Darío Enríquez
El país real frente al estado paquidérmico
Paradojas de una economía vigorosa y una política ruinosa
La fragmentación y la polarización no son anomalías exclusivas del Perú; constituyen la norma en las democracias liberales occidentales, agudizadas en Hispanoamérica por raíces históricas comunes. La ilusión de una concordia celestial es una quimera: la tensión es inherente al sistema. La verdadera singularidad peruana radica en su notable capacidad de desacoplamiento: un escenario donde los círculos políticos discuten lo inútil en medio de su ruina institucional, mientras el país real, su tejido productivo y su ciudadanía, encuentra mil y una formas de salir adelante con un vigor que asombra al mundo.
El archipiélago político y la paradoja del cupo
Frente a un Estado paquidérmico, distraído y corruptor, la sociedad civil productiva no espera soluciones mágicas; enfrenta el día a día con decisión. Esta apuesta por el progreso autónomo genera, sin embargo, un colateral no deseado: masiva informalidad laboral. Teniendo en cuenta que muchos emprendimientos se desarrollan en clave de subsistencia, resulta inviable que inicien cumpliendo las rígidas exigencias de la formalidad. Así, la informalidad opera como la respuesta defensiva de un ecosistema que prefiere trabajar al margen del radar estatal antes que ser asfixiado por la regulación, aunque esto lleve millones a la precariedad.
Hoy, esta capacidad proactiva y emprendedora choca contra la crisis de seguridad pública. Con un Estado incapaz de garantizar orden, los emprendedores enfrentan violencia y extorsión contratando vigilancia privada o pagando cupos como costo estructural. Se revela una paradoja fiscal tan cruda como impopular: muchos gastan en seguridad privada o pagan a mafias lo que evaden en impuestos. Se configura un círculo vicioso: ¿cómo exigir protección a un aparato al que se le niegan recursos? Aunque la contraparte es igual de cierta: el ciudadano sabe que, incluso tributando, el Estado no cumple. Abdica de sus tareas específicas para crear falsos puestos de trabajo mediante el clientelaje y la inutilidad burocrática.
El rol del Estado: acompañar en lugar de asfixiar
Esta abdicación es crítica a nivel descentralizado, donde los gobiernos regionales y municipales exhiben una indignante ineficacia, siendo incapaces de ejecutar presupuestos que año tras año regresan al erario. La tragedia peruana no es la falta de recursos financieros, sino la clamorosa ausencia de capacidad ejecutoria.
Por ello, la dinámica del territorio no necesita un estatismo salvaje que intervenga en lo que no sabe y estropee lo que el emprendedor domina. Se requiere un modelo de acompañamiento prudente a las iniciativas ciudadanas. Diversas regiones han prosperado precisamente allí donde el Estado no llegó o donde sus absurdas barreras no lograron asfixiar el mercado. Emerge otro colateral crítico : actividades altamente rentables y manifiestamente delictivas, como el narcotráfico; otras como la minería y la extracción maderera que también propician realimentación de la delincuencia, aunque el producto final ingrese al mercado como bienes de circulación legal, a diferencia del tráfico de estupefacientes.
Para contener los efectos de la fragmentación política y la polarización aritmética —perversiones de primera y segunda vuelta respectivamente— el poder público debe concentrarse estrictamente en cuatro pilares irrenunciables: Seguridad (que incluye justicia), Educación, Salud e Infraestructura.
Los motores del desarrollo futuro
Para dinamizar este enfoque, el Estado debe contar con la participación privada. Las grandes inversiones en infraestructura deben evitar las oscuras callejuelas de la corrupción mediante el uso estratégico de convenios de Gobierno a Gobierno (G2G), garantizando eficiencia técnica.
Asimismo, es imperativo mirar a la diáspora. Los peruanos en el exterior inyectan entre el 3% y 5% del PBI mediante remesas y turismo. Este flujo vital exige una legislación ágil e instrumentos financieros innovadores que faciliten que parte de sus fondos jubilatorios e inversiones se establezcan y propaguen de forma segura en suelo patrio. El porvenir del Perú no nacerá de sus desacreditados líderes, sino de la alianza entre un pueblo que no se detiene y un Estado que, por fin, aprenda a no estorbar.
















COMENTARIOS