Silvana Pareja
Perú no necesita un gobierno, necesita una transformación
Para superar las las profundas brechas en infraestructura, educación y salud
Las elecciones han concluido y los peruanos eligieron un nuevo rumbo político. La victoria de Keiko Fujimori marca el cierre de un período caracterizado por la incertidumbre institucional, la confrontación entre poderes del Estado y una creciente desconfianza ciudadana hacia la política. Sin embargo, ganar una elección constituye apenas el punto de partida. El verdadero desafío comienza ahora: demostrar capacidad para gobernar, construir consensos y ejecutar las reformas que el país necesita desde hace décadas. La legitimidad obtenida en las urnas deberá transformarse en resultados concretos para millones de ciudadanos que esperan mejoras en su calidad de vida.
Durante los últimos años, el Perú ha enfrentado una crisis que trasciende lo económico y lo político. Se trata, sobre todo, de una crisis institucional. Muchas de las dificultades que experimenta el país tienen origen en un Estado que no ha logrado acompañar adecuadamente el crecimiento económico ni responder con eficiencia a las necesidades de la población. Frente a esa ausencia, los ciudadanos desarrollaron mecanismos propios de supervivencia y progreso. El emprendimiento, la informalidad y la capacidad de adaptación permitieron que millones de personas encontraran oportunidades donde el aparato estatal no logró llegar. Esta realidad explica, en gran medida, por qué más del 70 % de la actividad económica se desarrolla en condiciones de informalidad.
A pesar de los esfuerzos realizados en las últimas décadas, las profundas brechas en infraestructura, educación, salud y acceso a servicios básicos continúan afectando especialmente a las regiones más alejadas del país. La descentralización, concebida como una herramienta para acercar el Estado a los ciudadanos, ha tenido resultados mixtos. Si bien permitió una mayor participación regional en la gestión pública, también evidenció limitaciones relacionadas con la capacidad técnica, la transparencia y la eficiencia en el uso de los recursos. En este contexto, el nuevo gobierno tiene una oportunidad histórica para impulsar cambios estructurales que muchas administraciones anteriores evitaron por temor al costo político.
La reforma más urgente debe producirse dentro del propio Estado. El Perú necesita una administración pública moderna, eficiente y orientada a resultados. Esto implica simplificar trámites, reducir la burocracia innecesaria, digitalizar servicios y eliminar la duplicidad de funciones entre entidades. Un Estado más ágil no solo reduciría costos, sino que también fortalecería la confianza ciudadana y favorecería la inversión, la formalización y el desarrollo económico.
Asimismo, resulta indispensable abrir un debate serio sobre la organización territorial del país. Después de más de veinte años de descentralización, corresponde evaluar con objetividad sus logros y limitaciones. El gobierno podría convocar a especialistas, autoridades regionales y representantes de la sociedad civil para analizar alternativas que permitan mejorar la gestión pública, fortalecer las autonomías regionales y asegurar una adecuada rendición de cuentas. El objetivo no debe ser imitar modelos externos, sino encontrar soluciones adaptadas a la realidad y diversidad del Perú.
Finalmente, Keiko Fujimori tiene la posibilidad de construir un legado distinto al de gobiernos anteriores. Más allá de las cifras económicas o las obras ejecutadas, será recordada por su capacidad para promover reformas institucionales profundas y sostenibles. Gobernar no significa únicamente administrar el presente; implica preparar al país para enfrentar los desafíos del futuro. Los próximos cinco años deberían convertirse en una etapa de transformación del Estado, fortalecimiento de las instituciones y consolidación de un desarrollo inclusivo. Ese será, probablemente, el verdadero examen de su gobierno.
















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