que sostiene toda la película.
Mesa Soto no ofrece una celebración romántica del artista incomprendido ni una sátira cruel sobre un perdedor cultural. La película se mueve en un terreno más ambiguo y más interesante: el de las personas que construyen su identidad alrededor del arte aun cuando ya no saben exactamente para qué sirve. Entre el ridículo y la melancolía, Un poeta encuentra una voz singular dentro del cine latinoamericano reciente, una voz capaz de reírse del prestigio intelectual sin renunciar del todo a la necesidad de creer en él.
Un poeta puede verse en streaming, en HBO
















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