Cecilia Bákula
El Señor de los Milagros. Historia, devoción y peruanidad
Una tradición de viva fe cristiana y de sincera esperanza
Regularmente aprovecho este espacio en El Montonero para proponer alguna reflexión sobre temas de coyuntura y, de ser conveniente, plasmar mi propia visión de algunos asuntos o circunstancias. Hoy quiero referirme a una vivencia limeña, peruana, que ha trascendido los límites de nuestras fronteras patrias y que se ha convertido, de alguna manera, en un elemento de pertenencia e identidad nacional. Me refiero al culto al Señor de Pachacamilla, que empezó asociado a una imagen pintada en un barrio pobre de la capital virreinal y que desde entonces, se ha convertido en una expresión de fe mundial pues se puede afirmar que, en más de 200 lugares de la tierra, se reproduce este culto, se vive con intensidad la tradición religiosa, trasladando a esos lugares distantes las formas y ritos originales que perviven en Lima. Si a ello le agregamos la tradición que dice “donde hay un peruano, está el Señor de los Milagros”, tenemos que una práctica religiosa antigua y propia de estas latitudes, se extiende vigorosa por todo el globo.
Respecto a los orígenes de este singular culto, sabemos que en 1655, ocurrió un severo terremoto en Lima que causó muchos daños y, como es de suponer, generó pánico y zozobra entre la población pues la ciudad quedó bastante afectada y muchas casas destruidas. No obstante, una ermita en la zona de Pachacamilla, donde se encontraba pintada la imagen de un Cristo crucificado, sufrió tan solo el desplome del techo pero el muro en donde un esclavo de Angola había pintado la imagen, permaneció intacto. Ese hecho fue considerado milagroso y a partir de ese instante, el culto y la devoción se expandieron por la ciudad y empezaron a registrarse curaciones inexplicables, favores concedidos, entusiasmo religioso y una afluencia cada vez mayor de personas de todo rango social y edad, que acudían no solo a ver la imagen que había sido preservada, sino porque se buscaba ser parte del fervor popular que crecía imparablemente pues si bien en un inicio la imagen fue venerada casi de manera exclusiva por los esclavos del barrio de Pachacamilla, el virrey Conde de Lemos (1684-1689) se hizo su devoto y el culto se extendió rápidamente a todos los sectores de la sociedad de entonces. Ya para 1671, ante las noticias que se iban propagando y ante el temor de un culto pagano, las autoridades eclesiásticas habían ordenado borrar la imagen debido a las reuniones de los primeros devotos que causaban molestia a los vecinos. Hasta en tres oportunidades, los encargados de borrar la imagen intentaron cumplir su cometido pero no lograron llevar a cabo su misión y ello se consideró una señal de Dios.
El inicio propiamente dicho de la procesión del Cristo crucificado tuvo lugar en 1687, cuando había ocurrido en Lima otro sismo de considerables proporciones. Para ello, Sebastián de Antuñano mandó a hacer en lienzo, una copia del Cristo que figuraba en el muro y al sacar el lienzo y recorrer con él las calles de la ciudad, según la tradición, cesaron los temblores. Pasaron los años y el culto al Señor de Milagros se propagó por todo el virreinato del Perú y entre 1766 y 1771, el virrey Manuel Amat y Junyent favoreció la construcción de la Iglesia de las Nazarenas, donde aún hoy en día se conserva la sagrada imagen pintada en el muro y ante la cual acuden miles de fieles católicos, sobre todo en el mes de octubre. Desde esa fecha, la imagen que Antuñano mandó elaborar e instalada en preciosas andas, tiene la costumbre de salir cada octubre, visitando calles, templos, monasterios y las rutas del “Cristo Moreno” se han ido extendiendo para poder abarcar, cada vez más, las zonas de nuestra ciudad que ansían su presencia.
Como una fiesta de fe muy arraigada en el pueblo peruano, el Señor de los Milagros, llamado también Cristo Moreno o Señor de Pachacamilla, sale en sus hermosas y muy decoradas andas para encontrarse cada año con su devota población; sale a dar el encuentro a los ciudadanos y extranjeros, hombres y mujeres, niños y adultos provenientes de todas partes, sectores y latitudes y a motivar expresiones de fe que han permitido que se reconozca a la procesión limeña de octubre, como la más numerosa y de profundas implicancias de la que se tiene memoria. Es por ello que mediante Resolución Directoral Nacional, N° 1454, del 27 de octubre de 2005, emitida por el entonces Instituto Nacional de Cultura, el Señor de los Milagros de las Nazarenas y el culto asociado a él, fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación, por expresar la integración de diversas tradiciones culturales en torno a la veneración de la imagen del “Cristo Morado” lo que se ha convertido en parte de la identidad cultural del país.
El anda del Señor de los Milagros, ricamente labrada en plata, es llevada, por turnos, por 32 miembros de las cuadrillas de la Hermandad de Cargadores del Señor quienes como ofrenda de amor a su Señor y con la certeza de que es un privilegio el cargarlo, van llevando de manera muy cadenciosa y acompasada la imagen por toda nuestra ciudad, siguiendo las indicaciones del capataz general y de un subcapataz quienes los organizan en grupos, ya que es muy grande el esfuerzo de cargar la imagen y mucho el deseo de todos los cargadores de tener la oportunidad de aportar, ese esfuerzo, en favor de la tan extendida devoción.
Al Señor de los Milagros, lo acompaña también una hermandad de sahumadoras que vestidas de morado y con mantilla blanca, van caminando de espaldas y llevando en las manos antiguos sahumerios de plata con los que impregnan de intenso olor a incienso todo el recorrido. Tanto el ser cargador, como sahumadora o cantaora, es además de un privilegio, una labor de fe que, por lo general, se transmite de generación en generación, siendo un motivo de estímulo y gran orgullo para las familias que se involucran en esas actividades.
Cada año, la “salida” del Cristo Moreno, del local de las Nazarenas en la avenida Tacna, es toda una ceremonia y un ritual pues durante varios días y ante los ojos atentos de las propias religiosas y los jefes de andas, se debe proceder a armar y primorosamente decorar toda la estructura de madera decorada con planchas de oro y plata a la que se afianzará la imagen del Señor, que a su vez ha de ser ataviada con las joyas que distinguen sus propias características. La “salida” del Señor es esperada por miles de personas que desde la madrugada se agolpan en la puerta para dar vivas y aplaudir a la santa imagen, a la que se ha esperado un año para ver y acompañar por las calles de nuestra ciudad.
Octubre es el mes morado, es el mes del Señor de los Milagros, es el mes de la procesión. Hoy nos toca afirmar más nuestra fe haciendo que la imagen llegue a los corazones de todos y encienda voluntades de más devotos, ya que el culto al Cristo Moreno no es solo un acto de circunstancial acompañamiento personal por las calles, sino es una confesión de tradición, de fe viva y de sincera esperanza en las maravillas que Cristo obra en nuestra Patria y en las almas de quienes lo esperan, lo veneran, lo acompañan y lo aman.
















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