Darío Enríquez
Los mercaderes del determinismo apocalíptico
Varoufakis, Altman, Harari y la necrofilia intelectual
En las primeras décadas del siglo XXI, los discursos sobre la muerte del capitalismo se han reciclado. Lo que a inicios del siglo XX se anunciaba como crisis inevitable del sistema, hoy se empaqueta bajo la etiqueta de «tecnofeudalismo». Popularizado por Yanis Varoufakis, este argumento sostiene que hemos pasado del mercado tradicional a la extracción de «rentas de nube» por parte de una nueva oligarquía digital. Al examinar esta tesis junto con la retórica de figuras como Sam Altman y divulgadores como Yuval Noah Harari, se advierte que estas proclamas —presentadas como verdades científicas— no explican la realidad, sino que son efectistas y solo buscan llamar la atención.
La idea del tecnofeudalismo es una falacia. El feudalismo histórico se sostenía en coerción física, obligación legal de trabajar la tierra y pago de tributos bajo amenaza de violencia; las plataformas digitales, en cambio, operan en entornos de acceso voluntario. Confundir el dominio comercial de una gran empresa con el vasallaje medieval es un error conceptual, incluso un disparate teórico.
Varoufakis privilegia titulares sobre datos. Reduce a los usuarios de internet a «siervos de la nube» sometidos al dictado de algoritmos capataces, pero el argumento se derrumba al ignorar que la vida digital se basa en utilidad y consumo voluntario, no en servidumbre forzada.
Como señala Nick Srnicek en Platform Capitalism (2017), lo emergente no es feudalismo, sino acumulación capitalista basada en datos y redes. Shoshana Zuboff, en The Age of Surveillance Capitalism (2019), describe cómo las corporaciones tecnológicas alteran consumo y privacidad, muy lejos de forzadas metáforas medievales.
En el mundo de la tecnología, Sam Altman encarna el oportunismo del capital de riesgo. El giro de OpenAI de fundación sin fines de lucro hacia empresa comercial resulta elocuente. Para inflar el valor bursátil de su compañía, Altman oscila entre la extinción humana (“Mitigar el riesgo de la IA debería ser una prioridad mundial”) y la utopía de la “Superinteligencia” (Singularidad), un mensaje dual de advertencia y promesa. Esta retórica funciona como anzuelo para captar inversiones y como presión regulatoria para limitar la competencia.
A este circo se suma el alarmismo lucrativo de Yuval Noah Harari. Críticas recientes destacan tanto los anacronismos en su narrativa histórica (Leslie Allan, 2026) como el carácter utópico y mitológico de su visión transhumanista (Jan C. Bentz, 2025). Su éxito editorial se basa más en relatos apocalípticos digeribles que en rigor académico, convirtiéndose en divulgador más cercano al entretenimiento que a la investigación histórica. Al proclamar que una masa de ‘humanos inútiles’ perderá su libertad de decisión a manos de algoritmos omnipotentes, Harari recurre al mismo teatro mediático que Varoufakis y Altman: sustituir el estudio serio de los hechos por espectáculo decadente a la medida de un público ávido de fatalismo.
Conviene distinguir estas proclamas de las alertas legítimas que nacen del rigor científico. Cuando Geoffrey Hinton, Premio Nobel de Física, advierte sobre los riesgos de la inteligencia digital, su discurso no debe confundirse con la charlatanería de esta tríada. Hinton no busca ventas ni valorizaciones bursátiles; renunció a su cargo en Google para alertar con honestidad técnica sobre la dificultad matemática de controlar sistemas más inteligentes que sus creadores. Mientras la advertencia de Hinton refleja preocupación ética, lo de Varoufakis, Altman y Harari es puro mercadeo del pánico.
En el fondo de estos tres últimos discursos late una necrofilia intelectual que intenta revivir el viejo determinismo histórico marxista. Si en el siglo XIX se aseguraba que las fuerzas productivas dictaban inexorablemente la caída de la burguesía, hoy el determinismo tecnológico pretende que los algoritmos decreten el fin del mercado, de la voluntad humana o de la historia.
Al reducir la complejidad del mundo real a metáforas medievales, ciencia ficción o fatalismos baratos, estos tres personajes muestran cómo se ha sustituido el rigor analítico por la lógica mercantil del impacto mediático. No ofrecen pruebas concretas que confirmen sus predicciones. La realidad de los últimos 150 años ha refutado esas profecías: el sistema ha mutado, se ha adaptado y ha sobrevivido a crisis, guerras y revoluciones. La preocupación de Hinton sí es válida y debe tomarse en cuenta.
















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